Edición 130

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DONJUAN recorrió el río Bogotá a lo largo de su ribera. Recolectamos muestras de agua en doce puntos diferentes de su cauce para dejar la evidencia su deterioro.

Vidal está de pie sobre la tierra húmeda y se ve ansioso por echar el cuento de la leyenda.

—¿Se la puedo contar ya?
—Sí, le respondo, y de inmediato señala una piedra en la parte alta de la montaña que tiene forma de una calavera.

—De allá los moradores vertieron siete cargas de sal hacia la gran laguna porque estaba encantada. Las mujeres eran seducidas y si no cedían a sus encantos el mohán las raptaba. Se veían patos, conejos, venados de cola blanca y bueyes de oro. Al ser salada el agua se desbordó río abajo llevándose todos los espantos y causó inundaciones. Desde entonces, el estanque perdió su tamaño y quedó como usted lo está viendo —me dice el hombre que usa botas pantaneras mientras conversamos en la laguna de Guacheneque, un escenario idílico de donde brota el agua que da vida al río Bogotá.

Aquí, a 3.300 metros sobre el nivel del mar, el páramo parece estar más cerca del cielo que de la Tierra. El gran espejo de agua natural entrega esa impresión al calcar las nubes en su superficie y reflejarlas perfectamente sin mirar hacia arriba. El guardabosque que ha cuidado los últimos 25 años esta reserva acaba con esa ilusión. Se pone en cuclillas sobre la orilla de la laguna, arquea su tronco levemente hacia delante, junta las manos haciendo la forma de una totuma y extiende los brazos con cuidado para no caerse. Saca un poco de agua transparente que deja ver las líneas de sus palmas y se la lleva hasta la boca para tomarla. “Lo ve, agua pura, agua del río Bogotá”.

Es una imagen que cambia la forma de ver el río y a su vez evidencia los contrastes entre la cuenca alta, media y baja. Es la misma agua, pero con la diferencia que hay entre la luz de una lámpara y la del sol. En la ciudad es un río que perdió el encanto y la razón no admite supersticiones: la sal no es la culpable, es la mierda.

 

El recorrido planeado a lo largo de la extensión del río de 370 kilómetros por todo su margen prometía ser una gran aventura que alcanzó niveles insospechados cuando Santiago, compañero de fórmula encargado de las fotografías, tuvo una idea que resultaba extraña, como parecen todas las grandes ideas al principio: una locura.

El objetivo era tomar doce muestras de agua en diferentes puntos, plasmarlas sobre un papel acuarela blanco y fotografiar las tonalidades para ver el resultado desde el sitio más puro hasta el más contaminado y cotejar qué tan drástico es el cambio del líquido en una superficie sólida. Santiago no dejaba de pensar en esa foto desde la imagen. Yo la imaginaba desde la ciencia.

La gran idea presentaba el reto de llegar hasta los puntos más contaminados del río, para tener un contacto directo con la poza séptica de la ciudad y de 46 municipios que vierten agua llena de las heces de diez millones quinientos mil personas y otros agentes contaminantes igual de peligrosos, o más. Solo en Bogotá, cada segundo se generan 15 metros cúbicos de aguas residuales o cloacal que van a parar al sacrificado río, es como si 15.000 botellas de gaseosa tamaño personal fueran vertidas al mismo tiempo sobre él.

La sensación abrumadora de la experiencia rápidamente cambió con el primer día de campo cuando los vastos terrenos verdes con montañas de fondo y olor a naturaleza llegaron a escena. A las 9:30 de la mañana una valla al lado del camino anunciaba la llegada a la reserva forestal. “Aquí nace el río Funza o Bogotá”. Dos pórticos de concreto y una reja asemejan la entrada a una hacienda. Más adelante, cuando le hice este comentario al señor Vidal, me dio una respuesta que fue como noquear a un peso pesado en el primer asalto: “Ni la mejor hacienda tiene un páramo”.

Cristian Galvis, el joven ingeniero ambiental de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca que nos acompaña en la travesía, saca su gorro ushanka o estilo ruso que le protege las mejillas y orejas del frío y la radiación solar que es mayor a esta altura. El silencio resulta tan apacible que los sentidos humanos lejos de los motores de vehículos, los pitos y las industrias, parecen renacer al sentir la respiración del compañero de caminata, las pisadas en la tierra húmeda, el aleteo de los abejorros y de las mariposas negras.

 

En el único camino autorizado fácilmente usted puede encontrarse con un hombre que viste overol y botas pantaneras. Conduce una moto blanca de alto cilindraje que le dio la Gobernación de Cundinamarca. Se llama Vidal González, es flaco y su cabello parece entre blanco y cenizo. Como guardabosque está a cargo de la protección de 2.700 hectáreas del páramo. Su objetivo consiste en cuidarlo de los pirómanos, de representantes de agencias turísticas que quieren ofrecer planes a la zona, del ganado, y de uno que otro ingeniero detrás del tesoro de la minería.

—Hace tres años logramos sacar a una reconocida familia que estaba explotando una mina que detectaron en la vereda de Chiquira, yo mismo puse el denuncio en la Fiscalía —dice Vidal mientras accede a ser fotografiado.

Su responsabilidad es del tamaño del lugar que cuida, estas fábricas de agua vierten billones de litros desde las montañas suministrando el 70 % del agua dulce de Colombia y albergan más de 700 especies de flora exclusivas de la zona.

Hoy el guardián del páramo cumple la misma rutina de los 365 días del año, recorrer los recovecos de la reserva. Hace todas las actitudes que le piden para la fotografía como un personaje domesticado para ser retratado y luego cuenta que está más alerta que de costumbre porque en esta época manos traviesas acechan el musgo, una planta apetecida para adornar los pesebres.

Al ingeniero Cristian lo indigna escuchar eso, entonces toma el musgo entre sus dedos y lo oprime para hacerlo ver como una esponja de la que aparece el agua mágicamente. Dice con una voz taciturna: El humano no conoce la naturaleza ni lo indispensable y perfecta que es. Cada planta tiene su función, el musgo no solo retiene el agua, también protege el suelo de la alta radiación que se genera en el páramo. La naturaleza es pura sabiduría, su voz acentúa esta última palabra.

 

—¿Cuánto cuesta recuperar una mala acción de los humanos en un páramo? —le pregunto a Cristian.

—Te voy a responder con este ejemplo. Ese frailejón que ves ahí cumple la función de absorber agua presente en la neblina y conservarla, mide un metro ochenta centímetros, es decir, tiene ciento ochenta años. Crece un centímetro al año. ¿Crees que se pueda recuperar después de dañarlo?

Entre las plantas que adornan el sendero se escuchan chorros de agua que no se pueden ver y toca imaginar el espectáculo natural. Menos mal que los sentidos están despiertos.

Diez minutos después el sendero se pone angosto y un pequeño camino de madera conduce al mirador de la laguna de Guacheneque.

Desde allí todo el entorno es hermoso, las aguas cristalinas que le dan la vida al río nacen entre una flora llena de encenillos, líquenes, carditas y frailejones. La cardita es una pequeña planta que mirada desde arriba parece un erizo, tiene en el centro un agua babosa que los nativos creen que sirve como protector solar.

Las montañas son testigo del milagro del agua en un ecosistema frágil en el que Santiago camina con cuidado hacia la orilla de la laguna. Se da el gusto de probarla, placer que después imitamos todos. Tras varios minutos de estar fundidos en el ambiente sacamos el gotero para recolectar la primera muestra de agua, que a través del pequeño tubo se ve totalmente clara. El nivel de pureza es grado 1, apta para el consumo humano. Fue una experiencia nada comparable con lo que había de venir.

A solo 11 kilómetros del ecosistema virgen, al llegar a la cabecera urbana de Villapinzón, el Bogotá se ve más bien como un indefenso riachuelo de menos de diez metros de ancho con casas asentadas sobre el cauce que tienen a la vista, sin ningún pudor, sus canales de desagüe. Gladys, una señora de cincuenta años, y su madre, que camina con esfuerzo por la edad, viven en una casa que cuando abre la puerta en vez de la calle está el río. La vivienda parece improvisada al verla por fuera, pero en el interior tiene un buen piso, muebles y plantas. Su comunicación con la sociedad es un pequeño y endeble puente de un metro de ancho que tiene una de las barandas falsas y tiembla al mínimo contacto. “Teníamos un buen puente, pero la avalancha de 2011 se lo llevó y nos inundó la casa. No hemos recibido ayuda y estamos cansados del vertimiento”, nos comenta. Se refiere a una alcantarilla escondida entre la maleza que entrega las aguas residuales justo al frente de su casa.

 

En la vía principal para salir del municipio rumbo a Bogotá, el río cambia su tonalidad, pero sobre todo el olor. Por primera vez se llena de una fetidez que alcanza a sentirse desde la carretera. Bajamos a la orilla, el gotero de Santiago entra en escena nuevamente y el líquido ya refleja los primeros cambios que deja atrás esa sensación de un río confiable. Las aguas domésticas, las escorrentías que llevan todos los insecticidas de los cultivos de papas y los cientos de toneladas de desechos tóxicos de las curtiembres de la zona empiezan a maltratar al río. Según la CAR ([…]), de cien empresas censadas dedicadas a la industria del cuero, treinta han hecho proceso de reconversión.

Un río abatido pero vivo sigue su curso hacia Bogotá pasando por municipios que, además de contaminarlo con desechos industriales, le roban la ronda hidráulica. Un estudio de la CAR registra que antes de entrar a Bogotá el grado de contaminación es de 4.

Jairo Meza vive en el barrio Lisboa, de Suba, y aunque desde su casa a solo veinte metros del río no sufre los pestilentes olores, sí conoce muy bien la problemática. Durante varios años fue líder comunal y me acompaña al punto de la muerte del río Bogotá en la desembocadura del humedal Juan Amarillo y río Salitre. Es domingo y él ha terminado de dirigir un partido de su escuela de fútbol. “Imagínese usted, estas aguas nacen puras en la quebrada Arzobispo y después, cuando se convierte en río, es una alcantarilla humana que recoge todos los residuos del sector norte, la gente le va pasando el problema a otros”, me dice Jairo, quien solo una hora antes parecía no mirar más allá de un balón.

En la desembocadura hay, además de mil olores indeseables mezclados, un vaso de licuadora, un cable negro, bolsas y más basuras. El agua perdió el color de la vida que se resistió a dejar durante kilómetros en su recorrido. Los desechos orgánicos cambian de grado 4 al 8 la contaminación llevándolo a alcanzar la categoría máxima para ser declarado muerto prematuramente y, lo peor, sin muestras de dolor de los bogotanos.

El ingeniero Cristian me explica que “la declaración muerto se da cuando ha perdido su capacidad de autodepuración por la alta concentración orgánica y química, el agua pierde el oxígeno y por lo tanto no soporta la vida acuática tanto en fauna como en flora”. Es una tumba.

 

En la calle 80, a través de un puente vehicular que es la forma más fácil para acceder a la ribera del río, nos preparábamos para tomar la muestra de contaminación después de la descarga del Salitre. Un botiquín de primeros auxilios con pastillas, alcohol, varios pares de guantes y tapabocas iba con nosotros por todo el recorrido. Cuando iniciamos el descenso al río sentíamos que el tapabocas no cumplía ninguna función, la putrefacción se adueñaba de los pulmones y Santiago, mucho más arriesgado, bajó primero por la muestra con la perfección de un rescatista.

En la orilla había un sofá viejo acondicionado en lo posible para dormir, cartones y objetos reciclables que daban señales de un terreno peligroso que solo podía ser la guarida de un habitante de calle. ¿Estaría ahí? Ya no había tiempo ni de asustarse. Sacó el gotero, recolectó la muestra medio agachado y cuando quiso reincorporarse su pie se hundió en el fango como gelatina; hizo un movimiento natural de salvación y el líquido con la muestra de agua podrida de tres millones de bogotanos del sector norte lo salpicó. Salió molesto a desinfectarse, pero con el botín en la mano.

Después de una observación mirando los alrededores le comentó a Jairo Meza que la gente de la zona, y los que no son de aquí, los que pasan por obligación o casualidad ni siquiera lo miran. Son indiferentes, como si el olor y la contaminación fuera un problema que no les pertenece a pesar de que las cifras sustenten que las aguas domésticas de la capital aportan el 80 % de la contaminación, mientras que las industrias, minería y los escombros el otro 20 %.

Jairo me acompaña a ver desde la parte exterior la planta de tratamiento de aguas residuales de El Salitre. Desde afuera se ven unos círculos grises con azul y suelta la frase: “Esa planta no sirve para nada”.

La PETAR El Salitre solo hace un tratamiento primario del sector norte de la ciudad, consiste en retener los desechos físicos, pero no hace tratamiento químico y lo peor, vuelve a echar el agua tratada al río Bogotá. Para este problema ya fueron aprobados 487 millones de dólares, con el fin de reestructurar la planta y pasar al tratamiento secundario con desinfección, pero solo en el 2021 terminará la obra.

 

Cristian Galvis está a bordo de una lancha con 12 personas, la CAR realiza algunos recorridos para los que hay que inscribirse. La idea es hacer pedagogía sobre el río en una zona navegable que va desde las compuertas de Alicachín hasta el puente de la Virgen en la vía Cota-Suba. Cristian les cuenta a las personas sobre la adquisición de más de seis millones de metros cuadrados de terreno para devolverle al río su zona de ronda. Además del retiro de cerca de ocho millones de metros cúbicos de sedimentos y basura. Aun así, el río Bogotá es una novia que no se puede tocar.

Es jueves y son las 11:30 de una mañana soleada en Soacha, un puente de dos carriles cerca del barrio Tierra Blanca es el horizonte para ir al municipio de La Mesa. Una señora que camina acompañada de dos niños y una niña, arrastra un pequeño carrito metálico, viene de comprar comida para un conejo.

—¿Siempre camina por aquí con esa tranquilidad? —le pregunto.
—Ya estamos acostumbrados al olor, pero no pasamos todos los días, peor son esas casas que están allá y señala unas color ladrillo al lado del río.

En este puente es evidente que si el Salitre hiede como un muerto de tres días, el río a la altura de Soacha es como uno de diez. En la orilla los matorrales llegan a la cintura y aquí también las nubes se reflejan en el agua como en el páramo, pero sobre una superficie negra que no evoca la sensación del cielo, sino la del infierno. Es inevitable pensar qué puede pasarle a uno si cae aquí. En la acuarela el agua de este punto es la más negra después de Canoas, que está solo unos kilómetros más adelante.

Y justamente en Canoas el río alcanza su nivel más crítico de contaminación. Es el reflejo de 106.000 toneladas de carga orgánica que llegan por los vertimientos que a la fecha no tienen tratamiento en la ciudad de Bogotá y en el municipio de Soacha.

 

Decidimos usar dos tapabocas porque en este punto el olor parece derretir los pulmones y produce náuseas. A través de la maleza nos abrimos paso para tomar la muestra que sale absolutamente oscura. Parece vinilo negro y en la superficie se ven unas pequeñas burbujas, parecen gotas de lluvia, pero en realidad son por el metano producto de la alta contaminación.

En su oficina, el director de la CAR, Néstor Franco, muestra un mapa del año 1627 que evidencia cómo los humanos han acabado con el cauce del río. Explica que históricamente la ciudad lo ha usado como una alcantarilla y dice que para el 2024 el panorama cambiará cuando entre en operación la planta de aguas residuales de Canoas, que tratará un caudal promedio de 12.000 litros de aguas residuales de todo el sur de Bogotá. Proyecto que desató reacciones y burlas luego de que el alcalde Enrique Peñalosa, con optimismo, trinara que “en ocho años se podrá nadar en el río Bogotá”. Una promesa muy alejada de la realidad de un río que, sobre todo en esa zona, está en el peor nivel de contaminación.

Acompañando a la carretera, el río inicia su descenso vertiginoso a la altura de El Charquito, un sector de grandes rocas cuyo entorno parece propicio para el descanso, con pinta de un gran balneario, pero se trata de una quimera, la contaminación es tan fuerte que hay tres bolas plásticas que quizás cayeron en un punto cercano y nadie se atrevió a recuperar. Las piedras entre sus baches tienen agua oscura estancada y veo el cuerpo ahogado de una Barbie de pelo rubio a la que le falta un brazo.

En la caída de más de 130 metros del salto del Tequendama la fetidez se mantiene aunque increíblemente empieza una autodepuración. El salto le devuelve oxígeno al río en un intento sabio de la naturaleza por revivirlo.

Un kilómetro después del salto era el otro punto establecido. Allí el peligro ya no era tener contacto con el agua; rondaba en la mente la muerte por ahogamiento debido a las fuertes corrientes. Por unos minutos observamos qué punto era más conveniente para bajar de la carretera a la orilla ubicada a veinte metros de distancia.

 

Vimos un pequeño sendero y una piedra que daba estabilidad. Habíamos planeado que al acercarnos a la orilla yo me quitaría los guantes para sujetar a Santiago por su brazo izquierdo mientras él se inclinaba para sacar la muestra de agua en una aterradora corriente de agua. De todo el recorrido fue el punto donde a Santiago le costó más trabajo soportar el olor. Con mucho cuidado llevó el gotero cuatro veces al agua y cuando plasmó el líquido en el papel acuarela se notó el negro degradado, no tan intenso. El río quiere vivir.

Después de la experiencia se había decidido no parar más hasta llegar al final del río en Girardot. Luego de dos horas arribamos a un barrio llamado Las Bocas. Una especie de invasión sobre una colina, por la cual se baja para llegar a la desembocadura. Unos vecinos nos alertaron sobre el peligro de la zona y entonces en una decisión arriesgada decidimos irnos a la parte final del río a través del municipio de Ricaurte a 15 minutos de allí. A las 5:45 de la tarde una lancha vieja nos dio esperanzas. “Si hay una lancha por aquí este es el camino”, auguró el conductor.

Justamente una calle de tierra nos llevó de frente al gigante río Magdalena. Al costado derecho, menos intimidante y pasivo, se veía el río Bogotá.

Llegamos a la última casa que despide a este río y que solo es una más por la que pasa el Magdalena. Tres mujeres con machete en mano limpiaban la maleza del patio. Santiago salió del carro para registrar las fotos con la última luz del día, disparó la cámara con la rapidez de camarógrafo de judiciales y nos fuimos por la muestra. Era la orilla más fangosa del recorrido, había que hundirse en el lodazal como si la historia quisiera un final épico. Fueron cinco gotas de una tonalidad extraña cuyo color solo se vería perfectamente en el papel acuarela ante la escasez de luz del momento.

Ya había que salir del lugar y una última mirada por la ventana mostraba los rayos del sol decayendo en intensidad sobre el río Magdalena que parecía recibir un riachuelo a través de una corriente mansa que entra como pidiendo permiso. La imagen es como una especie de liberación donde el río puro que nace en el páramo paga sus culpas, si las tiene, y muere, o quizás revive con absoluta dignidad. Es inevitable pensar que se trata de una forma triste de dejar de existir para un río tan hermoso en su nacimiento y que económicamente produce el 32 % del producto interno bruto nacional.

 

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