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A raíz de su ejemplar papel en las Grandes Ligas y en esta disputa por el anillo de la Serie Mundial, reproducimos de nuevo este perfil publicado por DONJUAN en la edición 11.

Édgar Rentería es figura indiscutible de los Gigantes de San Francisco, novena que ganó la Serie Mundial de Béisbol de 2010 contra los Rangers de Texas. A raíz de su ejemplar papel en las Grandes Ligas y en esta disputa por el anillo de la Serie Mundial, reproducimos de nuevo este perfil elaborado por Mauricio Becerra y publicado por DONJUAN en la edición 11 correspondiente a julio de 2007.En ese momento el barranquillero militaba con los Bravos de Atlanta, y posteriormente, antes de llegar a los Gigantes, fue parte de los Tigres de Detroit, equipo donde jugó durante 2008.

Es el único colombiano que ha estado en el Juego de las Estrellas en cinco oportunidades. Rentería lleva catorce años en el mejor béisbol del mundo. Su salario es mejor que el de Juan Pablo Montoya y esta temporada (2007) -que no participó en el Juego de las Estrellas- los números dicen que es el mejor paracortos ofensivo de la liga.

Por Mauricio Becerra Fotografías Hernán Puentes

Édgar Rentería es un gigantón ancho de hombros, de más de 90 kilos y 1,85 metros de estatura. Su mano, pesada y maciza, parece un bloque de hierro que se abre y se repliega cada vez que tiene que saludar a alguien. Cuando llegó a jugar a las ligas menores de los Marlins de la Florida, en 1992, sus medidas eran bien diferentes: flaco como una espiga y carecía de la masa muscular que hoy le hincha los antebrazos en cada roletazo.

Para hacer de su cuerpo lo que hoy es, Rentería no sólo tuvo que pasar muchas horas en el gimnasio, sino que debió sumarles a sus hábitos alimentarios una dieta encaminada a volverlo un roble, una máquina de atrapar pelotas, batear jonrones y moverse veloz en el campo de juego. "En Colombia piensan que un deportista va a ser más rápido mientras más flaco sea, pero el deporte actual demuestra lo contrario", me dice sentado frente a su casillero en el camerino del estadio Turner Field, sede de los Bravos de Atlanta, una hora antes que comience un juego más de la temporada: "Ahí está el caso de Thierry Henry, un jugador grande que mete muchos goles. En el béisbol pasa lo mismo: un jugador es rápido siempre y cuando tenga una buena masa muscular".

La mención del jugador francés Thierry Henry, figura del Arsenal de Inglaterra y goleador de la liga premier en los últimos años y ahora nuevo delantero del Barcelona, no es gratuita. Por el contrario, muestra una faceta de Édgar Rentería que pocos conocen: su gusto por el fútbol. "De niño lo que me gustaba era el fútbol, no el béisbol", me dice, moviendo sus ojos de un lado a otro: "Me la pasaba pateando una pelota de trapo por las calles del barrio Montecristo, hasta que mis hermanos, que eran todos beisbolistas, me convencieron de que jugara con ellos".

Gracias al impulso de sus cuatro hermanos y al scout (busca talentos) venezolano Levy Ochoa, Rentería dejó los campos del estadio Once de Noviembre de Barranquilla y llegó a Estados Unidos hace quince años para convertirse en el jugador colombiano que más logros ha alcanzado en las Grandes Ligas, superando lo hecho por leyendas del béisbol nacional como Luis Castro, Orlando Ramírez y Joaquín "Jackie" Gutiérrez, los tres únicos jugadores del país que llegaron a la pelota norteamericana antes que él.

"Al comienzo fue duro", dice Rentería, "no sabía inglés, tuve que ir a clases y aprender las palabras básicas que se dicen en el terreno de juego para poder entenderme con mis compañeros. Estaba con mi hermano, pero era duro encontrarme en un país que no era el mío".

Las claves para su éxito han sido cuerpo y talento. Y trabajo, mucho trabajo. "No es fácil mantenerse en las Grandes Ligas durante tanto tiempo", me dice, mirando de perfil a sus compañeros que, habiendo dejado atrás las duchas y las toallas húmedas, alistan sus uniformes, descolgándolos de los ganchos que cuelgan de los roperos: "El que está aquí es porque lo merece. No por nada se llaman Grandes Ligas. Su nombre lo dice todo: Grandes Ligas, lo más grande". Hace una pausa, y continúa: "Yo he estado aquí todo este tiempo y me mantengo. Es una tarea difícil, porque siempre viene gente detrás empujando, gente muy buena. Así que uno tiene que ser mejor que ayer y trabajar duro para superar mañana lo que se ha sido hoy".

Sus palabras le llenan la boca de compromiso, se moja los labios, se restriega un ojo con el puño cerrado, y entonces me dice que ahora tiene que irse a calentar. "¿Vas a estar por aquí?", me pregunta, levantándose de la silla como si de pronto quisiera escapar a las preguntas que han sido más de las pactadas. "Claro que sí", le respondo. "Entonces nos vemos después", me dice.

Al cabo de un rato nos volvemos a encontrar en el túnel que desemboca en el diamante. El calor del verano entra en una ráfaga ardiente. Ya no viste las bermudas caqui, la camiseta gris y las sandalias negras con las que llegó al estadio hace algo más de una hora acompañado de su amigo y ex compañero de equipo Jorge Sosa (ahora con los Mets de Nueva York), sino que ahora lleva puesto uno de los uniformes característicos de los Bravos: pantalón blanco, camiseta gris, casco negro. Al verme de nuevo, me saluda con el rostro un poco tenso.

- ¿Vas a ver el juego? - Claro que sí -le digo-: Voy a verlo desde las tribunas. - Bien, entonces hablamos después del partido. - Listo.

La de Rentería ha sido, desde el comienzo, una carrera en ascenso. Con los Marlins de la Florida consiguió ganar la Serie Mundial en 1997 en un partido para la historia: dos outs, bases llenas, Rentería al bate y de pronto... ¡BAM! Desde entonces, los reconocimientos han venido de todas partes. En el 2003 y el 2004 no sólo recibió el voto de los fanáticos para disputar el Juego de Estrellas, sino que fue distinguido con dos Guantes de Oro y tres Bates de Plata de manera consecutiva gracias a, entre otras cosas, haber impulsado para los Cardenales de San Luis 100 carreras con un promedio de .330, haciendo trizas el registro de un paracortos impuesto por Doc Lavan en 1921.

Pero ha sido su llegada a los Bravos de Atlanta en el 2006 la que mayores alegrías le ha dado a su carrera, aunque, paradójicamente, el equipo fue eliminado en la temporada regular del año pasado, algo que desde 1990 no ocurría. "Siempre quise jugar con los Bravos, de modo que este es un sueño convertido en realidad", me dice con la voz baja, envuelta de timidez. Este año, los Bravos luchan por el título de la división Este de la Liga Nacional, detrás de los Mets de Nueva York. Y Rentería es el mejor hombre en la ofensiva. Su presencia les ha removido el corazón a los fanáticos del equipo, que hablan y se refieren a él como un ídolo. Antes de cada partido es común verlos apostados junto a la entrada del estadio donde los jugadores hacen su arribo, llenos de pelotas de béisbol, bates, guantes, láminas, álbumes y gorras con la distintiva imagen del hacha (símbolo de los Bravos) a la espera de que sus figuras les regalen algún autógrafo.

Garret Armstrong es uno de ellos. Bajo un sol embravecido, ha venido con su papá para recoger algunas firmas de sus jugadores favoritos, entre ellas la del barranquillero Édgar Rentería. Garret es un niño menudo, de pelo liso como una choza, que está a punto de cumplir los once años. En sus manos sostiene un guante viejo de béisbol que, por lo que me dice, luce curtido por las muchas tardes de "fildeos" en el jardín de su casa. Al igual que muchos, viste la camiseta azul de los Bravos y lleva encasquetada una gorra negra. Cuando le pregunto qué piensa de Rentería sus ojos se encienden. "Es mi héroe", dice, con las manos aferradas a las rejas y la mirada puesta en los carros que llegan al estadio. "¿Y por qué es tu héroe?". "Porque es el mejor jugador del equipo. ¿Cuando lo veas le puedes decir que es mi jugador favorito?". "Claro que sí, yo se lo digo".

Garret no es el único hincha que sigue las jugadas de Rentería, así como tampoco se trata del único que se refiere a él con adjetivos tan halagadores. Y es que con el colombiano pasa que no hay edades ni sexo que restrinjan el afecto que despierta. "Es tremendo ,hombre, sobre todo muy humilde, alguien a quien la fama y el dinero no han cambiado", me dice Sosa sin pensarlo dos veces. Sosa es amigo de Rentería desde hace por lo menos diez años. Juntos jugaron en República Dominicana. Juntos vieron buena parte de los partidos del Mundial de Fútbol Alemania 2006. Juntos se hacen bromas y se aprecian y se quieren como el guante a la pelota. "Él es una persona que trabaja mucho, todos lo quieren".

Los mismos calificativos se repiten en todas partes. Amy Jinkner-Lloyd, periodista de la AP con quien estuve hablando en los balcones designados para las transmisiones de radio antes de que comenzara el partido, no esconde su admiración por Rentería, hasta el punto de calificarlo como un jugador impresionante que, a su juicio, es de lo mejor que ha visto. "Él sabe cómo pararse en el campo de juego, cómo correr, cómo batear, cómo jugar para el equipo".

Media hora antes del comienzo del partido, el estadio empieza a bramar. En las graderías más altas, allá donde es posible tomar asiento pagando un dólar, catorce parlantes arrojan con estruendo una canción de los Red Hot Chili Peppers. En algún momento, mientras me acomodo para ver el partido, La tortura, de Shakira, se une a la fiesta. El año pasado, en una encuesta realizada por la revista Time, la barranquillera fue elegida como la cantante más oída por los americanos. Que suene esta tarde, entonces, no es extraño. "La conocí hace un tiempo, aunque sólo nos saludamos de lejos", me dice. A las 7.36, Rentería por fin sale al diamante; se agacha en primera, trota hasta segunda, toca la base con la punta de los dedos y entonces se da la bendición, levantando los brazos al cielo. Es la ceremonia de quien le agradece a Dios que lo haya puesto en ese lugar. Sin Él, me dice, las cosas serían a otro precio. "[Dios] me ha dado muchas cosas buenas y yo quiero devolverlas. Ahora mismo estoy haciendo una iglesia en un barrio pobre en Barranquilla para que los niños tengan fe y cumplan sus sueños".

La iglesia es apenas una obra social más de las muchas que Rentería ha impulsado desde que alcanzó la fama. Hace unos años ayudó mediante una donación a construir un estadio infantil de béisbol en San Luis, Missouri, y en Barranquilla creó la Fundación Familia Rentería para adelantar diversas obras sociales, como las que se dan cada Navidad en beneficio de los menores. "Todo se puede lograr si se tiene fe en Dios, si se trabaja con responsabilidad".

El juego de hoy forma parte del calendario de la Nacional (a mitad de año se disputan partidos interligas), que es la liga a la que pertenecen los Bravos de Atlanta. Junto a ellos están, además de los Mets, los Marlins de la Florida, los Phillies de Filadelfia, los Piratas de Pittsburgh, los Cardenales de San Luis, los Dodgers de Los Ángeles y los Gigantes de San Francisco, entre otros. Durante cada temporada, cada equipo disputa 162 partidos, 81 de local y 81 de visitante, lo que en matemáticas básicas quiere decir que hay que tener una billetera holgada para ser un hincha del deporte más popular de Estados Unidos.

La presencia de Rentería en el campo de juego es, según la voz de los conocedores, sinónimo de efectividad. No sólo por la rapidez que tiene a la hora de cortar los roletazos que se cuelan como buscaniguas entre segunda y tercera base, sino por su poder al bate. Pat Corrales, uno de los miembros del grupo de entrenadores de los Bravos, me lo explica mientras Rentería hace el calentamiento de rigor: "Él sabe cómo batear, en qué momento meter la bola entre primera y segunda, cuándo mandarla al jardín derecho". Corrales es un hombre de piel tostada por el sol y voz rasposa por el tabaco. Lleva 49 temporadas a sus espaldas. En algún momento de su vida fue scout avanzado. De manera que sus palabras son algo casi letra sagrada: "[Édgar] es un jugador muy completo en el bate", me dice, fijando sus ojos en Rentería, "sí, muy completo".

A la mañana siguiente del partido, llamo a Rentería desde el hotel para acordar una segunda cita. Cuando me contesta, le digo que anoche estuve en el camerino esperándolo durante un buen rato, hasta que me avisaron que ya se había ido. Rentería guarda silencio. Al cabo de unos segundos me explica que no pudo verse conmigo para continuar la entrevista porque había fuegos artificiales en los alrededores del estadio y no quería quedarse atrapado en medio del tráfico. "Ahora salgo para el estadio", me dice de manera parca y lejana: "si quieres nos podemos ver otra vez en el camerino".

A las diez de la mañana, en las puertas del estadio, me encuentro una vez más con los seguidores de los Bravos, quienes a pesar de la derrota de anoche mantienen la confianza en que el juego de esta tarde será favorable para ellos. En la multitud reconozco a algunas personas que ayer montaban guardia, entre ellas una señora con una pelota de béisbol metida dentro de una bolsita de plástico. Al pasar el puesto de seguridad de la entrada, uno de los vigilantes me dice que puede que anoche los Bravos hubieran perdido, pero hoy será el día.

Cuando ingreso al camerino, Rentería ya ha llegado. Está sentado a una mesa, tomando un refrigerio. Se dice que Babe Ruth, quizá la más grande leyenda del béisbol de todos los tiempos, solía tomarse un bourbon, un steak y ocho huevos fritos antes de cada partido. Rentería prefiere otra dieta. "Me gusta desayunar huevos, jugo de naranja y doughnuts".

- Y hoy cómo va a estar el partido -le pregunto. - Vamos a ver. - ¿Hablamos después? - Vente aquí y hablamos.

Tres horas más tarde nos volvemos a encontrar en el camerino. Rentería está bañado y perfumado. Un maletín Louis Vuitton cuelga en uno de sus hombros.

- Estuvo difícil, ¿cierto? -le digo con la voz un poco quebrada al no saber cómo hablarle después de verlo haciendo tanto esfuerzo. - Estuvo fuerte, sí. Es que cuando se lanza bien, resulta complicado. Lo más difícil del béisbol es pegarle a la pelota.

- ¿Qué espera de los Bravos en esta temporada? - Llegar a la postemporada. El año pasado nos eliminaron. Tenemos ahora un bajón en bateo, pero esperamos recuperarnos pronto.

- El otro año va a llegar a los 2.000 hits. ¿Qué espera? - Llegar a 3.000. ¡Ese es el sueño de todo pelotero!

- ¿Extraña a Colombia? - Uf, claro, la comida.

- ¿Y aquí en Estados Unidos cómo hace? - Trato de buscar restaurantes latinoamericanos. Me gustan mucho las sopas. Cuando no hay entonces busco restaurantes italianos.

- Y cuando está en South Beach, la ciudad donde usted vive, ¿cómo pasa su tiempo libre? - Me gusta dormir mucho. A veces salgo a cine a ver comedias. También a comer o a bailar. Pero sobre todo duermo mucho.

- ¿Reggaeton o vallenato? - Salsa y merengue. Me muevo un poco [risas].

Cuando estoy a punto de hacerle una pregunta más, sus ojos me hacen ver que tal vez este no es un buen momento, que el partido en verdad estuvo duro. Entonces se despide. El camerino poco a poco queda vacío. Un par de jóvenes limpia en silencio los zapatos de los jugadores. Sin embargo, antes que Rentería cruce la puerta, hay tiempo para un par de preguntas rápidas:

- ¿Piensa regresar algún día a Colombia? - Tengo casa en Barranquilla y en Estados Unidos. - Sí, pero ¿dónde piensa que va a terminar viviendo? - ¡Allá!

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