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Este artículo explora la mente de tres grandes: el pirata Marco Pantani; Santiago Botero, rey de la montaña en el Tour de Francia de 2000, y Héctor Ríos, un repartidor de frutas de Medellín.

El ciclismo es el deporte más duro del mundo. Nada se compara con los cientos de kilómetros del Tour de Francia o con llegar primero a los premios de montaña de la Vuelta a España, el Giro de Italia o la Vuelta a Colombia. Las carreras parecen diseñadas para superhombres y los ganadores siempre son vistos con desconfianza; "debe estar dopado", dicen. Este artículo explora la mente de tres grandes: el pirata Marco Pantani; Santiago Botero, rey de la montaña en el Tour de Francia de 2000, y Héctor Ríos, un repartidor de frutas de Medellín que se ganó la venia del propio Botero.

Por Juan José Gaviria // Fotografía Juan Fernando Ospina

El auto se estaciona en un restaurante de comida típica en la vía que une a Medellín con el eje cafetero. Dos hombres de chaleco -con la sigla WADA (World Anti-Doping Agency)- se bajan del carro y entran con aire decidido al restaurante. Santiago Botero, el campeón mundial de ciclismo, los espera en una mesa. Lo llamaron de sorpresa esa misma mañana. Está con su esposa y sus hijos, y sabe qué tiene que hacer: entra al baño, orina en unos recipientes y los agentes regresan de inmediato a California.

Esta historia empieza cuando Santiago tiene diecisiete años, está en el último año del colegio en el Instituto Jorge Robledo y no sabe bien qué camino seguir. No se ha destacado en deportes y cree que quiere estudiar lo mismo que su papá. Además, le gusta beber y fumar, y fue expulsado de otro colegio por mala conducta. Con su mejor amigo, Pascual Gaviria, sale de rumba a las discotecas Baviera, Casa Verde y Oporto. Otro de sus amigos, Juan Esteban Aristizábal, no se deja cortar el pelo porque dice que será cantante.

El día de los exámenes de Estado, celebran haciendo trompos en dos Suzukis SJ en una competencia suicida. Juanes se baja y dice que todavía no quiere morir. Por esos días, en 1989, Santiago sale con Pascual en bicicleta para ver si es capaz de llegar al alto de las Palmas. Su vida cobra sentido. Se enamora, entrena todos los días, deja de tomar y de fumar, sus papás celebran y con William Molina, un tornero de Arbar, la fábrica de bicicletas más popular de Medellín, salen a conocer los pueblos de Antioquia a pedal.

Al otro lado del mundo, en Cesenatico, un pueblo que duerme sobre la costa adriática, un flaco menudo de diecinueve años acaba de convertirse en ciclista amateur por consejo de su abuelo, un zapatero comunista. Se llama Marco Pantani, tiene orejas grandes, sufre alopecia prematura y disputará su primer Giro de Italia para amateurs. En el prólogo de la carrera pierde el control en una mancha de aceite y cae. Se disloca un hombro y tiene una cortada seria.

El director del equipo llama a su papá para que lo recoja, pero Pantani continúa. Ataca en las subidas y escala posiciones. Aparece en el tercer lugar de la clasificación general. Seis años después, en 1995, es el mejor ciclista de Italia. Con irreverencia, quedó segundo en el Giro y tercero en el Tour de 1994. Ahora representa a su país en el Campeonato Mundial de Ciclismo en Duitama, Boyacá.

El 4 de octubre, Indurain, Olano, Bugno, Chiapucci, Pantani, entre otras figuras, ruedan bajo un aguacero en una carrera de 265,5 kilómetros que termina con medalla de oro para Olano, de plata para Indurain y bronce para Pantani. Entre la delegación colombiana hay un joven aficionado que ha hecho una gran presentación en la Copa Mundo, tres semanas antes de la competencia definitiva. Santiago Botero no es profesional y ha quedado segundo. Es la primera vez que Pantani y Botero coinciden en el mismo lugar. Uno tiene 25, el otro 23 años.

Las nueve de la mañana del 28 de julio de 2007, un hombre de 36 años se baja de un bus en Barranquilla. Tiene una bicicleta Trek blanca y un morral. Héctor Ríos no ha dormido bien en las dieciséis horas que duró el trayecto desde Medellín, pero quiere entrenar un poco antes de ir al partidor de la Vuelta a Colombia. Sin embargo, está en forma. Todos los días se levanta a las cinco de la mañana, entrena hasta las nueve, se baña, se viste y sale en una bicicleta para la Plaza Minorista de Medellín, al puesto 437, en el sótano de la plaza, donde agarra una bicicleta de carga que pesa veinte kilos y tiene dos parrillas. En ella reparte frutas durante el día en billares y tabernas del centro.

A las tres de la tarde se da la largada en Barranquilla. Es una contrarreloj de 6,6 kilómetros. Santiago Botero gana sin problemas con un tiempo de siete minutos y treinta y siete segundos. Las etapas contrarreloj son su especialidad. Lo sigue Libardo Niño, ocho segundos por encima. Héctor Ríos, el repartidor de frutas de la Minorista, no está entre los diez, tal vez tampoco entre los veinte primeros. Solo le importa participar en la Vuelta, sentirse libre.

Está orgulloso de correr con un campeón como Botero, quien en ese entonces ya había corrido en equipos europeos durante una década, había sido campeón de la montaña en el Tour de Francia en 2000 y campeón mundial contrarreloj ese mismo año, además de subcampeón de la Dauphiné Libéré en 2005.

Héctor se inscribió en la Vuelta con un equipo que formó con su amigo Santos Álvarez, El Costeño, y cinco hombres más. No son profesionales, deben comprar la comida para los trayectos y contrataron un carro para que los acompañe. Consiguieron quién les pagara los hoteles y las comidas en los cierres de la etapa. Además, un concejal de La Vega puso su nombre en las camisetas y los "apoyará" cuando pasen por su municipio.

A Héctor no le gusta mendigar y siempre ha ahorrado para poder correr la Vuelta a Antioquia, el Clásico RCN, la Vuelta a Colombia, y cualquier "clásica" que se le atraviese. Santiago Botero, en cada final de etapa, ve a Héctor ir cada noche a comprar el agua, las galletas y los sueros para la competencia. Santiago es profesional, gana dinero al pedalear. Pero ¿Héctor por qué se rompe el lomo con trescientos kilos de fruta para ahorrar y subir el alto de Minas, el alto de las Palmas, a Santo Domingo, comprar un tensor o un sillín, unas gafas y unos guantes?

En ocasiones, Héctor arma su mochila y se va a acampar en un potrero para después volver a la ciudad. Otras veces se va más lejos, hasta Apía, Risaralda, para visitar a sus primos. Cuando vuelve, empieza el ritual de sus bicicletas: la de ruta, para entrenar; la de montaña, para bajar a la Minorista; la de carga, para llevar cientos de kilos de fruta a los bares del centro de Medellín.

Héctor lleva seis etapas de la Vuelta. Para él ya todo valió la pena. Está en Manizales y acaba de subir el aterrador alto de Letras. Santiago Botero ha hecho una etapa que lo emocionó a él y a los aficionados. Cuando todavía faltaban unos sesenta kilómetros para llegar a la meta, hubo un ataque de Mauricio Ortega y el mismo Santiago dejó atrás a los demás corredores de la punta. Después de llegar a la cima de la montaña, Botero se descolgó sin que su adversario pudiera seguirlo. Es el nuevo líder.

Al día siguiente, un corredor le ofrece a Héctor trabajo en el equipo UNE, liderado por Santiago. Dos ciclistas no aguantaron ir de Paipa a La Vega y se retiraron. Héctor recuerda esos 232 kilómetros como un dolor prolongado. Su misión es ayudar a Santiago para que llegue con fuerza a La Pintada. Así podrá enfrentar el mítico alto de Minas, bajar a Medellín y rematar en el alto de Las Palmas. Libardo Niño se descuelga como un endemoniado desde Manizales, puede verse su bicicleta serpentear hacia el río Cauca. Héctor parece haber perdido la razón, el piso está mojado y va tras la fuga. Puede sentir la respiración de Santiago detrás. Esa es su misión, llevarlo hasta la rueda de Niño para no poner en peligro el liderato.

En ciclismo, como en la vida, unos se sacrifican por otros. Héctor quema todas sus energías, jala sin descanso para que el campeón se mantenga de líder. No le importa el puesto que ocupe al final de la etapa, mientras Santiago no pierda tiempo. Llegan a Minas, después a Medellín y cruzan la meta en Las Palmas. Héctor está dentro del tiempo, media hora después de los punteros. Ha sido la etapa más emocionante de su vida.

Desde ese día, Héctor es gregario en el equipo de Santiago. En la etapa siguiente todo el equipo de Héctor es descalificado por llegar demasiado tarde. Ahora está solo, únicamente él lleva la camiseta azul que tiene estampado el nombre del concejal. Sin embargo, ya está en el equipo UNE y no tiene que buscar hotel. Le han reservado una habitación en Pereira con amplias ventanas.

Un masajista le afloja los músculos y lo invitan a comer en el restaurante del hotel. Botero se divierte con sus historias y Héctor rechaza con gentileza los relajantes musculares que le ofrecen. Solo toma suero o un vaso de leche con un complemento nutricional. Cuando llegan a Palmira, a Héctor le hacen una nota en un periódico local, porque ganó el trofeo a protagonista de la etapa. Le tienen reservada una bicicleta de carga y un grupo de colegas para darle la vuelta al pueblo con un pelotón de cargueros. Es como si los organizadores no supieran que la etapa de hoy fue de 220 kilómetros. Sin embargo, Héctor disfruta el paseo y se ríe con toda la gente. "¿Hay algo mejor que esto en la vida?", se pregunta.

Después de una carrera llena de dificultades, Marco Pantani llegó a coronarse campeón del Giro de Italia y el Tour de Francia en 1998. Solo siete corredores en la historia del ciclismo habían ganado las dos carreras más importantes del mundo el mismo año: Coppi (1949, 1952), Anquetil (1952), Merckx (1972 y 1974), Hinault (1982 y 1985), Roche (1987) e Indurain (1993).

Es emblemática la etapa de Montecampione, en el Giro. En plena montaña, con inclinaciones de 8% y 9%, Pantani se enzarzó en una lucha con Pavel Tonkov. Las motos que los acompañaban iban a 25,7 kilómetros por hora. Pantani tiró la badana, las gafas, la caramañola y, por último, el arete de diamante que tenía en la nariz. Las diferentes aceleraciones que emprendía tenían siempre una respuesta inmediata de Tonkov.

Era como si ambos estuvieran dispuestos a morir. En efecto, Pantani diría después que sintió sangre en la boca. En los videos puede verse el momento en que el ruso ya no responde el ataque. En una entrevista dijo que dejó de sentir las piernas. Pantani llegó a la meta con una expresión de dolor que se ilumina cuando extiende los brazos y cierra los ojos, como si volviera a la vida.

La misma épica se vivió en el Giro de 1999, el 4 de junio. Justo en plena montaña perdió la cadena. Se bajó de la bicicleta, montó la cadenilla y remontó una a una las posiciones hasta el primer lugar. Al día siguiente, un examen antidoping de rutina fue el inicio de su fin. Los médicos encontraron en su sangre un nivel de hematocritos superior al permitido. Pantani entró en una profunda depresión, no participó en el Tour de ese año y empezó a consumir cocaína, hasta que el 14 de febrero de 2004 fue encontrado muerto a las 8.45 de la noche en el hotel Residence Le Rose, de Rímini.

Años de adicción acabaron con la mucosa de su sistema respiratorio, por lo que Pantani comía raciones de droga. Según los médicos, su muerte fue larga y dolorosa. Consumió seis veces la dosis letal. Cuando supe la forma en que murió, no pude dejar de imaginarlo en la soledad de esa habitación, moviendo los muebles para ponerlos detrás de la puerta. ¿Pensaba en Mont Ventoux, Des Alpes, Alpe d'Huez o el Mortirolo? Sus últimos minutos fueron el puerto de montaña más duro de su vida. El sábado 3 de marzo de 2012 a las 8.30 a. m. me encontré con Santiago Botero en el alto de las Palmas. La idea era acompañarlo un rato para sentarnos después a conversar. Recorrió ochenta kilómetros. Sus amigos querían seguir un poco más pero él no aceptó, por mi visita. Santiago pesa ochenta kilos. No es poco para correr en bicicleta. Sin embargo, dejó atrás a todos sus amigos en el camino que sube a Santa Elena. Solo uno mantuvo su ritmo.

Ahora que está solo, camino a su casa, lo veo más ágil. Se para en los pedales y sube como si fuera cosa fácil. Ya en casa, le estrecho la mano por primera vez y noto que no es tan alto como yo creía. No reconozco la marca de la bicicleta que acaba de usar y me dice que es de una empresa que está montando y que vende en los supermercados. Empezamos a hablar de sus inicios.

- Cuando llegué al Kelme en 1996, en España, me pagaban trescientos, cuatrocientos dólares. En Colombia yo era reconocido, era una promesa y no dejaba de ser un "hijo de papi". Yo llegué a vivir solo en Santa Pola, un pueblito de Alicante. En ciclismo no es como en el fútbol, cada uno vive en su casa y es responsable de su preparación. En los grandes equipos del mundo, uno vive en Milán, el otro en Madrid, el otro en Lisboa. Si vamos a correr la París-Niza, el día anterior todos tienen que estar en París.

Llegué en pleno invierno, me entregaron un montón de ropa que no sabía cómo usar. No sabía qué ponerme, si neopreno, si una cosa, si la otra. Yo salía a entrenar todos los días, me perdía, terminaba en las autopistas y eso allá no se puede. En ese entonces no se usaban mucho los celulares. La novia con la que llevaba cinco años se consiguió otro y me echó. Esos primeros meses no iba a competir. Cuando al final hice una carrera no la pude acabar.

Cuatro meses después volví a Colombia y corrí la vuelta a Chile. Quedé de tercero o segundo, no recuerdo, y me animé otra vez. Aguanté el 96 así, volví a Europa y corrí la vuelta a Portugal, muy duro. Me ordenaban que ayudara pero no sabía cómo. Entonces empezaron a pensar que yo era egoísta, que solo iba por mis triunfos. Yo no tenía el conocimiento para trabajar como gregario. Me gritaban que si me estaba guardando, que si pensaba que iba a ganar la vuelta. Santiago siempre tuvo problemas con su peso. Una de las principales obsesiones de los ciclistas es controlarlo para tener una mejor relación peso-fuerza.

- El año siguiente, el 97, después de graduarme de la universidad con ayuda de una amiga porque yo no tenía mucho tiempo para estudiar, me pusieron un preparador físico. Le caí bien al médico y empezó a tenerme en cuenta. Decía: "Este de ochenta kilos, los demás de cincuenta y ocho, y es capaz de subir buena parte de la montaña con ellos. Si le quito quince o veinte kilos, tendrá que ser bueno".

Hasta ese momento yo comía según el hambre. Las etapas terminaban a las cuatro o cinco de la tarde y a los corredores nos daban un bocadillo, un pedazo de pan con jamón y queso encima. A mí eso no me gustaba, entonces me comía un paquete de galletas con chocolate, de las que nos daba Nabisco.

Ese año Santiago ganó su primera carrera en Europa, el premio Mitsubishi. Fue más bien una coincidencia porque quien debía ganarla, Ángel Edo, en algún momento le ordenó que atacara y el grupo no pudo seguirlo. Un poco más tarde, Botero corrió su primera carrera de tres semanas, la Vuelta a España.

- Mi meta en esa ocasión era solo terminar. Ese día, mientras dábamos el paseo del triunfo, sentí lo mismo que cuando gané el Mundial. Para mí eso fue haber superado todos los momentos difíciles. Esa vuelta la hice como gregario, trabajando para Roberto Heras y Fernando Escartín. No sé qué habrá sentido el que ganó la vuelta, pero para mí fue como si yo la hubiera ganado.

Botero empezó a volverse importante en su equipo. En 2000 corrió su primer Tour de Francia, la carrera más famosa del mundo. Ese año fue el último en el que Pantani resultó protagonista. En efecto, Santiago recuerda como una de sus grandes etapas aquella del Mont Ventoux en la que Armstrong y el Pirata llegan juntos a la meta. En los videos de Youtube puede verse el momento en el que el colombiano se anima a buscar el primer lugar.

El Mont Ventoux es uno de los puertos de montaña más difíciles del Tour, no tanto por los grados de inclinación, sino porque la vegetación se hace escasa y el viento les impide avanzar. Botero mira siempre atrás. En nuestra entrevista, me explica que le están hablando por el intercomunicador, le dicen que Roberto Heras, el líder, se está quedando. Santiago tiene que dejar de pedalear con fuerza y esperarlo. Al final, se les ve llegar a la cima juntos.

- ¿Cuál fue tu momento más difícil en una competencia? -le pregunto.

- En el Tour de 2000 me dio la primera pálida. Fue en la primera etapa de montaña. Esa la ganó Ochoa, un compañero que después tuvo un accidente, los atropelló un carro a él y a su hermano, murió su hermano y él quedó parapléjico. Hoy compite en paraolímpicos. Fue la etapa de Hautacame. Sentí que no podía más, una cosa muy dura. Le pregunto entonces por Pantani. Santiago empezó a correr en Europa cuando el Pirata estaba en su mejor momento.

- Yo entrené con Pantani varias veces en Madrid. Un vecino que estaba en el Polti, Daniel Clavero, se lo llevaba para su casa para tratar de sacarlo de la depresión, de la droga, de su desorden. Era muy querido, un tipo normal. Los ciclistas son particulares frente a las otras estrellas del deporte. Un ciclista prueba todo, no hay uno que esté al ciento por ciento durante todo el año, es imposible, hay picos de forma, ni el mismo Armstrong, que era tan metódico, estaba todo el año al ciento por ciento. Un ciclista sabe lo que es estar por el suelo después de un accidente.

El ciclista es un deportista humilde. Pantani se reía, iba siempre en una relación durísima, subiendo y bajando. Hablaba de mujeres, de dónde había estado la noche anterior. Yo vi la última etapa de Pantani en el Tour del 2000. Él se bajó. Estaba molesto porque Armstrong trató de humillarlo dejándolo pasar en la etapa de Mont Ventoux.

En otra etapa de montaña, Pantani arrancó desde muy atrás y Armstrong no estaba en un buen día. Se armó un despelote en la carrera. Pantani, en un acto de rebeldía, arrancó y despedazó todo y se bajó cuando quiso. Se montó al carro. Nunca se supo por qué se bajó. Ahí se retiró.

Le digo a Santiago que creo que a Pantani le destrozaron la vida con la persecución antidoping de la UCI. Hace poco el Tribunal de Arbitraje Deportivo sancionó por dos años al español Alberto Contador. La sentencia significa que el madrileño pierde los títulos de campeón del Tour de 2010 y del Giro de 2011. ¿Por qué siempre caen los corredores que se hallan en la cima? Santiago está de acuerdo con los controles antidoping pero cree que ese tema ha sido mal manejado. Él mismo fue acusado varias veces.

La primera en 1999 porque sus exámenes mostraban exceso de testosterona. Las pruebas adicionales tuvieron que ir hasta Lausana y la conclusión fue que la producción endógena (natural) de testosterona en su cuerpo es superior a la de la gente normal. Más adelante, en 2005, Santiago se vio involucrado (junto a otro medio centenar de ciclistas, algunos futbolistas, tenistas y atletas) en la famosa Operación Puerto.

En esa ocasión, los agentes antidoping de la UCI llegaron hasta Eufemiano Fuentes, quien había sido médico durante muchos años del equipo Kelme. Para el momento de la operación, Santiago corría en el Phonak. A pesar de nunca haber resultado positivo en ningún control, fue incluido dentro de los sospechosos por tener contacto con Fuentes desde sus inicios en el Kelme. Además, para la investigación se chuzaron teléfonos y se instalaron cámaras escondidas.

Santiago apareció en la revista Interviú en una serie de fotografías tomadas al entrar a la casa de Fuentes. Según como lo recuerda él, ese día estaba vestido con su ropa de Phonak y llevaba la bicicleta. Se disponía a hacer una prueba de esfuerzo, tal como lo hacía cada cierto tiempo. Interviú dio por hecho que Santiago era uno de los clientes de Fuentes para el dopaje, aunque la UCI nunca comprobó nada en su contra. Santiago nunca fue sancionado por doping y siempre se sometió a los controles requeridos. Él siente que se trató de una persecución que tenía un móvil legítimo, pero que utilizó métodos injustos:

- Yo me devolví de España sintiéndome muy mal. Bin Laden era una bobada al lado mío. Yo nunca di positivo en ninguno de los controles que me hicieron. En esos expedientes había pruebas falsas, decían que yo era Sansón, un personaje que aparecía en las interceptaciones; que estaba en España en épocas en que no estaba; decían que mi teléfono era uno que no era el mío, muchas cosas que desvirtué con abogados, pero que en todo caso generaron un veto.

Yo me devolví sabiendo que hasta ahí había llegado mi carrera. De los ciento y pico ciclistas que metieron en esa canasta de la Operación Puerto, solo uno sigue en el circuito profesional, Ángel Vicioso, que está en el Katusha. Sevilla, Guti (que había sido segundo en el Giro), todos llegaron hasta ahí. Guti ahora está en Orgullo Paisa, yo lo invité a correr aquí.

En medio de este mar de acusaciones de dopaje, ¿cuál es la verdad que se esconde en el alma del deporte más exigente del mundo? ¿Será que al final solo se trata de narcisismo, de ansias de ganar a toda costa? Yo no lo creo. Cuando veo a Pantani en las etapas de montaña, siento que alcanzo a comprender la realidad inasible de eso que llamamos sensibilidad. El hombre sensible recibe al mundo entero en su cuerpo, es como si cada manifestación de la vida se metiera dentro de él y lo sacudiera en un momento sublime y a la vez doloroso.

Pero la sensibilidad es de dos vías: una que va de afuera hacia adentro y la otra que va de adentro hacia afuera. Esta última se manifiesta en una pintura, un párrafo, unas notas o, por qué no, en una etapa de montaña que está llena de sentido, de vida y de muerte. Quizá ciertos ciclistas llevan al extremo su cuerpo, suben las pulsaciones por encima de los límites, llegan a la sordidez de una apnea solo para decir algo hermoso y aterrador que sienten dentro de sí. Pantani hizo parte de esa generación del "hematocrito de sesenta" a la que pertenecieron muchos que no vale la pena mencionar.

Matt Rendell, su biógrafo más objetivo, muestra en su libro The death of Marco Pantani que el historial del Pirata es largo y vergonzoso en cuestión de doping. Sin embargo, lo estremecedor de la investigación de Rendell es que muchos ciclistas (tal vez todos los del nivel profesional) participaron de esa concepción del deporte.

Siempre nos quedará la duda acerca de qué hubiera pasado si Pantani y los demás corredores hubieran corrido "limpios". De lo que sí estoy seguro es que su forma de correr escondía una dimensión más profunda que la del simple competidor. Tal vez sea furia, despecho y traumas familiares, un poco la hipótesis de Rendell; tal vez amor, donde caben todos los elementos anteriores.

- ¿Qué hubiera sido de tu vida sin la bicicleta? -le pregunto a Botero.

- En mi vida la bicicleta ha sido todo. Yo no tenía norte y la bicicleta me lo dio -me dice.

Le pregunté a Santiago si conocía una historia desconocida que lo hubiera conmovido. Me habló de Héctor Ríos y me dio su teléfono. "Yo tengo una carrerita mañana que sale desde San Antonio de Pereira, pero si quiere nos vemos por ahí a la una que vuelvo a la casa", me dijo. El domingo 4 de marzo estaba en el sector Los Cerros, del barrio Buenos Aires, en Medellín. Su casa tenía la puerta abierta y así permaneció durante toda la conversación.

La mayor satisfacción de Héctor fue en la Vuelta a Colombia 2007, cuando ayudó a Santiago Botero a ganar la competencia. Aunque se retiró en la última etapa por todo el desgaste que había hecho como gregario, Héctor recuerda con mucha emoción el paso por Fusagasugá. Allá vio a Lucho Herrera que les daba ánimo a los ciclistas. Héctor se conmovió al ver a un titán que les gritaba: "Adelante muchachos, ustedes son unos verracos".

Yo había ido a la casa de Santiago Botero para tratar de entender por qué corrían los ciclistas. Había investigado durante meses la vida de Marco Pantani para encontrar una respuesta. Y ahora estaba en esta casa, en el barrio Buenos Aires de Medellín, con un hombre de cuarenta años que nunca ha ganado un título y que, ante mi pregunta de por qué monta, dice con la sonrisa más limpia que he visto desde hace mucho tiempo en un adulto:

- Yo voy en bicicleta a visitar a mi familia en Apía, Risaralda, son doscientos cuarenta kilómetros. Yo tengo con qué pagar un pasaje en bus o hasta en avión si quisiera. Yo cojo mi bicicleta y pienso: "Qué bueno, hoy todo el día será para hacer lo que a mí me gusta, lo que a mí me nace".

Lo que uno ve en bicicleta -continúa Héctor con los ojos cerrados por unos segundos- no lo ve de ninguna otra forma: los paisajes, los animales. Cuando voy en bicicleta nada me detiene, si me da hambre paro a comerme alguna cosa o saco un banano. Yo me siento libre en la bicicleta. Cuando uno se siente libre en una cosa, le encuentra el sentido a la vida.

Héctor me contó que hay gente que le dice que él para qué corre, si el ciclismo no le ha dado nada. Me dice que con personas así prefiere no hablar. ¿Cómo que no le ha dado nada? ¿Les parecerá poca cosa la libertad?

Cuando salgo de la casa de Héctor pienso que muy pocos le entenderán lo que dice. El ciclismo es un deporte solitario. Lo único que lo acompaña es el sonido de su corazón, el viento y el rumor constante de las ruedas contra el pavimento. Ahora entiendo mejor por qué corren los ciclistas. Este es un asunto serio, de vida (como en el caso de Héctor y Santiago) o muerte (como en el de Marco Pantani)

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