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El swing de Camilo Villegas

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En el cuarto aniversario de DONJUAN revivimos el perfil de Camilo Villegas, portada de la segunda edición publicada en septiembre de 2006

En el cuarto aniversario de DONJUAN revivimos el perfil de Camilo Villegas, portada de la segunda edición publicada en septiembre de 2006

La pelota -100, 200, 300 kilómetros por hora, 45,9 gramos y 352 hoyuelos sobre su superficie- por poco me rompe la cabeza y me deja tirado boca abajo en el césped del campo texano donde se jugaba -sin pena ni gloria para Villegas- un torneo más del PGA. El tiro de Villegas pasó zumbando como una antigua bala de cañón por mi oreja derecha, por la otra, confundido por la brisa que refrescaba aquel implacable día de verano, apenas oí un par de gritos de advertencia -DUCK! DUCK!- de los aficionados que seguían al golfista colombiano y al honorable japonés Shigeki Maruyama; dos golpes atrás, Villegas había estrellado su madera contra el piso tras una mala salida, y ahora su furia iba contra mí.

Me sentí avergonzado -imaginé un titular que decía: "Estúpido colombiano cae inconsciente en torneo del PGA"- y me alejé con pasos rápidos de los sheriffs que fueron a constatar el lugar en el que había aterrizado la bola. El resto del grupo de fans se quedó en el borde del fairway, junto a la bola, y formó un círculo palpitante alrededor del golfista colombiano. "Por lo general -me dijo Villegas dos días más tarde- no me fijo en nada ni en nadie, cada vez que me paro en el tee me meto en una nube y me enfoco en un objetivo, dónde voy a jugar, cómo voy a jugar, la gente está a mi alrededor, pero para mí desaparece... me gusta cuando la reacción del público es alegre, pero eso no cambia ni mi intensidad ni mi enfoque.

En el torneo de El Doral [en el que quedó segundo detrás de Tiger Woods] había mucha gente conocida y ni siquiera ubiqué visualmente a mis papás; muchas veces hay un amigo al lado que grita 'Eeeeyyy Camilo'. Yo me volteo y golpeo su mano o agito la mía por reflejo, pero realmente no sé quién es. En un torneo, más que personas, lo que me rodean son sombras; todo es una gran sombra...", concluye.

El escritor estadounidense john updike -autor de clásicos como Brasil y Corre Conejo- es uno de los pocos grandes autores del golf; su libro Sueños de golf -una recopilación de textos publicados en revistas tan variopintas como The New Yorker y The Massachusetts Golfer- provocó una feliz reacción en la crítica literaria que elevó su afición por el golf a la categoría mítica de la de Hemingway por los toros y la de Norman Mailer por el boxeo.

En uno de esos textos realiza esta exquisita descripción física de su profesor de golf que, con ciertas excepciones, puede cobijar a todos los jugadores de golf, porque todos o casi todos, aficionados o profesionales, son gordos, fofos o simplemente desgarbados con "...los hombros caídos, los brazos colgando, la barriga vagamente pendular y las rodillas en flexión van todos a parar a los zapatos, impecablemente elegantes: sólidos como ladrillos, blancos y negros, con un cosido barroco, lengüetas orladas y clavos afilados como los dientes de un caimán".

Pero el "uniforme" de los golfistas no sólo está marcado por sus zapatos. Updike habla de sus festivos pantalones de poliéster y de su comodidad, de la pureza de y el brillo de los palos de golf ("varillas como rifles"), de las empuñaduras y del brillo de la bola, y se permite sentirse como Lancelot o el rey Arturo: "Vestidos para jugar al golf nos sentimos como caballeros que van a lancear unos gallardetes lejanos que están al otro lado de los obstáculos que defiende un dragón".

Villegas es uno de esos caballeros modelo Holly-wood. No tiene barriga, ni pronunciada ni pendular; su abdomen es una colección de six-packs aparentemente duro como la roca. En el campo su presencia sobresale por encima del resto de los jugadores. Sus pantalones rosa y sus camisas verde eléctrico hacen que su figura se divise con tres drives de distancia. La revista Golf Digest en su edición de junio -en la que Villegas fue portada- dijo en el artículo central que era el jugador más fuerte de todo el circuito por encima de Tiger Woods. "Cuando llegué a la Universidad de la Florida -explica Villegas- pesaba 139 libras, y era uno de los pegadores cortos del equipo [hoy es uno de los diez pegadores más fuertes del PGA.

Y su drive, en ocasiones, supera el límite de las 400 yardas]. El plan de mi entrenador físico era aumentar 20 libras de músculo [las ganó sin un miligramo de grasa], y no sólo mantener la flexibilidad, sino aumentarla; trabajé cuatro años duro y quedé satisfecho con el tamaño de mi cuerpo... y todo es cuestión de mantenerse, y mejorar mi estabilidad. Ahora, cuando voy al gimnasio, ya no estoy enfocado en el peso, sino en altas repeticiones, para que el cuerpo esté recuperado cuando me pare nuevamente en el tee".

Camilo es un fan del gimnasio. En cada torneo lo primero que hace es asegurarse de que haya máquinas para realizar sus ejercicios. "Los atletas en la Universidad de la Florida entrenan tres días a la semana", explica Buddy Alexander, el entrenador de Villegas en la universidad en la que se graduó con honores como administrador de empresas, "él, estoy seguro, entrenaba seis veces a la semana. A veces me tocaba decirle que descansara un poco".

villegas empezó a jugar al golf cuando tenía seis años, en esa época acompañaba a su papá y se perdía entre los árboles del Club Campestre de Medellín, "me iba detrás de él con el hierro 2 o con una de las maderas", recuerda. En ese mismo campo conoció a Rogelio González, su maestro indiscutible, "la primera vez que lo vi", dijo González en una entrevista para la revista Cromos, "parecía un pato. Tenía unos shorts beige y unos enormes zapatos de golf sin medias".

Villegas se convirtió en su discípulo y rápidamente sus clases dieron frutos. No sólo en el juego sino en su vida personal. En sus días como jugador infantil la mayor felicidad de Villegas no era ganar los campeonatos (entre otras cosas ganó tres nacionales), sino reencontrarse con sus amigos de Bogotá en Cali o en Armenia, "la familia del golf era mucho más inocente, nos quedábamos en las casas de todos y el principal objetivo era divertirse. Hoy en día los padres de familia insisten demasiado en la competencia y lastimosamente están arruinando todo.

Mis papás nunca me presionaron, la presión venía desde adentro, porque la verdadera competencia no es contra los demás jugadores sino contra la cancha de golf; uno no puede controlar -como en el fútbol, como en el básquet- lo que hacen los otros jugadores. En el golf el problema es tu propio swing; no hay nada que uno pueda hacer para que el otro jugador se salga de su rutina, por eso, entre otras cosas, se mantiene el compañerismo. No es extraño oír frases como 'buen tiro'. O después de jugar un partido un '¿qué vas a hacer esta noche?'".

En el circuito uno de los personajes con los que pasa más tiempo es con el español Sergio García, "el Niño". En ocasiones juegan juntos las rondas de práctica y Villegas aprecia que "él ha vivido algo muy similar a lo que me está pasando a mí. Además es un buen consejero". También tiene una relación estrecha con sus compañeros de universidad Chris di Marco y Bubba Dickerson. "Hay mucha rivalidad dentro del campo, pero afuera el ambiente es relajado, uno sabe que siempre está viajando alrededor de la misma gente", dice Villegas.

Sin embargo, más allá de la nobleza y de su gusto por los amigos, Villegas es un competidor por naturaleza, le gusta ganar y apretar los dientes, "cuando tenía 12 años los acompañé a un torneo en Miami", recuerda Germán Calle, comentarista de golf de Citytv y padre de cuatro golfistas contemporáneos de Villegas, "en un día de descanso los llevé a un centro comercial para que corrieran en una pista de karts. Camilo ganó la primera carrera y los otros, para no quedar detrás de él, me obligaron a comprar otra tanda de tickets, ganó otra vez y se repitió la historia, luego de ocho carreras decidí parar, ¡me iban a arruinar! No hubo forma de ganarle".

En su casa en el barrio El Poblado de Medellín su cuarto tenía un afiche de Tiger Woods que cubría toda una pared. El televisor siempre estaba sintonizado en el canal de ESPN y tanto su cuarto como el de su hermano Manuel estaban repletos de repisas con sus trofeos, en el piso había palos, pelotas, medidores electrónicos de yardas y siempre, uno de los dos estaba practicando el putt en el tapete.

"El patio de los hermanos Villegas era más o menos de ocho metros de largo por seis de ancho", recuerda Simón Echavarría, estudiante de administración de empresas de la Universidad de los Andes y viejo amigo de Manuel. "Ese patio daba contra una avenida y más allá había un grupo de casas y edificios. Los tres bajábamos para mi minilección de golf. Tras un par de intentos fallidos de mi parte (mis bolas ni siquiera llegaban a la calle), Camilo se desesperaba, me pedía el palo, apuntaba hacia el horizonte y nos preguntaba: '¿Ven ese edificio de allá?'. Manuel y yo nos reíamos porque pensábamos que era imposible que la bola llegara tan lejos, pero él hacía un swing tan potente como un latigazo y el resto era historia. Tarde o temprano el celador del conjunto de abajo llamaba a la portería, amenazaba con llamar a la policía y nosotros teníamos que salir corriendo".

En el hoyo 9 del bendito torneo en el que lo perseguí con la perseverancia de un perrito faldero, Villegas hizo la pose que lo ha hecho famoso: apoyó su mano izquierda en el green mientras que con la otra sostenía su put como si se tratara de un bastón, la cámara de televisión lo enfocó con morbo, su pierna izquierda se estiró en una línea paralela contra el piso y la multitud que lo rodeaba -una multitud que usaba Rolex dorados con incrustaciones de diamante, ¡estábamos en Texas!- lanzó uno de esos suspiros de incredulidad y admiración que, en otra cantidad de decibeles, nace de las tribunas del Camp Nou cuando Ronaldinho hace una pirueta incontestable.

El brazo de apoyo de Villegas se mantuvo firme, y su mirada se deslizó por el green sin tomar en cuenta las otras miradas que tenía alrededor. Se levantó y giró en un semicírculo de 180 grados sobre el hoyo, regresó al lado de la bola y "poteó". ¿Entró? No importa. Ese movimiento de Villegas tiene la calidad cinematográfica para convertirse en un recuerdo memorable, o al menos para su seguidora número uno: Kami.

Kami, 26 años, y su amiga, Aubrey Maness, 17 años, habían hecho todo el recorrido junto a Camilo. Aubrey hace ese mismo campo en 69 golpes, uno bajo el par, y el próximo año entrará en el Challenge Tour. La idea de Kami era acompañar a su joven amiga al torneo para que viera el ambiente de un torneo con público y, en general, para seguir a cualquier estrella. En ese torneo, salvo Tiger, estaban casi todos. Trevor Immelman, Sergio García, Vijah Singh y Ernie Ells, entre otros, desfilaban por el campo con pasos decididos. Kami le habló del roockie que había causado sensación en los últimos meses, y Audrey hizo una mueca de "no-sé-de-quién-me-estás-hablando" hasta que lo vio.

Villegas es el sueño de una adolescente; no sólo por su buena presencia sino por la carga de rebeldía que lleva encima. Su pose de hombre araña, su ropa estruendosamente provocadora, y su abdomen son un atentado contra el establecimiento. Su camisa siempre está por debajo de sus boxers y se mantiene perfecta -sin escapar más de medio centímetro de su cintura- hasta el final. La mayoría llega al hoyo 18 con un lado por fuera o con una suerte de flotador desinflado sobre sus cinturas.

Hay jugadores como J. J. Henry -ese día 6 golpes bajo par- que cuando se agachan producen una extraña tensión en el público, y hay un murmullo silencioso que pregona: "¡Dios! Sus pantalones se van a... ¡romper!". Hay, además, cierta clase de comunismo en el golf: todos tienen ropa Nike o Burberry, pero en el fondo parecen vestidos por Mao Tse-tung en tiempos de la revolución china. Hay una uniformidad exasperante, camisas blancas o azules de rayas, pantalones negros o blancos, algún atrevido se pone una camisa naranja -como Bo Van Pelt-, pero nunca van más lejos. Y Villegas lo hace. Toda su ropa llega hasta su casa, diseñada exclusivamente para él por el diseñador sueco J. Lindeberg.

Y el efecto es devastador, no sólo por sus fans, como Aubrey, sino por el ejemplo que da; en uno de los hoyos, un hombre de unos 38 ó 42 años le dijo a su hijo de 8 ó 10, "mira... él es un tipo cool... ¡mira los zippers (los cierres) que tiene en la bota de los pantalones! Es cool, realmente cool", y sonreía con su cuello rojo y algunas perlas de sudor en la frente. "La verdad -dice Villegas- no soy el único que se viste así en el golf... Jesper Parnevik, que fue el que empezó con Lindeberg, en este momento está jugando con corbata. Es una persona diferente, alegre, y el golf ha sido un deporte muy clásico y desde mi punto de vista un poco aburrido en cuanto a la vestimenta; todos tienen camisas grandes, pantalones de prenses, y eso no refleja mucho de las personas. En 2004 empezó mi conexión con Joseph Lindeberg, intercambiamos ideas y me pareció interesante, va con mi personalidad, con lo que quiere ver la gente; con algo más emocionante".

Es uno de los cien solteros más cotizados según la revista People, portada de Cigar Aficionado y fue escogido como uno de los cien hombres mejor vestidos por la revista GQ en su versión española, sin embargo, su trago favorito no es ni el whisky, ni el gin tonic, o al menos no lo confiesa y sostiene con una sonrisa pícara que es el agua mineral. "La vida personal de Camilo no se discute", me dijo su mánager, Jon Heaton. Cuando le pregunté si tenía novia, Camilo apagó la grabadora, y luego de cinco segundos insoportables en los que me miró con cara de ¿por qué los periodistas preguntan tantas bobadas?, la encendió y soltó un contundente "No".

Sus respuestas son siempre celosamente profesionales. En algún momento de la sesión fotográfica en el Mira Vista Boulevard, en Fort Worth, logré preguntarle por sus gustos y sus gastos y me dijo con cara de niño bueno que había comprado una "casita" en Gainsville, más que por gusto, por "inversión". Su hermano afirma que después de un torneo "llega como si nada a las diez de la noche, desempaca la maleta, separa la ropa por colores y la lava toda.

Hasta que no está seca y separada en el clóset, no se duerme". Su mayor travesura, amén de las ventanas rotas de los edificios de El Poblado, era hacer cross en su patineta de motor en la Universidad de California. "En los treinta años que he estado entrenando golfistas", dice Buddy Alexander, su entrenador en esta universidad, "Camilo ha sido el más dedicado y disciplinado". Y sus palabras favoritas son "intensidad" y "enfoque". "En Colombia", me dice off the record, "los grandes deportistas terminan criticados por la prensa por un mal día. Yo voy a entregar todo, pero esto es duro, este año fui dos veces segundo, ¿ahora qué? ¡Sólo van a estar contentos con un primer lugar!".

Tal vez no tenga por qué preocuparse tanto, es atrevidamente joven en un deporte de viejos, ha sido el primer colombiano que juega dos majors en un año, el U.S. Open y el PGA Championship, terminó en el puesto 11 del Buick Open y el día del cierre de esta edición iba de segundo en el Abierto Canadiense. "Villegas -me dijo su fan número uno, Kamie- es como el huevo de un águila; sabes que cuando se rompa nacerá un animal fuerte y dominante, pero primero tiene que romper el cascarón, estrellarse y tomar vuelo otra vez, pero si mantiene su disciplina y su rutina, tarde o temprano será el campeón que todos esperan". Palabra de golfista.

Fotos: Paul Wright

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