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VIDA Y MUERTE EN EL MURO DE TRUMP

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Viaje a la frontera más famosa y hoy más polémica del mundo. Un territorio desértico donde han muerto más de 2.000 personas durante los últimos años.

Viaje a la frontera más famosa y hoy más polémica del mundo. A la línea que separa Arizona de México. A la valla que el nuevo presidente de Estados Unidos quiere convertir en un muro aún más grande. A la vida en pantalla dividida en un territorio desértico donde han muerto más de 2.000 personas durante los últimos años, donde abundan las historias de desesperación y los coyotes hacen incluso más negocio hoy con la nueva administración norteamericana.

Nadie vive en México tan cerca de Estados Unidos como Eduardo. El muro de su vivienda, de piedras irregulares, construido como una partida de Tetris apresurada y con mal pulso, apenas está separado dos metros de la larga valla de barrotes rojizos y oxidados que delimita ambos países. Eduardo lleva 25 años ya viviendo aquí, en Nogales, Sonora, México, a este lado de la frontera. Esta es la tercera valla que conoce desde que en 1993 el entonces presidente Bill Clinton ordenara la construcción de la primera.

Aunque la que más recuerda aún hoy es aquella de hierro negro y perforado que algunos cortaban con una sierra radial para convertir en parrilla para asados. La de ahora es imposible de cortar, pero los traficantes de marihuana han aprendido a escalarla con los fajos de hierba a la espalda. Son, como cuenta divertido Eduardo, los “hombres araña” de Sonora. Eduardo era camarero, pero ahora se dedica a hacer tortas de harina que vende después en restaurantes y colegios. Y vive aquí con 18 personas, entre sus hijos casados y sus familias y otros parientes en un entramado de casas también construidas con prisa y sin orden que trepan por la colina a las afueras de la ciudad. “A Trump le parece poco esta valla”, dice mirando los largos barrotes de más de siete metros de altura. “Pero a mí me parece muchísimo no más”.

Nogales era un pueblo. Un pueblo entre dos países. El mismo pueblo. Después creció y se convirtió en una pequeña ciudad. Y luego llegaron las vallas y la ciudad quedó partida para siempre. A un lado, Nogales, Arizona, zona de paso, tiendas de comerciantes coreanos, vida alrededor de una aduana y como gran atracción un museo donde ver la vieja cárcel o los retratos de los sheriff. Al otro, Nogales, Sonora, México puro, antiguo destino turístico para los vecinos con dólares del norte, hoy casi ciudad fantasma de farmacias y clínicas dentales, de edificios encalados de dos alturas y puestos ambulantes de bisutería y rosarios sin clientela. “Los rosarios no pasan de moda. Es la convicción en la fe. Algo que no se ve, pero en lo que se cree”, me dice un vendedor.

Hace una década dejaron de llegar aquí los turistas y su dinero por la violencia, por los tiroteos. Y Nogales se convirtió en el recuerdo casi de lo que fue, con restaurantes y bares hoy cerrados en las calles principales que revelan que un día, no hace demasiado tanto, estuvieron abiertos y llenos. Pero con la valla llegó, sobre todo, la vida en pantalla dividida. Como la que Eduardo ve cada mañana cuando se asoma a las ventanas de su casa. O como la de Aída.

 

Aída Castro tiene 48 años y este mediodía de primavera parece querer filtrarse entre los barrotes. Su cuerpo menudo, con jeans y remera rosa, está en México, su rostro entre los hierros y su nariz en Estados Unidos. Ahí, al otro lado, está Sonia, de 31 años, su hija, y Jesús, de 13, su nieto. Aída vivía en Estados Unidos hasta hace siete años, cuando regresó a Sinaloa. Desde entonces no había visto a su hija, que vive en Phoenix. Ella no tenía papeles y no podía acercarse a la frontera, como lo hace hoy. Ahora los ha conseguido, ya es una inmigrante legal y ha vuelto a encontrarse con su madre, que se ha mudado a Nogales para poder ver a su hija. Hace dos meses se reencontraron por primera vez. “Fue una gran emoción. Es verdad que da mucha pena tener que verse de esta manera, porque está esto de por medio”, confiesa Aída golpeando los barrotes con los nudillos. “Pero luego lo piensas y hay otra gente que ni siquiera puede hacerlo así. Eso sí, cuando nos separamos la primera vez me dio una gran llorera”.

Tras Aída, en la primera línea de casas de Nogales, separadas por una amplia calle de la valla, una fotografía recuerda el punto exacto en el que en octubre de 2012 José Antonio Elena Rodríguez, un adolescente de 16 años, murió acribillado por una decena de balazos. La pared desconchada, dura y trágica muestra aún donde impactaron los proyectiles que no lo alcanzaron. A José Antonio, lo más llamativo del caso, lo mató un agente de la Patrulla Fronteriza. Le disparó desde el otro lado del muro, desde Estados Unidos. Supuestamente el chico lanzaba piedras a los patrulleros y uno de ellos se defendió. Balas contra piedras. Y eso aunque desde ese punto de Nogales para lanzar algo al otro lado de la valla hay que ser capaz de acertar entre los hierros o de elevarlo por encima de 12 metros para salvar el desnivel entre ambas zonas y superar los barrotes. El caso está aún hoy abierto y el agente que le disparó continúa libre. Eduardo, Aída y José Antonio son tres casos, tres realidades, tres historias, de la vida en la que es la más famosa de las grandes fronteras del mundo. Y más aún tras la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

 

El 15 de junio de 2015 fue cuando el empresario anunció que se presentaría a la carrera presidencial. No era la primera vez que lo hacía. La noticia no sorprendió demasiado. Pero aquel fue el primer día que dijo que los inmigrantes del sur eran “narcotraficantes, criminales y violadores”. A partir de ahí fue endureciendo su discurso. Prometía deportaciones masivas y la construcción de un muro aún más grande en la frontera. Tras su victoria en las elecciones mantuvo su promesa. Cuando llegó a la Casa Blanca el pasado enero se puso manos a la obra.

En esta parcela de la frontera de Estados Unidos, la de Arizona, no tan famosa como la de Texas, fueron capturados el año pasado 64.000 migrantes, un 15 % de los más de 408.000 apresados por la Patrulla Fronteriza, según los datos oficiales. Dos tercios de ellos, mexicanos. El otro tercio, de Centroamérica, desde donde cada año crece el número de migrantes mientras baja el de mexicanos. Casi todos, adultos varones, porque las familias con niños cruzan por el Río Bravo, en Texas. Aquí, en Arizona, se incauta, además, más de la mitad de la marihuana arrebatada a los traficantes, mientras que la ruta de la cocaína pasa por San Diego, California, y por el valle del Río Grande, en Texas.

Esta es una de las zonas prioritarias en la que está proyectada la construcción del muro prometido. Hasta once millones de inmigrantes ilegales, la mitad de ellos mexicanos, se estima que viven en Estados Unidos. Y Trump ha dado orden también para incrementar el número de agentes de la Patrulla Fronteriza, que cuenta ya con 20.000 efectivos, 3.800 en este sector de Tucson, Arizona. Pero además ha ordenado al resto de los cuerpos de seguridad que se sumen a la persecución de los inmigrantes. A la caza de esos “narcotraficantes, criminales y violadores”.

“Que diga eso me duele, porque esa es mi gente. Y no son criminales ni contrabandistas”. Tony Estrada tiene la piel cobriza, el gesto sereno y una cabellera plateada que peina desde hace 73 años. Viste su uniforme de pantalón oscuro y camisa beige sobre la que luce la placa que confirma que es el sheriff del condado de Santa Cruz, en Arizona, al que pertenece Nogales. Estrada ha ocupado el cargo desde 1993. Él llegó aquí desde México cuando era niño.

 

Su familia atravesó la frontera caminando, se instaló en Estados Unidos e hizo su vida. Estrada se lamenta hoy cuando escucha a su nuevo presidente. “Me duele su falta de compasión. Que no piense siquiera en el esfuerzo que hace la gente. La falta de reconocimiento con el pobre”, lo explica. “¿Sabe por qué es así? Porque él ha tenido todo siempre. No ha pasado nunca ni frío ni hambre, como estas personas. Porque eso son los que intentan cruzar: personas trabajadoras, luchadoras, con valores…”. Sobre la mesa de su escritorio, el último ejemplar de la revista Time con un reportaje sobre el plan del nuevo muro, informes y media docena de chapas de sheriff que le han regalado y que tiene colocadas como adorno.

De las paredes cuelga la foto de una diligencia de las que atravesaban el Lejano Oeste en el siglo XIX y un rifle Winchester, ambos regalados. Se ríe. Él, dice, no es un vaquero. Pero a lo largo de la historia sí lo fueron los sheriff, los alguaciles, que ocuparon su puesto. Estrada advierte que los inmigrantes deben cruzar legalmente, pero sabe que lo hacen “desesperados”. Y aunque el presidente ha anunciado que todos los cuerpos policiales deben colaborar en su cruzada contra los migrantes, él afirma tranquilo que no lo hará, que ese no es su trabajo, que tiene otras prioridades y que el presidente no tiene autoridad sobre él, sino los ciudadanos que lo eligieron para ser el sheriff. “Además, ¿sabe otra cosa? El problema de los carteles es nuestro, porque tenemos el 5 % de la población del mundo, pero consumimos la mitad de las drogas”.

Pero Estrada no es el único que no acata el llamamiento de Trump. A lo largo de la frontera, desde California hasta Texas, otros agentes también han dicho que no lo harán. En Tucson, la policía lo ha comunicado, incluso, en el Consulado de México. Como revela el cónsul allí, Ricardo Pineda, la policía se ha puesto en contacto con él para que transmitan a sus ciudadanos que no perseguirán a los migrantes y a los irregulares. “Han tratado de tranquilizarnos, porque la gente desconfía de ellos”, cuenta Pineda. No se trata solo de no alarmar, sino, sobre todo, de evitar que ante posibles crímenes la gente no denuncie por miedo a las represalias.

En el país hay 50 consulados diferentes de México para dar servicio a los 34 millones de mexicanos que viven allí. De ellos, 15 nacieron en México. La mitad de los 11 millones de inmigrantes que hay en Estados Unidos se estima que son mexicanos. Pero en este Consulado de Tucson es donde está unificada la línea telefónica de emergencias. En la tercera planta, un espacio anodino de moqueta gris, mesas blancas y espacios separados para evitar el ruido, hasta veinte personas atienden los teléfonos esta mañana. “¿Cuándo pasó?, ¿qué pasaporte tiene?, ¿qué edad?, ¿dónde nació?”, se les escucha preguntar, siguiendo su protocolo, con la mirada fija en las pantallas del ordenador. A pesar de que, como revelan los datos oficiales, este año están llegando menos de la mitad de mexicanos que el año pasado, este servicio telefónico ha ampliado su horario. Desde que Trump aterrizó en Washington, funciona las 24 horas del día, se ha aumentado la plantilla que atiende las líneas a 40 personas y se reciben hasta 1.500 llamadas cada jornada, más del doble que el año pasado. “La gente quiere enterarse de qué está sucediendo”, lo explica Pineda.

 

Pero no es solo eso. La gente, como la llama, está asustada. Telefonean preguntando por su situación, por qué les puede pasar, sobre cómo deben actuar si acude a su casa la policía, sobre qué pasará con las nuevas leyes que Trump quiere aprobar y hasta dónde alcanzarán las deportaciones que ha prometido. También se reciben aquí llamadas de rescate. Familias que solicitan ayuda porque saben que uno de los suyos estaba cruzando el desierto y no han sabido nada de él. Familias a las que se les piden los datos para saber si esa persona ha sido apresada y está en alguno de los centros de detención de Arizona donde son llevados los migrantes, que después serán juzgados en una vista rápida, condenados como criminales y deportados del país, si es la primera vez que intentan cruzar, o conducidos a la cárcel si son reincidentes. O para averiguar si esa persona está perdida en el desierto, en esa franja de tierra más dura que la valla de hierros rojos que Trump quiere convertir en muro de piedra.

En ocasiones, incluso, reciben directamente la llamada de socorro desde el desierto de esa persona que ha perdido el rumbo, que se ha lesionado en la ruta o que sin agua ni fuerzas quiere entregarse y que lo rescaten. En esas situaciones, desde el Consulado se comunican con la Patrulla Fronteriza y tratan de obtener todos los datos posibles para averiguar la ubicación de la persona y que puedan acudir en su ayuda.

Atravesar Sonora para llegar a Estados Unidos implica caminar entre 20 y 70 kilómetros. Este no es el desierto de las películas. No es ese territorio de arena naranja, atardeceres rojos y cactus como espantapájaros por el que cabalgaban los vaqueros. Sonora es tierra árida. Paisaje pedregoso y colinas en las que crecen árboles y arbustos que aguantan la sequía. Una zona de temperaturas drásticas, de frío extremo al caer la noche y calor asfixiante durante el día. Los migrantes necesitan atravesarla arropados por la oscuridad y esquivando las torres de vigilancia de la Patrulla Fronteriza.

 

Es domingo y recorro parte de la ruta con tres voluntarios de Tucson. Pertenecen a una organización que se hace llamar los Samaritanos. Ha tomado su nombre del evangelio de Lucas, de la parábola del buen samaritano que dice: “Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó”. Acaban de cumplir 15 años como organización. Medio centenar de personas son voluntarios en ella. Todos los días, en pequeños grupos, hacen viajes en coches todoterreno y a pie por estas rutas de los migrantes. Llevan comida y agua que depositan en las zonas de paso y analizan los restos que hallan en su recorrido para averiguar cuándo pasaron por allí por última vez y qué caminos son los más transitados.

Durante nuestra caminata nos encontramos restos de ropa y mochilas y sobre todo botellas y bidones de plástico negro para cargar agua, los que venden en México en las tiendas de los coyotes, los que no deslumbran los prismáticos de la migra. Hasta hace cinco años aún se encontraban con los ilegales que cruzaban. Ahora es poco frecuente hacerlo. María, mexicana de familia, pero nacida en Texas, baja estatura, piel oscura, chilla: “¡¿Hay alguien ahí? Somos amigos. Venimos de una iglesia a ayudarlos!”. Pero solo le responde el silencio del desierto.

“Esta es una zona de avistamiento de aves. Yo no sé si mis compatriotas, si la gente de Arizona que viene a ver esos pájaros, sabe de verdad lo que sucede aquí”, me dice Rick, tras su frondoso bigote gris, pensando en voz alta. Rick nació en Seattle y ha sido activista por los derechos humanos desde los años sesenta. Hoy, tras haber trabajado en Microsoft, está jubilado. Además es un amante del trekking, así que este proyecto es perfecto para él. María y Rick se lamentan de que hay gente en Arizona que los critica. Dicen que los acusan de promover la inmigración irregular. “Pero no se trata de eso, esto es una emergencia y lo que hacemos es ayuda humanitaria”, se resigna ella. En los últimos años se han encontrado en esta zona más de 2.000 cadáveres de migrantes. Los cuerpos de aquellos que intentaron cruzar y no lo lograron. El rostro más trágico y duro de la realidad a ambos lados de esta frontera.

 

Francisco Cantú solo vio un cadáver, pero todavía lo recuerda. Un hombre, que viajaba con su sobrino de 19 años y un amigo de este de 16, fallecía en la travesía. Los dos jóvenes permanecían junto al cuerpo y él debía detenerlos para que después fuesen deportados. Sentado ante una cerveza en el moderno mercado de San Agustín, en Tucson, donde vive, Cantú no cuadra con la imagen de un agente fronterizo. Con su camisa y pantalones arremangados, su peinado cuidadamente descuidado y su bigote parece un joven hipster más. Pero fue durante cuatro años uno de los hombres que patrullaban el desierto de su estado natal.

El suyo es, además, un perfil atípico. Tenía 23 años cuando en 2008 decidió entrar en la Patrulla. Había estudiado Relaciones Internacionales en Washington y le interesaba la frontera sur de su país, por donde su abuelo, mexicano, había cruzado. Entonces pensó que aquel era “el único trabajo en el que realmente podría comprender lo que sucedía”. Estuvo ocho meses en la academia, donde recibió entrenamiento policial, donde fue investigado antes de ser aceptado, donde algunos futuros agentes se someten incluso a pruebas poligráficas y donde perfeccionó el español que ya hablaba. Durante los siguientes cuatro años fue un patrullero, primero como agente regular y después en la sección de inteligencia, en Arizona, su estado natal, y El Paso, Texas. Lejos de encontrar las respuestas que buscaba sobre políticas migratorias, ahora le parece todo aún más complicado. “Tras haber trabajado en zonas remotas del desierto ves cómo las políticas que se han aplicado desde los años noventa han empujado a la gente a lanzarse a cruzar por esas zonas”, lo describe. “Y no importa cuánto lo compliques porque lo seguirán intentando”.

Durante sus años como patrullero en Arizona aparecían más de 200 cadáveres al año en el desierto de Sonora. También recuerda hoy al matrimonio del estado mexicano de Guerrero, ella embarazada, que le suplicó que hiciera la excepción que no hizo y los dejara marchar. “El 80 % del tiempo es un trabajo aburrido, pero cuando sucede algo es una locura”, dice. “Cuando vas a por un grupo nunca sabes cómo va a resultar. A veces se sientan, otras se dispersan y en ocasiones tienes que rescatar a gente. Pero no sabes nunca cuándo puede ser peligroso. Aunque te encuentras con muchos casos de migrantes que ya han cruzado antes y se saben las reglas. Es como un juego. Los ves y te dicen: ‘Vale, me has cogido”.

Cantú me confiesa que le preocupa el efecto Trump. Durante el primer mandato de Obama, cuando él perteneció a la patrulla, los agentes, como revela, “no se sentían apoyados por el Gobierno, a pesar de que se deportase a más gente que en las administraciones anteriores”. Pero ahora, esos agentes, “muchos conservadores y republicanos”, como los define, cree que sí se sienten mucho más respaldados desde la Casa Blanca. “Ahora es más duro. Hay órdenes desde arriba de que no se debe dialogar, de que es como la Guerra Fría. Se deshumaniza a los migrantes, se los demoniza y se insiste en que no hay que tener compasión por ellos. Y creo que se trata de algo de lo que debemos preocuparnos, porque existe el riesgo de que esa agresividad se convierta en abusos sobre el terreno”.

 

Hoy, sin embargo, cuando Trump aumenta los fondos para este cuerpo de policía, el más grande del país, es cuando menos trabajo tienen. El efecto Trump ya se nota. El número de inmigrantes que tratan de cruzar se ha reducido drásticamente durante la primera parte del año. Es más complicado alcanzar el sueño americano, son más impredecibles las consecuencias y los coyotes, las mafias que trafican con los migrantes, están subiendo sus precios. Si el año pasado debían pagar hasta 5.000 dólares por cruzar, al menos 500 de adelanto y el resto cuando estuviesen a salvo en un piso franco en Phoenix y otros 800 dólares más las mujeres para asegurarse de no ser violadas durante la travesía, hoy el precio alcanza ya los 8.000. Y sin los coyotes, que conocen las rutas, que llevan los grupos guiados por el desierto, es prácticamente imposible cruzar.

“A partir de ahora va a haber más violencia, más extorsión y más abandonos. Esta gente sigue siendo la misma: personas que buscan una forma de sobrevivir. Así que además sufrirán más”. Ha caído ya la noche sobre Nogales. Las calles están vacías, y los comercios, cerrados. Los vendedores de rosarios han recogido sus tenderetes y han desaparecido del centro de la ciudad. También los coches y camiones que durante el día cruzaban la aduana. Nogales guarda silencio hasta el día siguiente. En este momento, Paco Loureiro se arrellana en la silla de su despacho en el Albergue San Juan Bosco. El televisor encendido con el noticiario. El escritorio repleto de papeles y libros de contabilidad. Paco, de 73 años, y su esposa, Gilda Esquer, de 62, abrieron este albergue en el invierno de 1982. El padre de Paco era norteamericano. Nació en Los Ángeles. Su abuelo había llegado de Portugal. Paco es talabartero. Fabricaba botas vaqueras ortopédicas y las vendía en Estados Unidos. También había estudiado derecho. Así les iba muy bien. Paco dice de sí mismo que era una persona sin sentimientos. Que cuanto más tenía, más quería. Que nunca había pensado en ayudar a nadie.

Pero aquel invierno su realidad, su mundo, cambió. Él cambió. Todo cambió. Fuera de su taller se encontraron con una mujer de Oaxaca que les pedía ayuda. Llevaba un bebé a la espalda. Una niña amoratada por el frío. Paco y Gilda le ofrecieron que pasase la noche en su casa. Pero no estaba sola. Le dijeron entonces que fuera con su familia. Y la mujer empezó a llamar a gente. Hasta 69 personas aparecieron del parque contiguo. Paco y Gilda los llevaron a su casa, al almacén vacío y contiguo a la misma que tenían sin usar. Después se fueron a las estaciones de la ciudad a buscar a más personas. “Al menos, hoy, les daremos de cenar y un techo”, cuenta que era su plan. Aquella noche alojaron allí a 350 personas. Aquella noche Paco y Gilda conocieron la verdad de los migrantes. Aquella fue la primera de muchas noches. La primera madrugada de lo que se convertiría enel Albergue San Juan Bosco.

 

Hoy han pasado ya 35 años y más de 1.300.000 personas han dormido en sus literas y han comido en su comedor. El San Juan Bosco es una institución en Nogales. Un referente. También una quimera personal. Y un empeño. Y una locura. La de Paco y Gilda, que desde aquella noche de 1982 dedican su vida a ayudar a aquellos que llegan buscando la América rica, el sueño, pero también a aquellos que lo intentaron y que tras ser deportados vuelven a casa con los bolsillos vacíos, más pobres, igual de desesperados y con el orgullo roto.

También aquí se nota el efecto Trump. Hoy el albergue, aunque tiene una veintena de huéspedes, está casi vacío. Hace solo unos meses hubiera habido al menos un centenar. “Yo siempre estoy aquí. Me gusta platicar con los migrantes, convivir con ellos, comer con ellos... Siempre he dicho a los desilusionados que compartan conmigo sus problemas y que juntos los resolveremos”, dice Paco, con la voz relajada y la mirada perdida en la pared. “La mayor parte de esta gente está viviendo de milagro”, afirma, ahora mirándome a los ojos.

 

Huele a comida. Mientras hablamos en la oficina repleta de cachivaches, entre los libros de registro de estos más de treinta años, donde figuran los nombres de todos esos hombres y mujeres que algún día pasaron por aquí, en la habitación de al lado se sirve la cena. Pollo con arroz. La veintena de hombres y una mujer, solo una mujer esta noche, Olivia, de 46 años, de Morelia, Michoacán, que ha sido detenida y deportada cuando cruzaba ilegalmente, comen en silencio.

Hoy, junto a Olivia está Edil, de Honduras, de 35 años, con camiseta roja y gorra blanca, que acaba de llegar a Nogales y quiere cruzar para encontrarse con sus tres hermanos en Houston, Texas, pero que anuncia que va a esperar hasta que sepa bien qué sucede en Estados Unidos con Trump, que me insiste si yo puedo ayudarlo, que me habla de fútbol y me sonríe como un niño. Su compatriota Néstor, de 26 años, lo mira con cierta envidia. Él quiso cruzar y para ello hizo el largo viaje desde Honduras en el tren de mercancías que atraviesa México hacia el norte. En la Bestia, como se lo conoce. Un peligro añadido a un viaje ya extremo en el que los migrantes son asaltados y atacados por maras y narcos para quitarles el dinero que llevan para cruzar. Néstor resultó gravemente herido porque un vigilante de seguridad le disparó dos veces. Y ahora, mientras se cura, mientras vive de milagro, dice que quiere ir a la aduana y pedir asilo en Estados Unidos. Pero Néstor, aunque sonríe, aunque otros lo animan y le dicen que sí, que claro, que lo conseguirá, que muestre sus heridas de bala que aún supuran, no tiene siquiera quién lo asesore para hacer algo así ni sabe cómo hacerlo.

 

Frente a él se ha sentado Ómar, de Tabasco, que con 32 años dejó a su mujer y a su hijo en casa para marcharse al norte, que reunió 5.000 dólares, pagó 1.000 a los coyotes, se perdió durante la noche y acabó lesionado y atrapado por la Patrulla. Ómar quería ir a Nueva York y ahora regresa a casa con muletas. Pero cuenta que cuando se recupere, en cuatro o cinco meses, volverá a intentarlo. “No es fácil tomar esta decisión, ¿sabe?”, me pregunta. “Tardé casi seis meses en hacerlo. Hasta que al final una noche me senté en la sala con mi mujer, con María Carolina, y se lo dije. Ella se puso a llorar. Es duro, muy duro, porque te vas con una meta, que es el sueño americano, y si no lo consigues te deprimes porque vuelves a la nada”.

A su lado Luis asiente. Lo sabe bien. Es de Guaymas, Sonora, tiene 31 años y ha pasado los dos últimos en una cárcel en Estados Unidos condenado porque era la quinta vez que lo detenían cruzando. La primera, en 2008, se deshidrató en el viaje y se entregó. La segunda, en 2011, porque lo vieron, lo persiguieron y lo apresaron. Dos años después tuvo la mala fortuna de que lo detectó un helicóptero. En 2014 lo intentó dos veces. La primera de ellas ya había cruzado y estaba llegando a la casa en Phoenix donde se escondería. Pero les seguía un coche de la policía y los capturaron. La quinta había logrado ya también atravesar el desierto y se disponía a subirse al vehículo que lo sacaría de la zona fronteriza. Tras esta le cayeron treinta meses de sentencia. Su familia ni siquiera sabe aún que está vivo. Luis hace una mueca, baja la cabeza y juguetea nervioso con el largo rosario de madera que cuelga de su cuello. Ahora regresará a casa. No volverá a intentarlo nunca más. “Ya me conocen por el récord de cinco caídas”, dice con media sonrisa. Y sus compañeros de mesa ríen. “Pero me arrepiento, sí que me arrepiento. Pensé que esta última vez iba a llegar. Pero no. Nunca me dieron chance ni siquiera para buscar un trabajo”.

 

Y así, una tras otra, mientras avanza la noche, brotan los bostezos y se van retirando a dormir, los huéspedes del San Juan Bosco narran su veintena de historias. Hombres con ojos dóciles y heridos y manos duras. Hombres con ropas viejas y zapatos sucios. Hombres que hacen turnos para ser escuchados por el periodista que ha venido de lejos a verlos y que se escuchan mutuamente en silencio. Hombres que oyen las historias de otros hombres como ellos. Historias todas diferentes y al mismo tiempo todas iguales. Son todas también las historias que abarrotan los libros de Paco desde hace 35 años. Solo cambian los nombres y las fechas. Pero se mantiene el mismo origen y el mismo destino. Idéntico sueño. Y muchas de ellas con la misma mala suerte. Historias, está claro, de “narcotraficantes, criminales y violadores”, como los llama Trump.

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