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El colombiano detrás del imperio de la marihuana en Colorado

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Norton Arbeláez vivió seis años en Pereira, sus papás son de Caldas y Quindío, y hoy controla uno de los cultivos más grandes de marihuana legal en Estados Unidos.

Está a punto de crear el primer cultivo industrial en Uruguay y de vender más de cien variedades de marihuana en Chicago, Nevada, Nuevo México, Massachusetts y Oregón. Aquí revela las intimidades de un negocio que apenas comienza y se ha convertido en una solución económica para millones de pacientes con enfermedades crónicas en Estados Unidos.

 “Cultivar marihuana es todo un arte, cada planta es una entidad en sí misma, su temperatura, su humedad, sus horas bajo el sol. Tiene su propia química sexual, todo tiene que ser perfecto”, me explica Norton Arbeláez en el centro de una gigantesca propiedad de más de cincuenta mil pies cuadrados, donde se levantan las oficinas y los salones de producción de la empresa RiverRock, en Colorado, al norte de la ciudad de Denver. Más de cinco mil plantas de marihuana llenan el recinto. Del centenar de surcos entran y salen cerca de una docena de trabajadores que revisan uno por uno los tallos, hojas y cogollos de cada árbol de cannabis de forma milimétrica, con una devoción casi quirúrgica.

Con 34 años, este hijo de colombianos nacido en el sur de California es toda una celebridad en la industria de la marihuana en los Estados Unidos. Antes era un abogado de seguros, con un talento para la persuasión derivado de su “genética paisa”. Hace poco abrió operaciones para el mayor cultivador y distribuidor de cannabis medicinal en Massachusetts, e intervino en la V Conferencia Latinoamericana sobre Política de Drogas, en Costa Rica, no sin antes pasar por Uruguay, donde gestiona las licencias para el primer cultivo industrial de marihuana en ese país. “Esta sería una operación a gran escala nunca antes vista, estaríamos realmente haciendo historia”, me dice con la misma visión que lo llevó hace unos años atrás a liderar en la legislatura local el marco regulatorio para la producción comercial de cannabis en el estado de Colorado, modelo que tiene hoy al mundo entero con los ojos en el experimento. Mitad empresario y mitad político, Norton fundó RiverRock en 2009, junto a su socio John Kocer, un tipo como de un metro setenta, acuerpado y muy descomplicado, a quien conoció cuando estudiaron juntos en Chile en un intercambio universitario. Hoy, los dos son dueños de uno de los dispensarios de marihuana más grandes de todo Colorado, primer estado de la Unión en jugársela por una legalización universal de la yerba.

Cultivar marihuana es todo un arte, cada planta es una entidad en sí misma, su temperatura, su humedad, sus horas bajo el sol. Tiene su propia química sexual, todo tiene que ser perfecto - Norton Arbeláez

“Diez años atrás nadie hubiera pensado que tendríamos una industria legal de marihuana de más de dos billones de dólares al año, que no solo estuviera ayudando a miles de pacientes en todo el país, sino que solo en Colorado, un estado de escasos cinco millones de habitantes, haya generado más de treinta mil puestos de trabajo”, me explica.

Solo de este cultivo salen al año cerca de tres toneladas de marihuana, todo en ciclos de cuatro meses, ni un día más, el tiempo que tarda una semilla hembra en convertirse, con buena luz y comida, en una planta adulta lista para secar, descuartizar y, por supuesto, fumar. “Acá no crece yerba, se cultiva medicina”, me corrige Norton. “Esta es una mata muy poderosa, a mí me cambió la vida”, me asegura. Cuando tenía 24 años, un accidente automovilístico casi lo deja sin vida. Una contusión con dos vértebras comprimidas dio inicio a un dolor crónico en su espalda. “Pasé casi tres meses en el hospital, tomé de todo, Percodán, codeína, los opioides más severos que se imagine, y nada”. Todo siguió así hasta que un amigo le aconsejó la marihuana medicinal. Dos semanas más tarde, y luego de sortear el mercado callejero en busca de la yerba, logró controlar el dolor para regresar a la Universidad de Tulane, donde se graduó como abogado Summa cum laude.

La ciencia y los marihuaneros del mundo entero saben que los efectos de la marihuana provienen de su contenido de tetrahidrocannabidol (THC), pero solo hasta ahora se conoce en detalle que otro ingrediente de la planta, el cannabidiol (CBD), cuenta con propiedades de neuroprotector, antiisquémico, inmunosupresor y antiinflamatorio, características que lo han convertido en una salvación para padecimientos tan severos como la epilepsia, esclerosis múltiple, cáncer y VIH.

En RiverRock nada queda al azar. Todas las plantas tienen un código de barras que las rastrea desde la semilla hasta la venta. No se puede estar más tecnificado. Cada planta se envía al laboratorio para determinar los porcentajes exactos de THC y CBD, para luego poderles asignar su potencial curativo o recreacional. Su aspecto, color y sabor tienen que ser inmaculados, propios de una yerba ciento por ciento orgánica, libre de pesticidas.

Los trabajadores de RiverRock escuchan música de Ziggy Marley durante la jornada.

Al salir del bosque de “mota”, como le dicen aquí los latinos al cannabis, cruzamos una puerta que entra a una bodega tan grande como seis campos de baloncesto. Con más de doce salones climatizados, divididos en los tres estados de la planta –vegetativo, decrecimiento y cosecha–, el espacio suma un total de 1.500 arbustos de marihuana. Ciclos de doce horas de luz artificial e irrigación constante, los siete días a la semana, hacen parte de la costosa ecuación de cultivar de manera hidropónica. Además, están los silos de secado, cuartos enormes donde cientos de kilos de yerba se secan en bandejas con rendijas gigantescas, mientras que trabajadores, en una especie de línea de ensamblaje automotor, los revisan uno por uno.

Norton estuvo en Pereira hasta los seis años. Allí le cogió gusto al choclo y al anís, legados de su mamá, proveniente de Calarcá, Quindío. Su papá, ingeniero nacido en Dosquebradas, fue trasladado a una planta de la General Motors en Oklahoma, lugar en el que ser el único latino por poco lo enloquece. Todo cambió al cumplir quince años, cuando abandonó ese rincón del sureste de los Estados Unidos para vivir con sus tíos en París. Allí su visión de mundo perdió la virginidad.

Se abre otra puerta, esta vez más grande, y me encuentro de nuevo frente a un horizonte repleto de plantas bajo cientos de luces de tungsteno. Norton recorre el salón tocando y revisando cada una de ellas de manera efusiva. “No sé por qué esta planta sigue tan satanizada. Son tantos los beneficios terapéuticos y de bienestar general que es imposible desconocer su potencial. No le doy más de diez años en que miremos el prohibicionismo de la marihuana como algo del pasado”.

“Siempre hay alguien aquí o allá que te conoce, que quiere hablar de negocios, política y cannabis”, me asegura al confesarme haber fumado yerba con congresistas de los Estados Unidos, académicos, líderes civiles y hasta con su papá. “Todos quieren saber cómo lo estamos logrando”. Norton ha salido en Newsweek, 60 Minutes y High Times –una de las revistas más prestigiosas sobre marihuana– y es uno de los pocos latinos en la industria.

Sin embargo, tener uno de los negocios más prósperos y progresistas del momento no fue nada fácil. Con el agua al cuello, llegó a Denver en febrero de 2009, con una maleta, un iPod lleno de vallenatos y boleros, y algo cercano a cuatro millones de pesos en el bolsillo. “Comenzamos cultivando cincuenta plantas en un pequeño cuarto, que en ocasiones usaba para dormir por las noches. Fueron dos largos años en que no salía de allí, días de más de 16 horas de trabajo. Aun así, terminábamos el mes justo para pagar el alquiler”.

Poco a poco creció el negocio, mientras que Norton se convertía a pulso en todo un líder de la naciente industria del cannabis en Colorado, permitiéndole aprovechar el peso de inversionistas que lograron desatar su potencial. Cinco años después, ha vendido más de cuatro millones de dólares, cuenta con dos dispensarios y casi cien empleados, la mayoría de ellos estadounidenses y latinos entre los 25 y los 40 años, quienes han tenido que pasar un riguroso chequeo de antecedentes penales. “2014 ha sido un año de locos, venimos de preparar todos los papeles para acceder a las licencias de producción y venta de marihuana medicinal en Chicago, Nevada, Nuevo México, Massachusetts y Oregón”, comenta. Esta negociación, que realizaron él y sus socios, los convertiría en los barones a cargo de la operación de cannabis medicinal más grande de los Estados Unidos.

Norton mide un metro ochenta, da zancadas largas y habla un inglés perfecto. Recorre otro enorme salón donde diez empleados descuartizan los moños de marihuana en frondosos copos de algodón color verde, al ritmo de Ziggy Marley. Por otra puerta entramos al dispensario, un enorme recinto con piso de madera, impecable como una sala de cirugía, donde detrás de un enorme mostrador cinco budtenders, o baristas de cannabis, atienden a la clientela, que debe pasar por dos controles de seguridad antes de entrar aquí: uno en la calle y otro en la recepción, donde se verifica la mayoría de edad. En Colorado, para comprar marihuana recreacional, hay que ser mayor de 21 años y solo se pueden comprar máximo 7 gramos de cannabis. Si se es residente del estado, se pueden comprar hasta 28 gramos de la yerba.


Con doscientos dólares al mes en marihuana medicinal, John, un veterano de guerra, pudo volver a caminar después de un derrame cerebral.

En los anaqueles hay más de cien variedades de Cannabis sativa y Cannabis indica, junto a galletas, tortas, chupetas, té, barras de chocolate y sodas medicadas con entre 100 mg y 500 mg de THC, que se venden como arroz, al igual que aceites, ungüentos, pastillas y parches. La variedad favorita de Norton es la Island Sweet Skunk, un híbrido entre la sativa e indica, con altos contenidos de THC y CBD, una perfecta receta para relajar el cuerpo y elevar el flujo sanguíneo.

En su gran mayoría, los clientes del dispensario son personas adultas. En la fila me encuentro con Caroline Shoder, una mujer de 67 años que usa cannabis medicinal desde 2011. Una severa isquemia cerebral, junto a esclerosis múltiple, le cambiaron su vida hace más de una década. “Fueron años de pastillas muy fuertes, en ocasiones me hacían convulsionar, el dolor no me permitía vivir”, me explica. Caroline no puede fumar, pero se come una galleta al día con aproximadamente 300 mg de THC, una dosis que le ayuda con el insomnio y los espasmos musculares. “Antes usaba drogas costosísimas. Me gastaba alrededor de cuatro mil dólares al mes, mientras que con la marihuana medicinal solo gasto 300 dólares sin ninguno de los aterradores efectos secundarios”.

Me quedo en la sala del dispensario mientras que Norton vuelve a su oficina a atender a una delegación de inversionistas de la Florida que quieren invertir en su negocio. Vuelvo a la fila y me encuentro con John, un veterano oriundo de Filadelfia que, luego de un accidente, sufrió un derrame cerebral y una artritis severa. Durante cinco años no pudo caminar: “No podía andar más de diez pasos, no podía ni escribir. El dolor era insoportable. Hoy, luego de un año con la marihuana medicinal, puedo caminar, puedo hasta abrir mi mano derecha y firmar mi nombre. Mi vida cambió y solo me gastó 200 dólares al mes. Es una bendición”.

Desde la semilla, las plantas de marihuana medicinal y recreativa están cuidadosamente separadas con códigos para su trazabilidad.

Regreso a la oficina de Norton al final del dispensario. Las paredes están llenas de diplomas y permisos de la ciudad, del negocio, las plantaciones, pero me fijo en especial en una medalla de oro gigantesca. El año pasado, RiverRock ganó la máxima presea a la mejor cepa de marihuana medicinal en la Copa Mundial del Cannabis organizada por la revista High Times.

“Es por ellos, por los pacientes, que todo lo que hago tiene sentido. Poder darles la mejor medicina natural a personas que han sido abandonadas por los altos costos, efectos secundarios y adictivos de la medicina tradicional. Esto no se trata del billete, ni del swag [–el encanto–] de la yerba”, me asegura.

Salimos de RiverRock, cinco minutos en su carro, un Subaru Outback 2010, y pasamos enfrente de otro de sus locales en el sur de la ciudad de Denver. Allí trabajan otras veinte personas. Ya en el downtown, el corazón de esta ciudad de más de medio millón de habitantes, nos vamos directo al 16th Street Mall, una vereda adoquinada por donde se despliega más de una milla de locales comerciales.

Desde el 1.o de enero, cuando entró en vigencia la venta y el uso de marihuana recreacional, Denver se convirtió en el Ámsterdam de nuestro continente. Más de cien mil turistas llegan al mes para perderse en la parafernalia de la planta que todavía permanece prohibida en la mayoría del planeta. Caminamos por la vereda peatonal, donde descubro una ciudad llena de arquitectura gótica, contrastada con edificios que simulan enormes peceras que dan cuenta de una urbe de gran actividad económica. A nivel del suelo, smoke shops venden pipas, cigarros, vaporizadores, trilladores. Metros más adelante también hay dispensarios y centros de masajes con marihuana. Pero no existen bares, porque fumar la yerba, según la ley aprobada en Colorado, tiene que restringirse a lugares privados. “Esto no es nada, ya estamos trabajando para convertir en 2016 a Las Vegas en la capital mundial del cannabis. Va a ser algo de otro mundo y, por supuesto, allá estaremos”.

Enfrente de unas de estas tiendas veo salir a un hombre que aparentemente habla español. Se llama Antonio y es mexicano. Me explica, con un paquete en la mano, que comprar mota en el mercado legal, donde sabes qué te venden, es un cambio del cielo a la tierra. “Antes era una ruleta rusa en la oscuridad de la calle, donde todo puede pasar. Eso ya se acabó, ahora compro sin miedo ni peligro”.

Las plantas se desarrollan con ciclos de doce horas de luz artificial e irrigación constante.

Entramos en un restaurante de comida fusión mexicana, uno de los mejores de Denver, ciudad que también brilla por su nutrido circuito gastronómico. A Norton, a pesar de gustarle el aguardiente, el tequila le causa fascinación. Pide dos copas de Rey Sol añejo, un destilado 12 años que proviene de Jalisco. “El alcohol, por delicioso y venerado que sea, sí es un problema. Esto mata a la gente, la hace violenta. El cannabis, en cambio, tiene otra energía, de conectar la frecuencia de las personas, de ayudar al cuerpo”, me explica.

Detrás de las palabras milimétricas de Norton y su figura sin nada de lujos, relojes o carros ostentosos, hay un empresario ingenioso y curtido por una industria nada fácil de caminar. “Es muy duro, los bancos no nos prestan dinero, no nos guardan la plata, no quieren tener nada que ver con nosotros. Por otra parte, el IRS (la agencia de impuestos de los Estados Unidos) no nos permite descontar de los impuestos ni el alquiler, la nómina o las inversiones que hagamos, como sí lo pueden hacer otros negocios”. Tan solo el año pasado tuvieron que pagar más de un millón de dólares en impuestos, es decir, deben tributar cerca del 65% de las ganancias. Me explica que es un secreto a voces que si bien no han podido cerrar estos negocios por la vía política, sí los quieren acabar de forma financiera. Cabe recordar que aunque 23 estados y el distrito de Washington permiten la marihuana medicinal, a nivel federal el cultivo, venta y distribución de la marihuana todavía es ilegal en todos los sentidos. Esto mantiene a los estados y al gobierno federal en una lucha constante.

Después de unas chimichangas de cordero y gorgonzola, me habla de su abuelo, don José J. Bustamante. “Desde pequeño me metió en la cabeza que la mejor forma de gastarse el billete era viajando. Será por eso que me encanta pasármela en el camino”. Desde enero de 2014 ha ido a Cuba, Londres, Las Vegas, Chile, Costa Rica, São Paulo, México, Canadá, Belice y Colombia.

Sobre Colombia, dice que es muy importante que el debate sobre la marihuana medicinal se inicie. “El liderazgo del senador Galán y el Partido Liberal, y del mismo presidente Santos, muestran un cambio en la mentalidad. Estamos por entender que la legalización de la marihuana medicinal dará una enorme alternativa terapéutica para miles de pacientes de escasos recursos. Si se regula de la forma adecuada, se logrará blindar a la industria de cualquier mano criminal. Yo soy la muestra de ello y estoy dispuesto a brindar toda mi experiencia en este proceso”, asegura Norton, quien me confiesa que sueña con abrir operaciones de cannabis medicinal en Colombia.

“Aquí en Colorado tenemos un sistema biométrico, un sistema regulatorio estricto. Todo está controlado de la semilla a la venta para evitar la comercialización por debajo de la mesa, así como la entrada de producto proveniente de los narcos. Además, la revisión de antecedentes judiciales, así como de la proveniencia de los dineros, son exhaustivas. Esto ha logrado sacar de la ecuación a las bandas criminales. Lo que está ocurriendo en Colorado, que este año espera recaudar alrededor de 63 millones de dólares en impuestos provenientes del cannabis, es una muestra de lo que se puede lograr en otros lugares del planeta”.

Fotografía: Álvaro Corzo V. (Corzo360.com)

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