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Una iglesia para gais en Bogotá

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Alfredo y Alfonso son pareja, viven juntos, se aman, pero no tienen sexo entre ellos. "Tenemos una relación homoafectiva, pero no homogenital".

Los dos son pastores de una iglesia a la que acude la comunidad LGBTI en Bogotá, en pleno corazón de Chapinero, el barrio gay de Colombia. A pesar de eso, dicen que no se trata de una iglesia gay, sino incluyente. Esta es la historia de un par de hombres que se aman y luchan, en nombre de dios, contra la lujuria, la lascivia y la discriminación.

“Nosotros aquí los invitamos a que lean la Biblia, a que vivan según la palabra de Dios, pero llega un viernes, llaman las ‘amiguis’ y ahí llega el desorden”. Esta frase del pastor Alfonso suena en el recinto y hace estallar una carcajada del público. Y la expresión “las amiguis” será usada muchísimas veces. Sin embargo, la seriedad y rigidez con que el pastor se toma su sermón vuelve con velocidad después de las risas para seguir con la idea.

El Ministerio Afírmanos es una iglesia cristiana-evangélica, ubicada en el barrio Chapinero, en Bogotá. Entre semana, en el lugar opera un instituto de educación superior, pero dos domingos por mes personas de diferentes orientaciones sexuales van allí a estudiar la palabra de Dios. Un vigilante abre la puerta cuando ve que alguien viene directamente hacia ella. Saluda con cordialidad. Casi siempre está viendo fútbol en el televisor de la recepción. Cuando llega una persona por primera vez le dice, sin agregar una palabra de más, “siga a la derecha por el pasillo”. La iglesia funciona en un auditorio de clases que los días de reunión se acondiciona con dos parlantes, un videobeam, el atril para los pastores, un computador y una consola. Todos los equipos necesarios para organizar el servicio religioso.

Fotografía: Pablo Salgado

Los pastores que dan el servicio se llaman Alfonso y Alfredo, son pareja, uno de ellos trabaja en un banco y otro es psicólogo de niños, viven juntos en un piso trece con una gran vista de Bogotá, tienen un perrito, se conocieron en una fiesta de sus familias, que son bastante cercanas, y se besaron a escondidas. E insisten, una y otra vez, que esta no es una iglesia gay, sino una iglesia incluyente. No hay ni una sola bandera de la comunidad LGTBI, no hay consignas en las paredes reclamando sus derechos como comunidad diversa. La iglesia no hace activismo gay en absoluto. Cero. Es un servicio serio, no muy distinto de los que se realizan en las más de 1.500 sedes de iglesias que hay en Bogotá. En el país, muchas iglesias cristianas no pasan desapercibidas gracias a las grandes amplificaciones a todo volumen que se escuchan en la parte exterior de los templos por cualquier transeúnte que pase. Aquí, en cambio, no ocurre nada de eso.

En este domingo el pastor Alfonso inicia la prédica diciendo que Dios no mira condiciones, que mira corazones y que si buscan vivir conforme a su palabra no habrá infierno, aunque la doctrina históricamente manifieste que la condenación constituye el futuro para los homosexuales. Esa frase sí que es un alivio para muchos de los asistentes, en especial para Luis, quien vivió una de las historias de discriminación que hay en esta iglesia. Luis asiste por primera vez al servicio y delante del pequeño grupo de veinte personas que hay en esta mañana le dan la bienvenida, pero nadie lo miró. Todos se quedaron callados. El silencio es el grito más fuerte de aceptación. No quieren apenarlo, el paso de asistir a este servicio por primera vez no resulta fácil. Luis es venezolano y hace apenas unos días llegó a Colombia, conoció del Ministerio Afírmanos y su política de inclusión por internet, se contactó con los pastores y asistió. Él es robusto, trigueño, pasa los cuarenta años y no vivía feliz con su homosexualismo en su país. Dice que ama a Dios y que ha sido cristiano durante doce años. Un día decidió contarle a su pastor y él le prometió que lo iba ayudar a cambiar y a que los demonios salieran de él. Pero esa no era la ayuda que Luis esperaba. Se sintió rechazado.

La adoración dura una hora exactamente. Al final, las parejas que asistieron se hacen más notorias. Las identifico porque comparten sus biblias que, a propósito, no son diferentes de otras. Son las mismas que están en cualquier hogar del país: la Reina Valera, la que se utiliza comúnmente en la corriente cristiana evangélica, es decir, en cualquier parroquia de Bogotá o del mundo. La Puerta, Casa Abba Padre, Comunidad Viva y CMR Impacto son algunos de los proyectos religiosos para la comunidad LGTBI que han existido en Bogotá, pero que nunca pudieron trabajar en una misma dirección y lograr la solidez. Desaparecieron tan rápidamente como se crearon. Algunas de estas iglesias leían el tarot o tenían como guías espirituales a los ángeles. Otra, incluso, se acabó cuando la pareja de pastores que la lideraban terminaron su relación.

–Nunca fueron iglesias cimentadas en la palabra de Dios. Yo, que he sido cristiano muchos años de mi vida, puedo decir que eran más un grupo de activistas y no tenían la verdadera disposición de buscar a Dios –dice Edwin Sánchez, uno de los asistentes que visitó en el pasado las otras iglesias incluyentes que existieron en Bogotá. Él cree que aunque la homofobia y el machismo sean el común denominador en la sociedad cristiana, no significa que la Biblia promueva la homofobia. Por el contrario, dice que Dios también ama a los que se enamoran de un ser de su mismo sexo. Este pensamiento no lo tiene el cristianismo evangélico o católico fundamentalista que considera la homosexualidad como aberración, así el papa Francisco haya dicho ya: “Si alguien es gay y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”.

Fotografía: Pablo Salgado

Pero mientras esa lucha empieza, ya en el pequeño auditorio de Chapinero se libra una batalla silenciosa. Los pastores Alfonso y Alfredo intentan levantar su iglesia. Visito la iglesia otro domingo y en el lugar hay menos personas que de costumbre. Faltan algunas personas que estuvieron hace quince días. El pastor Alfonso dará la prédica en esta ocasión y dice a los asistentes que no se pueden dejar vencer en su lucha de vivir en santidad. Ese mensaje es claro y tiene un sentido claro, porque varios de los ausentes cayeron vencidos ante una de las fechas más esperadas y celebradas por los homosexuales de todo el mundo: la celebración de amor y amistad. Septiembre y octubre son meses donde hay muchas celebraciones importantes para la comunidad gay: la semana de la diversidad y la fiesta de Halloween donde el desorden, las bebidas, la conquista y el sexo les ganan la batalla por la santidad a algunos.

La rigurosidad de vivir en santidad en esta iglesia va más allá. Sus pastores desaprueban las relaciones sexuales entre parejas homosexuales. –Creemos en la homoafectividad como condición natural de tener un sentimiento de afecto hacia otro ser, ya sea entre hombres o mujeres. Pero la iglesia rechaza la homogenitalidad, es decir, que parejas del mismo sexo tengan relaciones sexuales. Aunque haya una atracción y convivan dándose amor no debería haber acto penetrativo–asegura el pastor Alfredo.

–¿Entonces ustedes, Alfredo y Alfonso, como pastores, viven juntos pero no tienen relaciones sexuales?
–No, yo convivo con mi pareja y tenemos una relación homoafectiva, pero no homogenital, y no nos da pena decirlo porque es el sentir que Dios puso en nuestras vidas –responde el pastor Alfonso.

El amor que sienten entre ellos es uno realmente fuerte y profundo. En un momento, mientras cantan con las palmas en alto para la oración, se paran en esquinas opuestas del recinto y las miradas que se dan el uno al otro se sienten con la fuerza de un ventarrón. Su propia relación sirve de ejemplo en varias ocasiones. Por ejemplo, una vez, Alfonso habló sobre lo fácil que era ser tentado por el pecado al contar una anécdota que le ocurrió en Transmilenio.

–Al bus se montó un muchacho gordito, y ustedes saben que a mí me gustan los gorditos –dice, mientras mira a Alfredo que está sentado en la iglesia y el público se ríe–. Me quedé mirándolo. Lo miré una vez, después lo volví a mirar, y así me dejé llevar por la pasión y lo seguí mirando. ¡Así se deja llevar uno por el pecado! ¡Y no se puede controlar lo carnal! ¿Qué tal que ese muchacho me hubiera picado el ojo?

Ambos me dicen que la Biblia es clara en este tema y no puede tergiversarse, ni predicar a un acomodo. Me hablan, en específico, del Levítico 20:13: “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre”. Además, citan también Romanos 1, 27: “Del mismo modo también los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”.
Tanto Alfredo como Alfonso afirman que practican la Biblia sin cambiarle una sola palabra. Es decir, hacen una lectura literal, no como algunos grupos incluyentes de México y Estados Unidos que utilizan la Biblia Queer, o progay, donde ciertos capítulos y versículos han sido modificados con el propósito de no ofender a la comunidad gay y justificar las relaciones homosexuales como una práctica aprobada por Dios.

–Sabemos que Dios aborrece que un hombre tenga relaciones sexuales con otro hombre –agrega con un tono seco el pastor Alfonso, para cerrar el tema, y me recuerda un aparte de una carta que Benedicto XVI les envió a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales: “En el Levítico 18, 22 y 20, 13, cuando se indican las condiciones necesarias para pertenecer al pueblo elegido, el autor excluye del pueblo de Dios a quienes tienen un comportamiento homosexual”.

Sin embargo, existe otra forma de interpretar el Levítico. El padre Jorge Bustamante, director de Doctrina y Animación Bíblica de la Conferencia Episcopal, afirma que las citas del Antiguo Testamento están en otro contexto y, por eso, no deben tomarse fragmentos sueltos para interpretarlos.

–El pueblo de Israel aplicó dentro de su cultura una ley con la que buscaba poner fin al pecado a través de la muerte, que es lo que encontramos en los textos. Pero, asimismo, muchos expertos estudiosos, al ver la historia de Israel y la Biblia, concluyen que muchísimas veces esas mismas leyes nunca fueron perfectamente aplicadas, que hubo períodos en los que por algunas circunstancias tuvieron su aplicabilidad, pero que después dieron espacio a otras formas de castigar un delito. Y si bien en el Antiguo Testamento se decía “ojo por ojo diente por diente”, Jesús vino a mostrar la bondad de la misericordia.

Por eso, la postura sobre un versículo como lo hacen los “hermanos separados” –así se refiere el padre Bustamante a los evangélicos–, no es tanto así, porque nosotros no tenemos una expresión fuera de contexto, sino que nuestra visión es holística, porque hay una evolución en la misma Biblia –dice, y concluye con un ejemplo contundente–: En Mateo 5, 30 podemos encontrar, por ejemplo, una expresión que dice: “Y si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti”. No podemos creer que es así, y cortar la mano de la persona. Cortar la mano en este caso significa “deja de robar”.

 

Daniel y José son dos de los asistentes más entusiastas del Ministerio Afírmanos. Incluso, están haciendo un discipulado, una práctica de la comunidad cristiana evangélica en la que se aprende a estudiar la Biblia y ser seguidores fieles de Jesús. Los dos son costeños. Daniel es comunicador aocial, y un día decidió contarle a su papá sobre su homosexualismo, quien le dijo que lo dejara pensar y al día siguiente le dio su apoyo y le pidió que se preparara académicamente para que nunca nadie lo humillara. Y así ha sido, desde los 16 años en Barranquilla fue líder en muchas causas de la población LGTBI, activista de derechos humanos, hizo parte del Consejo Latinoamericano de Jóvenes para la ONU y estuvo un año en el Seminario Mayor a punto de ordenarse como sacerdote.

–No puedo decir que mi historia es la de un gay sufrido porque estaría mintiendo. He tenido el apoyo de mi familia, incluso con el tiempo mi papá me llevaba a las rumbas gay y me recogía para asegurarse de que estuviera bien

–recuerda entre risas, y cuenta que descubrió su homosexualismo temprano. A los once años tenía su primer novio, pero asegura que nada le impidió amar a Dios. Cuando llegó a Bogotá conoció de las iglesias incluyentes, aunque ya había asistido a iglesias cristianas evangélicas tradicionales.

La historia de José, su pareja, es por completo opuesta. Vivió toda su vida en un pueblo cerca de Santa Marta, donde asistió a la iglesia desde los diez años y se bautizó a los catorce. Fue líder de jóvenes y para su familia siempre ha sido el cristiano ejemplar, pero nunca se atrevería a decirles que es gay. Su mamá tuvo que cumplir también rol de papá. Es autoritaria y de carácter fuerte, y por eso José cree que sería traumático para su familia enterarse de su homosexualismo.

Hace siete años, los pastores Alfonso y Alfredo no tenían entre sus planes crear una iglesia cristiana evangélica. En ese entonces, apenas comenzaba su relación de pareja. Han sido cristianos la mayor parte de su vida. Alfredo fue ministro de alabanza, una alta posición jerárquica que ocupó durante doce años en una de las iglesias más reconocidas de Bogotá. Por su parte, Alfonso es un psicólogo y fue pastor de jóvenes en Cali durante varios años. Por ser homosexuales y creyentes, los dos pensaron que en la sociedad faltaba un lugar religioso para la población LGTBI. Ellos ya habían visitado algunos grupos e iglesias incluyentes en Bogotá, pero querían una experiencia más cercana con Dios donde el mensaje estuviera centrado en el cristianismo y no en el activismo, y que, además, fuera de puertas abiertas. En ningún lugar vivieron una exclusión porque mantuvieron su condición sexual en secreto durante sus años en iglesias tradicionales, pero otras personas que se atrevieron a hacerlo sí sufrieron la discriminación, como Marco Antonio, que hoy en día visita la iglesia de Alfonso y Alfredo, y hace once años asistía a una comunidad de la corriente Pentecostal, una de las más exigentes y rígidas.

–Cuando creía seriamente en mi líder de iglesia, le conté los conflictos y dudas que tenía sobre mi orientación sexual, y él pidió mi salida del grupo e informó al pastor, quien terminó expulsándome de la iglesia –cuenta Marco Antonio, que vive en Bogotá hace cinco años y asegura que es un homosexual feliz porque ama a Dios. Mauricio Albarracín, director de Colombia Diversa, dice que identificar estos casos de discriminación es una tarea difícil. Las personas que han sufrido rechazo optan por buscar otro lugar donde congregarse o retirarse de la vida religiosa, pero nunca se denuncia, lo que hace imposible llevar un registro.

Fotografía: Pablo Salgado

–Yo creo que no existe ninguna incompatibilidad entre la libertad sexual y la libertad religiosa, son decisiones íntimas y respetables. Lo que ocurre es que hay muchas religiones que son muy discriminatorias, pero celebramos que en algunas iglesias se hayan dado avances en materia de igualdad –dice Albarracín.
Uno de los pocos ejemplos de aceptación a la diversidad es la del obispo Eduardo Martínez Díaz, de la Iglesia Evangélica Luterana de Colombia. Él dice que hay un compromiso con los derechos de las personas sin importar su condición, y mucho menos discriminación de alguna clase.

–Entonces, ¿si una persona LGTBI llega a su iglesia es aceptada?–le pregunto.

–Nosotros no preguntamos a nadie sobre su orientación sexual, cualquier persona que llegue a nuestra iglesia será bien recibida. No estamos para juzgar a una persona en su vida íntima.

Alfonso y Alfredo dieron un primer paso hace cuatro años. Conocieron por internet a Daniel Centeno, un líder que trabaja con iglesias incluyentes en Latinoamérica, y hablaban sobre las experiencias de acercamiento de la población LGTBI al cristianismo. Uno de los casos más exitosos en el mundo es el de la ICM o Metropolitan Community Church, una organización que asegura contar con 250 congregaciones para LGBTI en más de veinte países. Iglesias de esta clase en Estados Unidos y México asesoraron a Alfredo y Alfonso para crear, en principio, un grupo de oración en su propio apartamento, que tuvo su primera reunión el 14 de julio de 2011, y a la que asistieron seis personas. Tres meses después, el apartamento se quedó pequeño y lograron obtener en alquiler el salón de eventos del edificio residencial donde vivían en Chapinero. Las reuniones que se hacían los martes y sábados recibían más de cincuenta personas. El grupo de oración incluyente era un éxito, hasta que los vecinos se empezaron a quejar.
–Los vecinos no querían ver desfilando por los pasillos una manada de gais por sus instalaciones. Eso hizo que la administración del edificio nos prohibiera continuar las reuniones en el lugar –dice el pastor Alfredo.

Sin el lugar disponible, pocos recursos y la dificultad de conseguir un espacio, tuvieron que hacer las reuniones en un restaurante, hasta que siete meses después fueron acogidos por la cobertura APCI (Affirming, Pentecostal Church), una comunidad con más de 150 iglesias incluyentes en el mundo que tiene su sede en Estados Unidos. El líder de APCI los visitó para comprobar la veracidad de su vida religiosa y aprobaron por unanimidad el ordenamiento oficial como pastores.

Todo parecía ir bien ahora, pero una vez lograron ese apoyo, los problemas no tardaron en llegar. Manejar la comunidad LGTBI creciente en número de fieles se convirtió en un caos. Por ejemplo, los asistentes pusieron el grito en el cielo al enterarse de que no serían más un grupo de la comunidad LGTBI que se reunía a estudiar la Biblia, sino que pasarían a ser una iglesia. Es decir, ya no iban a ser un grupo cerrado, sino que iban a abrirse al público. El pastor Alfonso dice que a los gais no les gusta la palabra “iglesia” y prefieren enmarcarse en que asisten a un grupo de oración, porque de esta forma no sienten ningún compromiso, una condición que, además, generaba poco compromiso. Iban a la reunión los sábados por la noche en Chapinero, el corazón gay de Bogotá, y de ahí salían directo a las discotecas del sector a embriagarse y vivir una noche de excesos. Es decir: pasaban del cielo al infierno cruzando solo unas cuantas calles.

Esta situación hizo que Alfredo y Alfonso pensaran en acabar la iglesia. Aseguran que por amor a Dios no lo hicieron, pero sí la reestructuraron. Hace dos años iniciaron una nueva etapa, cambiaron de ser APCI Colombia, que fue el nombre inicial, a Ministerio Afírmanos Colombia; decidieron salir de la cobertura internacional y endurecieron las reglas. Los pastores dicen que los feligreses que siguieron con ellos se apegaron de verdad a la palabra de Dios.

–Dios ama a los homosexuales, pero no la forma como viven. La iglesia es un lugar solo para encontrar la presencia de Dios y no para levantar la pareja de turno. Coquetear o hacer muestras de cariño excesivas durante la congregación es prohibido. La lujuria, el alcoholismo y la lascivia no están bien vistos –concluyen.

Fotografía: Pablo Salgado

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