Edición 144

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La lucha libre mexicana es una religión. Sus fanaticos tienen tanta pasion por mistico y el santo como por la selección de futbol de su pais. Esta es una visita a sus agitdas entranas.

Si le quitaran los gritos e insultos del público, la venta de cerveza y uno que otro golpe bajo, la lucha libre sería un espectáculo muy parecido al ballet: una elaborada coreografía de piruetas, acrobacias y figuras perfectamente coordinadas. La comparación se me ocurre cuando veo a Sombra tomar impulso, saltar, girar dos veces en el aire y caer sobre el cuerpo, inmóvil en la lona, de Mephisto. Luego -o casi al mismo tiempo- el Hijo del Fantasma se sube a lo más alto de una esquina del ring y se lanza fuera del cuadrilátero donde lo espera su enemigo, Sangre Azteca, con los brazos abiertos.

Todo, digo, se parecería mucho a una coreografía de ballet si detrás de mí no estuviera un muchacho, de unos veinte años y con una máscara plateada sobre su rostro, que grita incansablemente: "culerooooo, culeroooo, piiinche culero". Lo que dice es bastante insultante -y no necesita traducción- pero a nadie parece molestarle. Porque de hecho él no es el único que aúlla las peores groserías. A mi derecha, una joven mamá inicia a su hija, de unos seis o siete años, en el arte del insulto a todo pulmón: "puto, puto, putooooo", le pide que repita con ella. Es viernes y estoy en la Arena México, el centro de la lucha libre en México.

Como todas las semanas, el coliseo -situado en la oscura colonia Doctores- está lleno: debe de haber unas diez mil personas. Porque las luchas son el espectáculo deportivo más popular en México, sólo superadas por el fútbol y tal vez por el fútbol americano. Aunque existen otros escenarios, como la Arena Coliseo o la Arena Xochimilco, aquí se reúnen las barras bravas que apoyan a los luchadores más famosos y los fanáticos furibundos. Y también vienen groupies como Claudia Márquez. Cuenta casi cuarenta años y desde que tiene doce asiste todos los viernes a la Arena México. Claudia, originaria de la colonia Acolman, llegó al punto de salir con varios luchadores: "Es gente que vive el momento y lo disfruta", le contó a una revista local, "suben al ring y no sabes si van a bajar".

El último novio de Claudia fue un luchador joven llamado Heavy Metal. En las primeras filas, sin embargo, están otro tipo de aficionados: los turistas -casi todos orientales o europeos- que viajan hasta México para ver este excéntrico espectáculo y pagan hasta 200 dólares por los mejores lugares. Hoy, en especial, hay muchos japoneses porque uno de los enfrentamientos centrales de la noche será entre una delegación de luchadores nipones -Yujiro, Naito, Liger y Okumura-, contra una local -Último Guerrero, Shocker, Black Warrior y Héctor Garza-. Pero para eso faltan un par de horas; antes hay una lucha entre mujeres y luego una entre enanos, que son conocidos, cariñosamente, como "Minis". En un principio los "Minis" acompañaban a los luchadores reales y a veces intervenían en las luchas: por lo general eran humillados, pateados o catapultados hacia el público. Con el tiempo se hicieron muy famosos y ahora se organizan luchas exclusivamente entre "Minis".

Pero los enfrentamientos que más emoción generan son los llamados Estelares, entre rudos y técnicos. La rivalidad entre estos dos bandos históricos es la que calienta la temperatura de la lucha libre. Los rudos son los tramposos y cobardes que hacen cualquier cosa por ganar: dar golpes bajos, engañar a los árbitros o atacar a sus contrincantes con objetos prohibidos. Estos antihéroes tienen por lo general el pelo largo o máscaras que hacen referencia a personajes malvados. Los técnicos, enmascarados, son los héroes por excelencia. También son conocidos como "los científicos" porque son los maestros del combate: conocen a la perfección todas las llaves y ganan los enfrentamientos siguiendo las reglas. Pero son ingenuos y, por momentos, débiles: sin duda una estrategia para ganarse el cariño del público.

Además, un rudo se puede convertir en un técnico -o viceversa- para darle un giro a su carrera. Cuando esta terrible traición ocurre, los fanáticos se vuelcan al coliseo y el combate es un éxito de taquilla asegurado.

Los luchadores son hombres ágiles pero gruesos. En el ring sus cuerpos brillan porque se untan vaselina para que sus músculos brillen y no les duelan tanto los golpes. Además de las largas horas que pasan en el gimnasio para fortalecerse, llevan una dieta delirante que les permite tener mayor masa corporal y así proteger mejor sus huesos. Uno de los platillos favoritos de estos gigantes es la torta Gladiador, creada por el luchador Súper Astro y que sólo se vende en la tortería El Cuadrilátero, en el centro. Es un sándwich que pesa 1,3 kilos, mide cuarenta centímetros y tiene más de diez ingredientes. Si alguien logra devorar esta torta en menos de quince minutos no se la cobran.

Los que creen que la lucha libre está de moda en México están equivocados: la lucha libre es una cultura que ha tenido muchas modas. El espectáculo empezó en los años treinta, cuando varios luchadores de Estados Unidos llegaron a México de la mano del empresario Lutteroth González, para escapar de las malas condiciones laborales de su país y buscar mejores oportunidades. El 21 de septiembre de 1933 se empezaron a presentar en la Arena Modelo -que más tarde se convertiría en la Arena México- luchadores como Yaqui Joe, El Tigre Ray Ryan o Chino Chow que peleaban contra locales como Dientes Hernández, Ciclón Veloz y el más famoso en esa época, El Charro Aguayo.

Desde ese momento se mantienen las mismas reglas y la estructura de la lucha que se ve hoy: una dinámica de llaves y contrallaves entre dos o varios luchadores que debe terminar con la sumisión de uno de ellos. A diferencia de la lucha estadounidense, en donde se acaba la pelea después de la primera caída, en la mexicana vence el que somete dos veces a su rival en el piso. Muchos creen que esta batalla es ensayada o incluso falsa, pero no es cierto: el luchador le debe permitir a su contrincante que le haga la llave y tratar de responder con otra más elaborada. Los golpes, en cambio, sí son simulados. "Es teatro en el más respetuoso de los sentidos del término, el proceso donde las emociones se interpretan y el cuerpo disciplina las tensiones anímicas", escribió Carlos Monsiváis.

Algunas de las llaves más populares en la lucha mexicana son "El Tiburonazo" (doblar la espalda del contrincante y sujetarlo del cuello y las piernas), "La Tapatía" (pararse sobre las piernas del rival, enganchar sus extremidades y luego levantarlo), "la Rana" (sujetar al contrincante de un brazo y una pierna, levantarlo y doblar su espalda) y la temida "Suástica" (castigar la espalda del contrincante contra la pierna del ejecutor). La lucha fue un espectáculo marginal -y mal visto- hasta los años cincuenta, cuando llegó la televisión. En los primeros años de esa década se empezaron a transmitir los combates en vivo. Pero, en 1953, el alcalde de Ciudad de México, Ernesto Peralta Uruchurtu -a quien llamaban "el regente de hierro"-, prohibió la transmisión de la lucha en televisión porque la consideraba un espectáculo muy violento. También prohibió la participación de mujeres. Esto, sin embargo, permitió el auge del ídolo más grande en la historia de la lucha mexicana: El Santo.

Cuando la transmisión por televisión fue prohibida, los empresarios aprovecharon la fama de El Santo para llevar a los espectadores al cine. Entre 1952 y 1973 se hicieron más de cincuenta películas de lucha -de hecho se convirtió en un subgénero- en las que El Santo y Blue Demon, su compañero, eran los protagonistas. El Santo se convirtió en una especie de superhéroe -una mezcla entre James Bond y Batman- que luchaba contra genios del mal, extraterrestres o mujeres vampiro. Su fama sobrepasó el cuadrilátero y se convirtió en un ícono de la cultura popular. En 1984, El Santo reveló en un programa de televisión su nombre -Rodolfo Guzmán- y parte de su rostro. A las pocas semanas murió de un infarto, para muchos, una jugada siniestra del destino. Hoy su legado se encuentra por todas partes. Su hijo, que también es luchador, se asoció con un canal de televisión y creó una franquicia de tiendas en las que se pueden comprar capas, máscaras y camisetas con la imagen del mítico luchador.

Los golpes que los luchadores reciben se escuchan hasta en la última fila de la Arena México. El crujir de los huesos que se retuercen es más intenso que los gritos del público. Porque aunque sea un show ensayado, no deja de ser bastante agresivo.

La rivalidad entre dos luchadores es intensa, y en la gran mayoría de los casos dura para siempre. Sus inicios son difíciles de rastrear: por lo general empieza en algún combate de juventud. Y aunque nadie recuerde exactamente cuál fue el motivo de la discordia, tarde o temprano se tiene que llevar hasta las últimas consecuencias. Es ahí cuando ocurre la lucha de máscara contra cabellera -o máscara contra máscara o cabellera contra cabellera-, un combate sangriento que tiene como finalidad despojar al rival de su bien más preciado. Porque la máscara o la cabellera son el tesoro más valioso de cualquier luchador y perderlas en público es la máxima humillación.

Pocos minutos antes de la medianoche me preparo para presenciar uno de estos esperados duelos. Y no se trata de cualquier lucha: en la noche de hoy se enfrentarán dos de los grandes ídolos de la actualidad: Negro Casas y Místico. Los fanáticos saben que es un combate histórico y casi no pueden aguantar. Veo a un entusiasta ansioso, que grita y observa hipnotizado el escenario, mientras espera la salida de su héroe, Negro Casas. O tal vez sólo mira al grupo de modelos voluptuosas que bailan reguetón sobre el ring para calentar los ánimos. Finalmente el presentador anuncia la llegada de los dos archirrivales. Cada uno hace una entrada estelar. El Negro Casas insulta a todo el mundo, como le corresponde a un rudo, mientras que Místico se encomienda a la Virgen de Guadalupe.

Ambos son hijos del nuevo boom de la lucha que se inició en los años noventa. Entonces, después de unos años de decadencia, volvió a transmitirse por televisión y el público regresó a los coliseos. La lucha fue aceptada en diferentes clases sociales y se puso de moda entre los "fresas" apoyar a un luchador. Éstos se convirtieron en estrellas mediáticas: son invitados a actuar en las telenovelas, las marcas les pagan para promocionar sus productos y aparecen con frecuencia en las páginas sociales.

La fotógrafa Lourdes Grobet ha sido testigo de esta metamorfosis. Durante los últimos treinta años se ha dedicado a fotografiar luchadores y su libro Espectacular de Lucha Libre es uno de los testimonios gráficos más sorprendentes que se puedan ver. "Desde que empecé a sacar fotos de este tema me di cuenta de lo importante que era para este país. Lo que yo encontré y me ha apasionado, es que está absolutamente arraigado en la cultura. Es como un ritual: este es un pueblo enmascarado, un pueblo que ha usado máscaras toda la vida", dice en una entrevista reciente.

La lucha no sólo está profundamente arraigada, sino que ha llegado hasta lugares insospechados de la cultura. En 2002 se estrenó la primera película de porno gay protagonizada por luchadores. El productor Gerardo Delgado produjo la cinta Sexxxacional de Luchas, que está dividida en dos partes: La putiza y La venganza del Master. La película cuenta las aventuras de un joven técnico, llamado Diamante, que se enreda con un rudo conocido como El Master. Éste ofrece darle una máscara llena de poderes eróticos después de que cumpla con una serie de tareas sexuales. Mientras Místico y Negro Casas luchan me dejo llevar por el show. No me importa si todo está arreglado y la pelea no es más que una interpretación fiel de un guión que todo el mundo conoce y que todos, absolutamente todos, saben cómo va a terminar. Me indigno cuando Negro Casas hace trampa y castiga sin clemencia a Místico. Me emociono cuando el héroe renace de las cenizas y, con un movimiento magistral inesperado, derrota a su rival y le corta la cabellera. Quedo en suspenso cuando Místico anuncia que este no será el último combate entre los dos y me siento satisfecho por el triunfo del bien sobre el mal. Y le agradezco a la lucha libre por permitirme creer que aún hay espacio para un poco de ingenuidad en este mundo.

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