Edición 117

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Cómo se mataron entre sí los hermanos Castaño

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Esta es la historia de cómo los tres hermanos que fundaron el paramilitarismo se mataron entre ellos.

Esta es la historia de cómo los tres hermanos que fundaron el paramilitarismo se mataron entre ellos. Pero también es la historia de una serie de contradicciones, como la simpatía de Fidel por las Farc, las mismas que secuestraron y asesinaron a su papá.

Rosa Eva Gil Herrera parió doce hijos, aunque otras versiones hablan de dieciséis embarazos. Casi todas las personas que la trataron o tuvieron acceso a su numerosa familia dicen que nunca fue feliz. Un ganadero cordobés conocido en la región como “el Apóstol”, cuenta que pocas veces vio reír a la matrona paisa. Años después de la muerte de la señora, concluyó que las pocas risas que dejó ver, más que risas, fueron muecas cargadas de sarcasmo, a veces inexpresivas, misteriosas, como las de la Mona Lisa.

“El Apóstol” sospecha que si alguna vez doña Rosa acarició la felicidad, fue en su niñez, antes de los catorce años, antes del día que se casó y se fue a vivir con el único hombre que conoció en su vida: Jesús Antonio Castaño González. A partir del momento en que puso el pie fuera de su casa materna, comenzó a recorrer un tortuoso camino, emboscado por violencia, muerte y tristeza, que culminó casi seis décadas después, por cuenta de un mal de huesos que la llevó a la tumba.

Una mañana, doña Rosa se fue hasta donde su hijo Vicente Castaño, sin que él y su esquema de seguridad se percataran, a vomitarle en la cara una pregunta que terminó convertida en un reclamo demoledor, por cuenta de la desazón que ya la torturaba desde el momento en que tuvo certeza de lo que le había ocurrido a Carlos, el menor de sus hijos varones, el comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia.

Vicente había buscado refugio en su finca La 16, en el corregimiento Arenas Monas, en jurisdicción de San Pedro de Urabá. Una familiar en tercer grado de los Castaño, que trabajó como su empleada doméstica, recuerda que esa mañana doña Rosa tenía miedo. Incluso, casi acepta el consejo de un trabajador de la finca de llevar una pistola, porque no descartaba que su propio hijo intentara matarla.

Sin embargo, descartó la idea porque sabía que a su llegada la gente de seguridad iba a requisarla, sin importar que se tratara de su propia mamá. Por eso prefirió otra arma, su camándula.

“Oíste Caín, ¿dónde enterraste al niño?”, le dijo al tenerlo frente a frente. Por lo menos tres fuentes confirman la aspereza del encuentro: Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez; la empleada doméstica y, por último, “el Apóstol”. Y coinciden en una cosa más: Vicente no se atrevió a responderle nada a su mamá. Relatan que se escabulló por una puerta alterna. No pudo volverle a hablar, ni ese día, ni al otro, ni a la semana, ni al mes. Nunca más. No fue capaz de explicarle las razones que lo llevaron a ordenar a sus subalternos para que mataran a su hermano con tiros de fusil, machete y cuchillo y que su cuerpo fuera desaparecido. Y solo Báez recuerda un detalle que doña Rosa le confió. Cuando Vicente intentó salir por la puerta alterna de la oficina, ella lo persiguió y le dijo las últimas palabras que le dirigió en la vida: “Cuando me vayas a matar a mí, no me matés ni a bala ni por la espalda. Hacelo con un cuchillo. Pero me lo metés por la vagina, porque por ahí fue que te tuve”. Y Báez cuenta también que semanas después, refugiada en su casa, la dolida madre le envió a Vicente una última razón con uno de sus empleados: “Dígale a Caín que en la finca de El Tomate mande a hacer una cruz de concreto gigante, tan alta que se pueda ver desde cualquier lugar de Antioquia, y que en ella escriba un letrero en relieve que diga: ‘Aquí yace un héroe’”.

El Tomate es una vereda de San Pedro de Urabá donde Carlos tenía una de sus fincas, muy cerca de donde fue asesinado.

Desde 2002, Carlos Castaño se esmeró por arreglar sus problemas, que tenían solo una solución clara: negociar con Estados Unidos. Esa realidad lo condujo a otra certeza: que a partir del momento en que empezara a colaborar con ellos, su vida estaría en peligro por cuenta, incluso, de sus propios colegas. En la memoria USB que incautaron las autoridades después de su muerte, quedaron registrados miles de correos electrónicos en los que, entre otras molestias, dejó ver su inconformismo con la infiltración del narcotráfico en las Autodefensas. En una cumbre paramilitar dejó atónitos a los presentes cuando, tras repetir el discurso contra las drogas, anunció sus planes de entrega a la justicia estadounidense.

“He decidido entregarme a la justicia de Estados Unidos, para lo cual ya he hecho contactos con agentes de ese país”, confesó Carlos, que, además, mantenía constante comunicación con Nicolás Bergonsoli, un excolaborador de las Autodefensas que ya había arreglado sus problemas con Estados Unidos. Su inconformidad contra los narcos infiltrados en las Autodefensas se debió a que sabía que buscaban evitar su propia extradición a Estados Unidos al infiltrarse en un proceso de paz y desmovilizarse como paramilitares. La noche del 31 de diciembre de 2001, Carlos le expresó sus temores a Kenya, su joven esposa. Ese día reunió información y documentos sobre su patrimonio legal para redactar su testamento. Esa última voluntad quedó plasmada en una carta que redactó en uno de los dos computadores de la tienda Rancho al hombro, su centro de comunicaciones, el sitio donde iba a morir años después por encargo de su hermano Vicente.

Montería, febrero 3 de 2002

Señora Sor Teresa Gómez, señora Margarita Castaño, señor Héctor

Castaño, señor José Vicente Castaño.

Querida familia, Es mi deseo dejar en manos y conciencia suyas, mi voluntad respecto al destino de mi humilde patrimonio familiar, el cual deberá ser distribuido a mis herederos por ustedes, de la siguiente manera: la finca La Marta, corresponde a mis hijos Lina Marcela y Carlitos, la finca La Bonanza, igualmente a Lina Marcela y Carlitos. Algunos bienes urbanos que ya están bajo administración de doña Alca, corresponden a ella.

Es de propiedad sagrada de mi esposa Kenia y mi hijita Rosa María, la finca Los Campanos, Martabana (le decimos 37), la mitad que poseo de Jaraguay, La Rula, La Solita y, obviamente, su apartamento de Montería. La finquita de Amalfi será para Carlos Esteban Duque, el joven al que atribuyen su paternalismo a mí. Monte Casino pertenece ya el 50% a mi hermano Vicente, y la otra mitad es de Margarita Mesa y mía, por iguales partes. La que me pertenece podrá venderse y será distribuido su pago en partes iguales entre María Elena Castaño, Margarita Castaño, Adelfa Castaño, Mercedes Villegas, mi excompañera, Duncan, mi asistente rural, y Lucho (Andrés), el asistente urbano de mi familia. Los ganados y lo que haya en cada finca pertenece obviamente a quien pertenece la finca. Esta es mi voluntad cuando ya haya terminado mi misión aquí entre ustedes. Mi legado humano a todos es el ejemplo de una vida entregada al servicio de su país, sin olvidar nunca su familia.

Firmado con huella digital en la finca 21, el día tres de febrero de 2002. Una copia del presente testamento quedará en manos de ustedes los garantes. Y cada cual de los herederos será informado por mí, solo de lo que correspondió a sí mismo. Carlos Castaño Gil, c.c. 70. 564. 150 de Envigado.

Sin proponérselo, Carlos Castaño dejó en este testamento la única posibilidad de ubicar su cadáver, al haber incluido entre los beneficiarios a Carlos Esteban Duque, un muchacho de Amalfi que decía ser el mayor de sus hijos. Aunque lo aceptó en su entorno familiar y le brindó estudio y manutención, Carlos nunca se atrevió a reconocerlo legalmente, pese a su impresionante parecido físico y de carácter. A mediados de 2006, un informante, con ayuda de un comando canino experto en búsqueda de cadáveres putrefactos, condujo al CTI a una fosa que escondía un arrume de restos óseos y un cráneo. Ese día, los investigadores de la Fiscalía solo contaban con el testimonio de cinco hombres que se entregaron a la Policía y confesaron que el 16 de abril de 2004 habían participado en el asesinato y desaparición de Carlos Castaño.

La forma más convincente de identificar el cadáver era a través de una prueba ADN, que solo podía encontrarse en la sangre de un Castaño original: Carlos Esteban Duque, el hijo no reconocido de Carlos Castaño. En 99%, el informe final reveló que los huesos y el cráneo encontrados bajo tierra correspondían al comandante de las Autodefensas. Además, la transposición de una fotografía del rostro de Carlos Castaño en su juventud, sobre la imagen del cráneo encontrado, arrojó una perfecta coincidencia de las líneas óseas. Después de renunciar a la posibilidad de tener asiento en las mesas de diálogo con el gobierno, Carlos Castaño empezó a sufrir los estragos del aislamiento. Se enteraba de las negociaciones de Santa Fe de Ralito a través de amigos que todavía tenía en las Autodefensas, y fueron ellos los que le transmitieron que su vida corría peligro.

Pero él les dio el valor de meros chismes de quienes, según temía, en ese momento, querían alejarlo de su hermano Vicente. Lo único que lo tuvo en contacto con el exterior en esa etapa final de su vida fue una gran cantidad de reflexiones sobre la paz que recibía de amigos, entrevistas virtuales con periodistas y quejas a funcionarios del gobierno sobre el proceso de paz. Esos mismos mensajes también evidenciaron otra catástrofe que se veía venir en contra: su bancarrota. En varias cartas, en su mayoría dirigidas a empresarios y amigos, daba instrucciones para que le consiguieran dinero en efectivo de manera urgente. A varios de sus testaferros los sorprendió con su autorización para que vendieran, incluso, parte de su fortuna más preciada: las obras de arte.

Pero su falta de liquidez era un mal menor. A principios de 2004 sus mensajes fueron de angustia buscándole la salvación a su hijita recién nacida, que nació con una extraña enfermedad, conocida vulgarmente como “el maullido del gato”, que afecta a uno de cada 50.000 niños. La enfermedad se caracteriza por un llanto agudo que emiten los bebés a causa de un desarrollo anormal de la laringe, y se asocia a ciertos grados de discapacidad intelectual.

“Carlos y Vicente terminaron dándole al perico para calmar el estrés y la ansiedad en la que quedaron encerrados. Carlos sufrió de ataques de depresión y Vicente comenzó a tartamudear”, confiesa un amigo de infancia que, además, recuerda que a Carlos se le torcía la boca por efecto de las grandes dosis de cocaína. Con el whisky y la droga creía poder domar los ímpetus de violencia que lo sorprendían a altas horas de la noche. Otras veces se sentía con fuerzas para salir a caminar en las madrugadas por su finca, seguido de un grupo de escoltas.

Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez, quien lo acompañó como su asesor político, relató que Carlos no dormía en sus últimos años de vida. Báez también recuerda que, de un momento a otro, solía estallar en cólera y amenazar con matar a quien fuera, con la pistola automática que siempre llevaba al cinto. Él mismo fue víctima de uno de esos ataques una noche en la que lo acusó de ser amigo de los “traquetos”. Báez cuenta que Carlos sacó su arma y le apuntó durante varios segundos en la cabeza, a menos de un metro de distancia. La mano le temblaba, mientras lo miraba con ojos desorbitados.

Lo único que se le ocurrió fue cerrar los ojos a la espera de que su jefe disparara y todavía recuerda que casi le respiraba en la cara, arrojándole el vaho de alcohol y coca. “De un momento a otro le dio la vuelta a la pistola, la tomó por el cañón y me clavó un golpe seco en la frente”, cuenta. Años después, Báez muestra la herida de casi cinco centímetros que le quedó marcada en la frente, y por la que sangró durante varias horas. “Todos los días me acuerdo de él, así no quiera”.

Doña Ilba Rosa Morales Farelis, la dueña de la tienda Rancho al hombro, recuerda que ese viernes 16 de abril de 2004 Carlos llegó a las cinco de la tarde, vestido de civil, acompañado de sus escoltas en una camioneta Hylux doble cabina color verde. Llevaba un portátil en el que manipulaba una memoria externa, pero prefirió usar los dos computadores de la tienda. La mujer cuenta que cuando Carlos se sentó, se escucharon las primeras ráfagas.

Ella alcanzó a asomarse por la puerta que daba al camino principal y vio a varios hombres que disparaban en dirección a su tienda. Se tiró al suelo y desde allí vio cómo Carlos saltó por una ventana trasera y huyó. Nunca más lo volvió a ver.

Un jefe paramilitar preso en la cárcel de máxima seguridad de Itagüí está seguro de que Vicente Castaño fue maquiavélico a la hora de matar a su hermano. Se aseguró de que entre los elegidos para asesinarlo estuvieran los paramilitares que más lo odiaron. Uno de esos hombres, alias Móvil cinco, fue el encargado de dispararle el tiro de gracia en la cabeza. Él era uno de los blancos predilectos de los insultos de Carlos. Dicen que un día, delante de toda la tropa, lo trató de marica y de tener sida.

‘Móvil cinco’ conserva debajo de su cama el fusil con el que le disparó. Cuando alguien de confianza va a visitarlo, lo saca y lo exhibe con orgullo”, relata el excomandante preso en Itagüí.

“Monoleche”, “el Mono” y “Móvil cinco”, quienes comandaban la operación, se fueron detrás de Carlos hasta un depósito de granos de la tienda. Iba herido, una de las balas lo alcanzó antes de saltar, y, además, no se reponía de una fractura que había sufrido en un brazo.

“Monoleche” le hizo un disparo y lo neutralizó, lo arrastró y lo llevó hasta un sitio despejado. “¿Quién dio la orden de matarme?”, le preguntó a “Monoleche”. “‘El profe’, su hermano Vicente. Usted se le torció a la organización”, respondió “Monoleche”, antes de entregárselo a “Móvil cinco”. “‘Móvil’, hermano, por favor no me mate, hermanito, llame a Vicente y yo le explico todo a él, esto es un malentendido, por favor, se lo suplico, no me mate, piense en mi hijita, dígale al ‘Profe’ que piense en mi mamá”, le rogó Carlos a su victimario.

Una vez muerto, “Monoleche” le avisó a Vicente a través del radioteléfono. “Listo patrón, el parque ya está limpio”. El mismo “Monoleche” se encargó de llevar el cadáver hasta el platón de una de las camionetas. Lo taparon con hojas de plátano y de palma. Todos sus escoltas murieron. Dos nunca aparecieron.

Uno de los trabajadores más leales de la “Casa Castaño” asegura que de todos los fantasmas que persiguieron a Carlos hasta la última noche de su vida, el que más le quitó el sueño fue el de la muerte de su hermano Fidel. Hasta ese momento se decía que había sido asesinado por la guerrilla del EPL en un enfrentamiento. Pero la verdad era que, al parecer, fue por su propio encargo.

Jesús Ignacio Roldán, alias Monoleche, conoció a fondo a Fidel Castaño. Trabajó con él desde los 17 años, y desde entonces le cayó en gracia por su arrojo y empuje, pese a que era pésimo con las armas, porque le faltaba un dedo de la mano derecha. Y fue él quien reveló una de las grandes contradicciones de la historia del conflicto armado en Colombia. “Fidel Castaño era un hombre izquierdista, pero él vino a pelear con las guerrillas fue por el secuestro y asesinato de su papá”, afirma “Monoleche” desde la cárcel.

Por eso, una vez los Castaño cumplieron su papel en la muerte de Pablo Escobar, Fidel puso a andar uno de sus sueños de juventud: unirse a las Farc. Esta decisión, a todas luces insólita, fue conocida por su hermano Carlos, quien pese a no compartirla, la aceptó a regañadientes.

La intención de Fidel era tan seria que selló el pacto con la compra de un poderoso armamento que envió a las Farc. “Monoleche” siempre temió que una vez consolidados esos propósitos, el enfrentamiento sería inminente. Fidel tendría nada menos que un frente de las Farc a su disposición, mientras que Carlos una incipiente estructura paramilitar, en la que ya trabajaba con la ayuda de “Salvador”, un avezado sicario que le había “robado” al Cartel de Medellín y que ya dirigía una pequeña cuadrilla de quince combatientes en San Pedro de Urabá.

Según “Monoleche”, Fidel desconfió de “Salvador” apenas supo de su llegada. Le generó incertidumbre que se tratara de un extrabajador de Escobar. “Él es un buen muchacho, no se preocupe que yo lo controlo, él hace tiempo que se le abrió a Pablo y no habrá problema con eso”, le aseguró Carlos. Sin embargo, ni Fidel ni “Monoleche” confiaron en el recién llegado y, aprovechando que Carlos estaba de viaje, lo relevaron del mando del grupo de hombres que le habían encargado. Al regreso de Carlos, una semana después, Fidel le comunicó que iba a matar a “Salvador”. “Hermano, no hay necesidad, ya Escobar está muerto. Démosle una oportunidad, déjeme hablar con el hombre, si yo veo que hay algo raro ahí, pues lo matamos”, insistió Carlos, quien volvió a salir de viaje. Días después, un comando guerrillero montó un retén en una vía cercana a la finca La 35, donde dormía Fidel. Un convoy militar que transitaba por la vía fue atacado por los subversivos. “Cogí un radio y llamé a Fidel para anunciarle que había un grupo de la guerrilla en la vía de San Pedro a Catalina. Él estaba en la parte de arriba. Tenía 45 hombres, entre ellos el comandante Maicol”, recuerda “Monoleche”, quien encuentra aquí más razones para dudar: si Fidel tenía planes de convertirse en jefe subversivo y sus contactos con las Farc eran a alto nivel, no era lógico que no le hubieran advertido de una incursión de la guerrilla en la zona.

Fidel le preguntó a “Monoleche” por “Salvador”, quien estaba en la zona con ocho hombres armados, pero no se sabía con precisión dónde se encontraba en ese momento. Su patrón le ordenó que lo buscara y fueran hacia la zona donde estaba la guerrilla. Fidel también partió hacia el mismo sitio, pero tomó otra ruta, por la parte de arriba. Se llevó a pocos hombres, porque su intención no era la de chocar con los subversivos, sino de analizar la situación. Cuando llegaron al lugar del incidente, la guerrilla ya no estaba. “Por ahí a la una de la tarde ‘Salvador’, desde arriba en un cerro, me llamó y me dijo: ‘suba que su papá se fue’, y yo cogí un caballo y subí al cerro”, recuerda “Monoleche”. El cadáver de su patrón estaba tirado sobre la hierba, debajo de un árbol que le daba escasa sombra al cuerpo, que todavía destilaba sangre. Desde un principio, las explicaciones que le daban acrecentaron sus sospechas.

“Salvador” dijo que su jefe se había adelantado al grupo, desesperado por querer llegar primero que todos, aprovechando su excelente estado físico. Sin sentirse convencido, “Monoleche” quiso hablar aparte con dos de los hombres que acompañaron a Fidel, los únicos que, según se lo aseguraron, llegaron primero al sitio donde cayó muerto: “Nosotros vimos una persona al frente en ese cerro, una sola persona. No hubo guerrilla, no hubo nada, no vimos nada, vimos una sola persona que disparó y se nos perdió. Al rato, ‘Salvador’ apareció acá”, le contaron.

NARCOS POR PARAS

Estos fueron los narcos que se infiltraron en Santa Fe de Ralito para hacerse pasar por miembros de la AUC y huir de la extradición al desmovilizarse como paramilitares. ESTA SITUACIÓN FUE LA PRINCIPAL RAZÓN DE LA PELEA ENTRE CARLOS Y VICENTE CASTAÑO:

1- Hernán Giraldo Serna, alias “El señor”
2- Francisco Javier Zuluaga, alias “Gordolindo”
3- Ramiro Vanoy, alias “Cuco Vanoy”
4- Miguel Ángel Mejía Múnera (Mellizo)
5- Hebert Veloza, alias “H,H”
6- Carlos Mario Jiménez, alias “Macaco”
7- Juan Carlos Sierra, alias “El tuso Sierra”

“Entonces yo empiezo a mirar bien por todos lados, y desde donde estaba Fidel a donde supuestamente estaba la guerrilla, era muy lejos, aproximadamente kilómetro y medio. Es decir, Fidel estaba en un cerro y la guerrilla se había ido huyendo por otro cerro más o menos a kilómetro y medio”. Otro descubrimiento acrecentó sus sospechas: comprobar que desde el sitio del que la guerrilla le había disparado a su jefe, había más de 150 metros de distancia hasta donde él se encontraba. “Monoleche” ordenó que le llevaran tres sábanas blancas, con las que envolvió el cuerpo de su patrón. Luego lo acomodó en una hamaca, lo subió a un carro y lo llevó a la finca de San Pedro de Urabá. A la primera persona que se le ocurrió llamar fue a Carlos Castaño, quien se encontraba en Cali.

La reacción inicial de Carlos fue un silencio prolongado, seguido de un grito que casi lo aturdió. Eran las tres de la tarde. “No lo deje ver de nadie, no deje arrimar a nadie, ya salgo para allá”, le dijo. Carlos llegó a las nueve de la noche a la finca Las Tangas. La idea era sepultarlo lo más rápido posible, sin ningún preámbulo o rito religioso.

Carlos evitó que la noticia de la muerte de Fidel se filtrara, en especial las circunstancias en las que ocurrió. “Lo envolvimos en unos plásticos negros y lo enterramos en un potrero de Las Tangas”, cuenta “Monoleche”.

Una semana después, Carlos, Vicente y Rodrigo Londoño, conocido como el “comandante Doble Cero”, se reunieron a hablar del futuro del grupo armado. Carlos se mostró pesimista. Dijo que ni él ni Vicente tenían las finanzas para sostener un grupo que fuera capaz de enfrentar a las Farc, de las que Carlos aseguraba que era una organización muy rica y fuerte militarmente. Vicente no estuvo de acuerdo.

Él calculaba que antes de tres meses el grupo pasaría de 45 a cien hombres, gracias a un dinero que tendría de unos negocios de venta y explotación de minas. Y fue en ese momento cuando “Monoleche” tuvo más sospechas de que había gato encerrado en la muerte de Fidel: Carlos le dio la orden de matar a “Salvador”. “Comando, pero si su hermano en vida lo iba a matar y usted no dejó, entonces ¿por qué lo va matar ahora que no está?”, le preguntó “Monoleche”. Como había temido, Carlos se enojó. “Yo soy el que da las órdenes y lo voy a hacer”, respondió. Carlos llamó personalmente a “Salvador”, quien llegó una hora más tarde. Carlos lo saludó con un fuerte abrazo, un gesto que solía darles a todas sus víctimas antes de propinarles la estocada final y que entre el círculo de sus hombres de confianza era conocido como “el abrazo del oso”. “Vamos para Las Tangas a reunirnos con una gente allá”, le dijo Carlos a su víctima. “Salvador” estaba tranquilo.

“‘Salvador’ con la pistola ‘enpretinada’, Carlos con la suya, se suben y se van conversando, Carlos muy formal con él, en la silla de atrás. Cuando ya llevábamos por ahí un kilómetro, siento los dos disparos… Carlos mata a ‘Salvador’, la orden que me había dado era que cuando escuchara los disparos inmediatamente detuviera la marcha del carro. Yo paro, entonces miro hacia atrás y veo a ‘Salvador’ ahí, muerto. Carlos nos pide a ‘Móvil Cinco’ y a mí que lo bajemos del carro y lo enterramos ahí mismo en la orilla de la carretera”.

Vicente castaño fue el último en sobrevivir a esta matanza entre hermanos. Y, por si fuera poco, estuvo a punto de correr la misma suerte de su hermano Carlos de morir acribillado por sus propios hombres. Después de huir de Santa Fe de Ralito, al rehusarse a confinarse en una reclusión especial, “el Profe” –como se le conocía por sus conocimientos del campo y su admiración que sentía por el programa de televisión El profesor Yarumo– buscó ayuda de una de las personas en quien más confió en su vida: el “Gordo Pepe”.

Este hombre tenía una finca en Antioquia donde Vicente quiso refugiarse. Desde esa finca, el jefe paramilitar mantuvo contacto vía Internet con algunos colegas de su organización, se cruzó mensajes románticos con una periodista de la televisión que hoy está fuera del país y le escribió cartas al alto comisionado para la paz, Luis Carlos Restrepo. Fuentes de los organismos de investigación judicial aseguran que Vicente también buscó contacto con autoridades estadounidenses, con las que alcanzó a hablar de su posible entrega. Los mismos planes que le criticó a su hermano Carlos. Y la razón por la que lo mandó a matar.

Los planes de Vicente llegaron a oídos de los jefes paramilitares que negociaban la paz con el gobierno. Por eso, la decisión no se hizo esperar. Ubicaron a “Gordo Pepe”, lo secuestraron y bajo amenazas de muerte lo obligaron a que llevara al grupo de sicarios hasta la finca donde escondía a su patrón. Lo hicieron manejar la camioneta, la única que estaba autorizada para ingresar al predio, y así lograron entrar sin que Vicente sospechara que iban a matarlo. Cuando el comando armado irrumpió por puertas y ventanas, Vicente alcanzó a responder con algunos disparos, antes de esconderse en uno de los baños de la vivienda.

Sintiendo que su muerte era inminente, se disparó un tiro en la frente. Según relatos en poder de los investigadores de Fiscalía y Policía, el cuerpo de Vicente fue introducido en el balde de una mezcladora de cemento y luego, tras convertirse en una mole, el último de los hermanos Castaño fue arrojado a las aguas de un río.

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