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Guiussepe Verdi les compuso un aria y los salseros y todos nosotros todavía soñamos con sus caderas como melao de caña. Por algo dicen que 'If you go black, never go back'. La traducción es libre

"Soy negra, pero hermosa". La voz femenina del celebre Cantar de los Cantares de la Biblia empieza su discurso como si fuera una disculpa. Su protagonista, la amante broncínea del rey Salomón acaso la misma reina de Saba que lo abstrajo de su concubinato de 700 esposas y 300 amantes-, asume en estos versos que su condición merece una justificación: ''Soy negra, pero hermosa'', dice. Y continúa: "como las carpas de Quedar, / como las cortinas de Shalmá. / No se fijen en que soy morena, / es que el sol me ha quemado. / Mis hermanos, enojados conmigo, / me pusieron a cuidar las viñas, / ¡y mi propia viña descuidé!".

Pero hoy somos nosotros los que llevamos a nuestras novias y esposas a que se expongan al sol, a que sean los rayos ultravioleta los que dictaminen lo que la genética no les dio en melanina. Porque tras todo pensamiento indecoroso, tras toda fantasía irresuelta, siempre hay una mujer de piel negra que nos está haciendo un guiño, que nos señala con el índice para luego recogerlo en ademán de "no seas tímido, aquí estoy para que hagas conmigo lo que quieras". Sólo que uno sabe -muy para sus adentros-, que ese "lo que quieras" terminará convertido, por obra y gracia de una sensualidad difícil de rebasar, en un "haz conmigo lo que buenamente puedas".

En nuestros sueños adolescentes más adultos muchas veces nos ha corrompido la visión del sudor transparente sobre fondo negro, deslizándose sobre unas caderas que se mueven zigzagueantes, una boca generosa de dientes perfectos y unas nalgas como dos mundos enteros. Y quisiéramos ser tan mulatos como ellas para sentir que podemos ir y estar a la par. Pero siempre temeremos ser inferiores a la expectativa.

Alejandra Guzmán, actriz cartagenera, se pasea sugerente ante la cámara fotográfica. Ella nos da la clave de todo, cuando le preguntamos qué es lo que hace que un director de casting la elija para un papel: "Que soy como una escultura a la que le faltan los últimos toques".

El cubano Francisco Muñoz del Monte escribió estos versos en 1845: "Cuando al son de la lúgubre campana / a la fosa su víctima desciende, / la cruel mulata su cigarro enciende / y a inmolar va a otro hombre a su placer". Así se pasean por nuestra cabeza, gorgonas que petrifican con la mirada. Por eso resultará imposible mirarla a los ojos sin que uno tema por su vida. Ni a ella, ni a Claudia ni a Yeimi Paola ni a Lina Marcela, las cuatro protagonistas de este peligroso encuentro fotográfico.

Es preferible descender la mirada por sus pieles. Verlas a la una cerca de la otra compartiendo guiños, sonrisas, gestos cargados de picardía, recuerda cuántos matices se excluyen cuando uno dice blanco o negro. Porque sus cuerpos reflejan gamas diferentes de una raza que no es una sola, que transita del rotundo ébano a la delicada avellana. La misma Alejandra dice no recordar cuál fue el último piropo que recibió con relación a su color de piel. Recuerda, eso sí, que llevaba la palabra "chocolate".

1. Del verso al baile

Salomón enloqueció por Makeda, reina de Saba. El general egipcio Radamés sojuzgó al ejército etiope y terminó enamorándose de una mujer a la que convirtió en esclava de su prometida. Aida, en la ópera del mismo nombre, logra llevar a su amante a traicionar a su pueblo en favor de la salvación del suyo. A Radamés, el genio de Giuseppe Verdi lo llevó a cantar la encendida aria Celeste Aida: "Tu hermoso cielo quisiera devolverte, / las suaves brisas del suelo patrio, / poner sobre tu cabeza una corona real, / erigirte un trono cercano al sol".

Imposible imaginar a Aida en toda su refulgencia como no sea en la piel de las más grandes y más negras cantantes líricas de la historia. En los ojos de gata de Leontyne Price, en la displicente elegancia de Kathleen Battle o en las formas rotundas de Jessye Norman. Ellas, como sirenas, saben que el canto es más magnético que el cuerpo.

Porque en un mundo donde la palabra "negra" deja de ser sustantivo para volverse adjetivo, y no de los buenos (decimos "suerte negra", "septiembre negro", "alma negra"), pocos halagos para una cantante igual a decir que tiene "voz negra". Y por eso nos enamoramos, sin verlas, de Billie Holiday, Ella Fitzgerald y Sarah Vaughan. A otras como Alicia Keys o Beyoncé, una vez que las vimos nos resultó imposible no verlas más, de la misma manera en que hoy nos mata la risa de Halle Berry, nos atemorizan los arrebatos de Naomi Campbell o nos sobrecoge el talento de India, la reina prieta del porno.

Como ellas, las negras más cercanas no dejan de sernos lejanas. Nosotros, hombres, por medio del proceso de conquista tratamos torpemente de hacer lo que los poetas lograban en versos. Ante ellas llegamos desarmados, apenas con lo que nos brindan, por ejemplo, canciones mucho más bailables que las óperas de Verdi. La salsa que habla de la mulata sabrosona y de las caderas como melao de caña se hace poderosa cuando las vemos bailar, cuando con dos o tres pases de cadera parecen decirnos que en su cuerpo hay un tambor y que cuidado nos acercamos a la baldosa en la que danzan, porque podemos salir disparados.

Lina Marcela Mosquera, virreina nacional, y Yeimi Paola Vargas, ex señorita Cartagena, no se conciben sin el baile. Y eso se nota. La primera asegura que la danza la llevan en las venas las mujeres de su Chocó natal; la segunda, que es la marca de agua de su color de piel. Mientras, Claudia Lozano, modelo y presentadora paisa, se califica como más reposada, y asegura no ser muy afecta a la rumba. No cabría mejor la frase "por los gustos se hicieron los colores".

2. Piel de ébano

Hace unos 15 años, todo periodista de diario bogotano que se preciara de serlo remataba los cierres de edición, entre dos y tres de la mañana, en algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad. En ese entonces una leyenda se paseaba airosa por la Whiskería de la 49. Por pálidas, todas las demás palidecían ante los más de metro ochenta y la corta y blanca faldita de enfermera que rechinaba en la negritud de Piel de Ébano. Ese era su nombre para los que frecuentaban el local. Era 1995 y la palabra prepago ni siquiera se usaba porque la palabra celular era todavía incipiente. Pocas se entregaban con el mismo esmero a su oficio de bailarinas exóticas como esa contorsionista gigante que era Piel de Ébano. Y nadie era indiferente a las mil piruetas que ejecutaba en la barra, siempre ante la expectativa de que abriera por fin su pequeño botiquín y extrajera de él una botellita de aceite para el cuerpo, que dejaba caer en generosos chorros ante la mirada idiotizada de los presentes.

Las demás eran las demás, las que hacían fonomímica con el cabo de una escoba.

En país de ciegos, sí, pero no tuerta: los que la vieron saben que Piel de Ébano pudo haber sido la reina del California, aquel hervidero de mulatas putas de La guaracha del Macho Camacho, la novela del boricua Luis Rafael Sánchez. Pudo haber mandado en ese sultanato de prietas, prietonas, prietísimas, acaneladas, negras como el carbón; mujeres grandes, grandísimas como las amazonas de la California. Hoy no sé nada de Piel de Ébano. Tampoco me afané jamás por preguntarla, a sabiendas de que no es bueno que al ratón le dé por buscar al gato. Acaso los clientes del California sean los afortunados destinatarios de su pelvis rabiosa.

Nos gusta vanagloriarnos con los amigos sobre lo mucho que conocemos de la mujer negra. Y por eso, porque sólo podemos hablar por hablar, siguen circulando necedades sobre su supuesta predisposición para las artes amatorias.

Los estereotipos terminan posicionando a hombres y mujeres negras en el lugar de objetos de deseo y no de sujetos constructores de relaciones sexuales y afectivas complejas y más estructuradas, denuncia la investigadora Mary Lilia Congolino en su estudio ¿Hombres negros potentes, mujeres negras candentes? Poco más hay que decir, como no sea que los que han estado con ellas se saben afortunados, no por una supuesta proclividad hacia el sexo, sino simplemente porque es imposible imaginar al destinatario de sus afectos como no sea en la figura de un hombre feliz.

Dice un dicho vulgar y populachero que "el que no come negra no va al cielo". Valga citarlo sólo para recordar que el cielo será ese mismo instante, y no otro.

3. Quién manda a quién

En la seguidilla de santos del llamado Panteón Yoruba cubano, la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, llamada Ochún por los santeros, es la de una mulata hermosa y magnética. Hasta la más santa de las negras es así de fascinante.

En el imaginario según el cual las rubias son tontas, las negras son la encyclopedia britannica de la seducción, el coqueteo y las trampas de la conquista. Trate de hacerles los mismos chistes de doble sentido que las demás no entienden: será usted el que aprenda algo nuevo de su natural picardía. Trate de "pedirlo" sin encontrar las palabras exactas, y le aseguro que un solo gesto indiferente de ellas minará por años su autoestima.

Bien que así sea. Corren otras épocas, diferentes de las referenciadas en estudios como Marriage, Colour and Class in Nineteenth Century Cuba, publicado por la investigadora Verena Martínez-Alier en 1974, que explica cómo los habitantes de la isla pudieron condicionar sus jerarquías mediante el arma del sexo. Según Peter Wade, en el prefacio del libro Raza, etnicidad y sexualidades (Universidad Nacional, 2008), el estudio mostró cómo "los hombres de piel clara y estatus social alto podían tener acceso con relativa facilidad a las mujeres de tez más oscura y estatus más bajo (...). La conclusión de este tipo de trabajos era que el dominio racial dependía del control de la sexualidad.

Ya quisiera el protagonista de Sentimental Journey -cuento de Mempo Giardinelli- haber tenido a mano un estudio como ese. El breve relato del argentino, valga el oxímoron, narra la inenarrable tensión sexual entre un latino muy guapo y una negra de proporciones celestiales, casi que mandada a hacer, únicos pasajeros de un solitario vagón de tren.

"A medida que fantaseaba se turbaba más pero también se dolía porque empezaba a pensar, a darse cuenta de que esos pechos magníficos, esa piel oscura y brillosa y como bañada en aceite de coco, esas piernas monumentales como obeliscos paralelos, no serían para él''. Ese es el pensamiento del hombre. Ella, mientras tanto, segura de sus atributos, no entiende que el hombre no la haya abordado. "¿Qué le pasaba? ¿Acaso ella lo había amilanado? ¿Acaso resultaba tan impresionante que el otro se retraía? A veces sucede eso con nosotras las mujeres, se dijo, asustamos a los hombres".

Que nadie nos diga mentiras: ante sus pieles tostadas somos un remedo de conquistador. Desde que el ojo se posa en la amplitud de sus formas llevamos las de perder. A partir de nuestra primera demostración de interés, estarán en posición de imponer las condiciones. Las cuatro maravillas que alternan en la sesión de fotos que hoy tiene usted enfrente son pruebas suficientes de esa maravillosa altanería.

Así las cosas, en cuestión de mulatas es usted el que debe esperar a llamar su atención. Mi consejo, querido amigo, es que no ataque, sino que sea presa. Espere pacientemente a que su actitud sea el detonante que propicie el encuentro. Deje que todo fluya con la filosofía del let it be y quien sabe, acaso después de un primer encuentro pueda ser posible que ella le pida su número de teléfono. E incluso puede suceder que vuelva a llamarlo en alguna oportunidad, con fidedigno interés.

Si tiene la suerte de que eso ocurra, déjese quemar.

MundoDonJuan

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