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Toxicómano no es solo un seudónimo, es un símbolo del grafiti en Bogotá.

A Toxicómano casi nadie le conoce la cara. Le gusta que lo reconozcan por su trabajo, no por quién es. Se sabe que se llama Andrés, que tiene 39 años y que desde los 20 decidió volcarse a las calles de Bogotá para pintarlas con inmensos grafitis mientras escuchaba punk.

Estudió publicidad, pero nunca trabajó en una agencia; lo que sí hizo, hace muchos años, fue peritaje de accidentes de tránsito, una actividad que no le dejó nada, excepto la cámara digital con la que fotografió a un punkero tapándose un ojo, la imagen que más adelante se convirtió en la firma de su trabajo.

Ha rayado casi todas las cuadras importantes de Bogotá. Les hizo homenajes a Gabo y a Jaime Garzón. En sus grafitis habla sobre el descontento social y político y a veces aparecen personajes y animales en blanco y negro para hablar sobre la diversidad de Colombia. Casi siempre, además, aparecen frases ingeniosas que tienen tanta recordación como la campaña de cualquier marca: “No somos falsos, somos positivos”, “Cuida lo tuyo, es nuestro”, “Leer es sabroso”, “El agua vale más” y “Los feos somos muchos más”, entre otras.

Andrés cuenta que se demora hasta dos días en pintar un muro. Sus pinturas aún permanecen en muchos de los muros que quedaron al descubierto después de la construcción de Transmilenio por la Av. 26 y ha ganado convocatorias con el Distrito para pintar algunos lugares emblemáticos, como la Biblioteca Nacional. Y aunque dice que ya no hace grafiti sobre políticos porque “eso es darles más protagonismo del que se merecen; al final queremos olvidarnos de ellos”, en este momento está trabajando en un proyecto en Los Ángeles con la Universidad de California sobre la expresión política en Bogotá.

Todavía escucha punk mientras hace su trabajo. Sin buscarlo, su nombre se volvió reconocido en Colombia y empezaron a invitarlo a intervenir muros de Estados Unidos, Alemania, Suecia y España. Recuerda que la policía lo ha llegado a capturar en más de diez ocasiones y que pasó noches enteras en las estaciones, pero dice con orgullo que hoy puede vivir del grafiti. Y aunque ha colaborado con varias marcas y a veces aparecen muros enteros de edificios firmados por él con algún mensaje publicitario, lo que más le gusta es la contrapublicidad y el street art.

¿Cómo empezó Toxicómano Callejero?
Callejeando. Cuando tenía como 18 años, en el paso entre salir del colegio y decidir qué quería hacer con mi vida, llegó el punk. Iba a conciertos y me devolvía a la casa caminando y rayando por las calles. Lo primero que hice fue el típico grafiti de frases, pero con el tiempo empecé a usar plantillas. Pinté mucho por el barrio en el que vivía, Santa Isabel, pero también pinté por el centro, Chapinero y el norte, porque eran los lugares por donde quedaban los bares. Después nos juntamos varios amigos y nos dimos cuenta de todo lo que podíamos hacer en las paredes vacías de Bogotá, entonces publicamos un fanzín y cuando llegó la hora de firmarlo nos encontramos el nombre de Toxicómano, porque éramos adictos a la calle.

La gente reconoce a Toxicómano por el grafiti del punkero de cresta que está en todos lados, pero ese no es usted.
En el 2004 trabajaba haciendo peritajes en accidentes de tránsito y me dieron una cámara digital. Yo me quedaba con esa cámara los fines de semana y aprovechaba que estaba con mis amigos para tomarnos fotos. Esa foto es de un parcero con el que callejee toda la vida, desde los cuatro años. Una vez por joder la pintamos y con el tiempo, sin darnos cuenta, se convirtió en nuestro vocero porque la gente cree que Toxicómano es él.

¿Qué le decía su familia cuando empezó a grafitear las calles?
Mis papás eran muy viejos y no entendían nada. Los primeros años los llamaba mucho para que me recogieran porque la policía me había cogido, pero pasó el tiempo y un día mi mamá me regaló de Navidad una máscara para pintar porque se dio cuenta de que no había paso atrás. Mi papá me dijo que era muy de buenas porque todo me había resultado.

¿Cuál es su sueño como grafitero? ¿Qué lugar le gustaría pintar?
La Casa Blanca. ¡Me gustaría pintarla toda de negro!

MARÍA CAPOTE
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 144 - FEBRERO 2019

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