Edición 121

¡Advertencia!

Las chicas buscan hombres mayores de edad

Si no tienes 18 años
No entres a esta página

Publicidad

Siempre supo que quería ser presidente para, entre otras cosas, pasar a la historia como un gran hombre que transformó al país. Ojalá que para bien. Así es el nuevo presidente.

Uno

Quienquiera que haya visto a Juan Manuel Santos posando para una cámara fotográfica se habrá dado cuenta de que al nuevo presidente de Colombia le preocupa no sólo la forma de su aspecto personal, sino que su preocupación llega a tocar detalles, para muchos, irrelevantes. Hace un par de años, luego de una conversación en la casa de la embajadora de Colombia en Washington en la que hablamos de política, partidas de póquer y boleros, oí que le preguntaba, con la timidez que lo caracteriza, a una de las mujeres que trabajaba para la embajadora Carolina Barco si se veía churro o no, antes de que comenzara la sesión fotográfica.

Santos estaba sentado en una silla en el salón principal, recibiendo las últimas instrucciones por parte del fotógrafo, cuando de pronto la mujer se volteó, sacó de su cartera un estuche de polvos y, con su venia, desvaneció algunas capas en la frente y en la nariz de Santos, explicándole que ahora sí estaba perfecto. Para entonces, las luces ya lo estaban iluminando y el fotógrafo comenzaba la sesión de fotos que a los pocos días saldrían publicadas en esta misma revista, cuando hace dos años vaticinó que Santos era un firme candidato a llegar a la presidencia. Pero esa no fue la única vez que lo vi preocupado por su imagen.

En los minutos previos a una rueda de prensa en la que hablaría sobre la Operación Jaque ante una veintena de periodistas internacionales, lo vi en un rincón dejándose enderezar la corbata, arreglarse el pelo y preguntar a la redonda si se veía bien. Y se veía bien. Entre otras cosas porque tiene un sastre que desde hace años se ocupa de cortarle las telas que vienen directamente desde Londres, telas inglesas por las que Santos siente -al igual que por todo lo británico- una especial debilidad. O a las decenas de camisas que el nuevo presidente guarda celosamente en el clóset, ordenadas según su color. O a los colores de los vestidos que suele combinar hábilmente con los tonos de sus corbatas italianas.

O a los zapatos que siempre lleva lustrados al máximo, quizás como resultado de su paso por la Armada cuando, según cuentan, era un cadete ejemplar al que no le caía mal el entrenamiento físico, el mismo entrenamiento que a la postre le serviría para jugar al squash cuando con apenas 24 años era delegado de Colombia ante la Organización Mundial del Café con sede en Londres o, años después, para disputar 18 hoyos de golf con "La Pesada" en el Country Club de Bogotá sin dar muestras de agotamiento, o, finalmente, para correr varios kilómetros por las mañanas a lo largo del Rock Creek Park durante sus visitas a Washington como ministro de Defensa. "En lo que se refiere al ejercicio es una persona super disciplinada", me cuenta la que ha sido su secretaria durante los últimos 25 años. "En eso me quito el sombrero".

Dos

Puestos a ver, todo el mundo -unos más que otros- esperaban que pasara lo que terminaría pasando: que Juan Manuel Santos llegara a la presidencia. Hay una escena literaria premonitoria en la novela La silla del águila, del escritor mexicano Carlos Fuentes, en la que Juan Manuel Santos ya aparece como presidente de Colombia en el hipotético año 2020. Hace unos días, movido no tanto por la curiosidad como por el morbo de encontrar el pasaje exacto en el que la ficción de pronto se convierte en realidad, fui a los estantes de la biblioteca para releer la novela de Fuentes, y ahí estaba, profético: "Nos vimos obligados a apoyar al nuevo presidente Juan Manuel Santos pidiendo que salgan las tropas yanquis de Colombia", dice uno de los personajes de la novela.

De manera que todos lo sabían, lo sabía su familia, lo sabían sus amigos, lo sabían sus contendores, lo sabían sus detractores, lo sabía Carlos Fuentes y, en especial, lo sabía el propio Santos, quien a raíz de un diagnóstico de cáncer equivocado se prometió que algún día sería presidente de Colombia. "Cuando me dijeron que tenía cáncer", recuerda Santos, "me acordé de las palabras que me decía mi abuelo cuando yo era niño: mi chiquito, arrepiéntase de lo que hizo, pero no llegue a mi edad arrepentido de lo que dejó de hacer". Quizás también por eso, una de sus aficiones es el póquer y es famoso por apostar duro.

De sus tardes en la casa de los abuelos, y de su infancia en general, Santos recuerda los ajiacos de los domingos, y los tés al atardecer, y el día en que por ganarse diez pesos se quemó la cara debido al estallido de un cañón de juguete con el que pretendía sorprender a Enrique Santos, su padre. "Me acuerdo que mi hermano Luis Fernando tenía un cañoncito que disparaba unos fósforos, y mi papá dijo que le daba diez pesos al que pudiera inventarse un cañoncito más poderoso; yo agarré entonces una cantidad de pólvora y gasolina, y entonces hice un cañón que explotó y la gasolina me quemó. Yo era una tea humana. Mi mamá me apagó con un tapete. Estuve al borde de la muerte durante tres meses con quemaduras muy serias, con un envenenamiento de la sangre y un dolor tremendo".

Tres

El poder es para Santos lo que el agua es para el pez; en él se ha movido desde que tiene uso de razón. Presidentes (en una foto aparece con Nelson Mandela), religiosos (en la billetera tiene una medalla de la Virgen), intelectuales (es un fanático de las biografías de Churchill), escritores (sin dudarlo recomienda la novela Passionate Minds), a todos los vio y conoció desde que era un niño, cuando a pesar de la timidez que lo caracteriza se sentaba al lado de Alfonso López Michelsen a recibir consejos o hablaba con el "zar" del café Arturo Gómez Jaramillo en los pasillos de su casa.

De manera que haber crecido en el seno del poder le ha dado ciertas prerrogativas que quizás ningún otro presidente en la historia de Colombia ha tenido, prerrogativas que incluso llegan hasta terrenos como el periodístico, ya que al pertenecer a una familia de periodistas, y al haber sido él mismo subdirector del diario más importante del país, no hay quien le rebata hoy en día las normas de estilo y de gramática que suele pregonar cuando se encuentra frente a un gazapo, como el inaceptable "que galicado" que a veces se cuela entre la gente que lo rodea y ante el cual se crispa con una sonrisa cada vez que lo oye, antes de apresurarse a aleccionar al responsable. "(Santos) es una persona superpaternal", dice uno de sus hombres de confianza al referirse a cómo es trabajar con él. "Le vive enseñando a todos permanentemente; tiene buen genio y es conciliador por excelencia".

Cuatro

A veces a uno le da por pensar que es imposible que alguien haya estado en tantos momentos críticos del país, en tantas situaciones claves, en tantas situaciones históricas como lo ha estado Juan Manuel Santos. A veces a uno le da por pensar en eso y entonces supone que debe existir algún truco distinto al de las conexiones y las influencias. Pero lo cierto es que en el papel, y para la historia, ahí ha estado: Santos fue el creador del Ministerio de Comercio Exterior, el ministro Designado para la constituyente, el ministro de Hacienda durante la crisis económica del noventa y nueve, el Ministro de Defensa que vio caer muertos a Raúl Reyes y a Tirofijo.

De cada uno de estos hechos hay por lo menos una fotografía que lo demuestra, lo que lo lleva a uno a pensar que su vida ha sido construida por él mismo para la posteridad. Y eso es justamente lo que le critican: su vanidad y apetito por el poder (dicen por ahí que no es gratuito que su signo sea leo), un apetito que ha llevado a sus rivales a endilgarle el título de camaleón político por la manera como ha tomado partido bajo los mandatos de César Gaviria, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. Sin embargo, para los analistas el comportamiento de Santos a lo largo de los últimos gobiernos parece haber tenido que ver más con una aplicación rigurosa de la realpolitik (esa que afirma que para defender y promover el interés nacional hay que hacer uso del poder económico, político o militar de un país), que a un interés personal.

Sus detractores, sin embargo, no cejan en su empeño de considerarlo un oportunista que ha sabido mover las fichas de su conveniencia desde las mismas vísceras del poder. Sin embargo, no todos piensan igual. "Yo creo que a Santos le cabe el país en la cabeza y no dudo de que podría ser un buen presidente", me dijo alguna vez María Elvira Samper a quien, sin embargo, le parece que Santos, paradójicamente, es su propio enemigo: "A veces tiende a jugar a tres bandas y eso crea desconfianza". La contratación de J. J. Rendón durante la campaña presidencial, el uso de una imitación de la voz del presidente Uribe en una cuña radial y las declaraciones sobre la "picardía", antes que llevarlo a obtener una carambola en el juego de la política casi desemboca en una "tacada de burro" en la mesa donde se estaba disputando la presidencia de Colombia. Para fortuna de Santos, de todo esto salió bien librado. En esto, más que un zorro en la política, hay quienes aseguran que es un gato de la política que suele siempre caer parado.

Último

Tres días después de que tome posesión como nuevo presidente de Colombia, el próximo 7 de agosto, Juan Manuel Santos cumplirá 59 años. Para entonces se habrá convertido en el segundo presidente de la familia después de que su tío abuelo, Eduardo Santos, lo fuera en 1938, trece años antes de que Santos naciera. A su lado estarán su esposa, María Clemencia, Tutina, y sus tres hijos, Martín, María Antonia y Esteban, que a su juicio son lo más importante que a un hombre le puede pasar en la vida.

"Uno se hace matar por ellos", dice. "Nosotros les inculcamos que siempre tengan eso que los marinos llamamos un puerto de destino, algo por lo cual luchar. Quien no sabe para dónde va, nunca llega". Santos supo a donde se dirigía: a la Casa de Nariño. A juzgar por el discurso de victoria que dio en El Campín de Bogotá el mes pasado, hay quienes desde ya hablan de una posesión nunca vista. Por lo pronto, quienes conocieron a Santos en la Armada todavía recuerdan los días en los cuales no dejaba de compartir con todos que algún día sería presidente.

Lo decía no tanto como quien se refiere a un anhelo o a un sueño de juventud, sino como quien habla de una certeza, como si de repente adivinara que en sus manos iba a tener algún día el mejor juego de póquer de su vida. El siete de agosto, habiendo ganado las elecciones con una mano bastante alta (digamos que Juan Manuel Santos dejó caer sobre la mesa cuatro figuras y un as, en tanto Mockus consiguió apenas un trío), Santos habrá llegado finalmente a las puertas del verdadero poder.

La "prosperidad democrática" será entonces su gran apuesta.

Otros temas:

- Los francotiradores de las FARC. Crónica que revive una batalla épica entre un francotirador de la policía y un miembro de las FARC.

- Pecados de la Iglesia Colombiana. La Iglesia en Colombia afirma que el porcentaje de violaciones cometidas por algunos de sus miembros alcanza 1% de la cifra total de estos crímenes, pero ese 1% se traduce en más de cien sacerdotes que se han visto envueltos en asesinatos y en violaciones de monaguillos y niños que se han acercado a las casas curales en busca de ayuda o seducidos por algún dulce.

Publicidad

Publicidad