Edición 140

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Es recordado por ser el locutor estrella de Emisoras Nuevo Mundo, director de Caracol y, sobre todo, es recordado por ser el creador y presentador de la Teletón.

Carlos Pinzón no recuerda cuál fue la última película que vio. Y no es porque la última la haya visto hace mucho, sino porque ir al cine es una de sus actividades cotidianas. Siempre lo hace con Helena, su segunda esposa. Van al centro Andino, a las funciones de dos o tres de la tarde, comen en un restaurante -que suele ser italiano- y regresan a su apartamento. Pinzón mira la luz naranja del atardecer cubrir las casas y calles desde el barrio Egipto hasta la Autopista Norte y luego oye alguna sonata o sinfonía de Beethoven. Y ya. Carlos Pinzón no le puede pedir más a la vida.

Este hombre de finos modales y bigote cachaco es, para decir lo menos, la representación de la historia de la televisión y la radio en Colombia. Es recordado por ser el locutor estrella de Emisoras Nuevo Mundo, director de la Cadena Radial Colombiana, Caracol, presentador de los exitosos programas televisivos Domingos circulares y El club de la televisión y, sobre todo, Carlos Pinzón es recordado por ser el creador y presentador de la Teletón. Ese es, como dice él, su legado más valioso y el recuerdo más entrañable de su carrera en los medios. Fue la cara visible de un movimiento de solidaridad sin precedentes en Colombia.

Pero antes de ser la leyenda viva de los medios colombianos que disfruta del cine matutino y de la sonrisa incondicional de su esposa, Carlos Pinzón fue, hace muchos años, un joven. Un joven que un buen día -sin saber muy bien por qué- quiso aventurarse a viajar. Con su amigo Alfonso Rey decidió irse a Quito por tierra. En el camino Rey le confesó que se iba a casar con una de sus hermanas, y Pinzón le dijo: "¡Cómo vas a seguir! Devuélvete tú a Colombia y yo sigo". Y siguió. Terminó trabajando en la cafetería de una familia que lo acogió en Quito.

Después fue a dar a Buenos Aires, pero no se acuerda muy bien en qué año fue eso. "¡No había nacido Perón!", dice en broma y trata de recordar. Pero no puede. Sólo recuerda que el año en que vivió a orillas del Río de la Plata trabajó como empacador de la Droguería Franco Inglesa.

Pinzón hizo de todo. Empezó en estaciones radiales de provincia, como Radio Girardot, Ecos del Combeima y Transmisora Caldas de Manizales. Y después de ser el amo y señor de la radio en Bogotá inauguró la televisión con RTI, donde trabajó treinta años. Fue el promotor del museo taurino de la Plaza de Toros la Santamaría en Bogotá. Fundó la Asociación Colombiana de Locutores. Hasta intentó incursionar en el negocio publicidad, pero por suerte las agencias publicitarias no nos privaron a los colombianos del talento de Pinzón en los medios: nos habríamos perdido de su entrevista a Mao Tse-tung o la transmisión de la llegada del hombre a la Luna.

A pesar de haber sido el locutor que lanzó el merecumbé y el rock n' roll en Colombia, Pinzón es un amante de la música clásica. La conoció cuando su padre oía radio en su infancia pero se volvió un aficionado impenitente después de largos años de trabajo con su mejor amigo, Fernando Gómez Agudelo, el gestor de la televisión en el país. "Fernando era el hombre que más sabía de Bach, y cuándo él trabajaba como gerente en Mil Veinte y yo como locutor, después de poner música popular todo el día, por la noche yo le decía: "bueno, ahora sí un whiskycito y Bach todo lo que quieras".

Cuando Gómez Agudelo fundó RTI, Pinzón se fue con él y ahí empezó la historia de la televisión colombiana. Y fue a los estudios de RTI adonde llegaron José Malagón, Alfredo Sánchez y Alfonso Corredor, en sillas de ruedas, y le propusieron un proyecto. Los jóvenes profesionales habían oído a Pinzón promover innumerables campañas solidarias y deportivas en la radio y lo veían, con su bigote cachaco y su vestido de corbata, en El club de la televisión. "Era un programa eminentemente social, sin muchas pretensiones, pero que ayudaba mucho a la gente". Por eso acudieron a él a fin de promover el deporte para personas discapacitadas en Colombia.

Fue el mismo Gómez Agudelo el que mandó a Pinzón a Chile para que estudiara el modelo del Teletón. Allí Pinzón habló con Mario Kreutzberger -mejor conocido como Don Francisco- y al volver consolidó el Teletón, un espacio televisivo de 27 horas continuas en las que se recogían fondos para ayudar a los discapacitados.

El Teletón era relativamente fácil de realizar. En ese entonces a los canales públicos sólo les bastaba una orden de -digamos- Presidencia, para hacer la transmisión. Y a don Carlos, que todo el mundo lo conocía y sabían de su loable intención, nadie le decía que no. Ni siquiera García Márquez, que dio una donación generosa, aunque pidió que no fuera divulgado su nombre. Pinzón, que es tan honesto como sagaz, dijo que el Nobel de Literatura había hecho la donación. Y la solidaridad de la gente, de repente, se disparó.

"Sólo un hombre cómo él, de una sensibilidad inmensa, es capaz de hacer una obra tan grande como la que hizo con Teletón", dice Carlos Muñoz, su amigo y otra de las instituciones de la televisión colombiana. Cuando murió Fernando Gómez Agudelo, Pinzón sintió que era momento de despedirse de la televisión. Se retiró habiendo hecho la totalidad de sus programas en vivo y dejando un legado eterno para la pantalla chica colombiana. Siguió, un tiempo más, con su programa de música clásica en la Radio Nacional.

Ahora, en su retiro, parecen lejanas aquellas veces en las que presentó a Billy Pontoni en El club de la televisión. Pero ahora están más cercanos que nunca Bach, Beethoven y Brahms. En su apartamento tiene una colección notable de CD y una exhibición ejemplar de todos los aparatos de reproducción de música desde el tocadiscos; incluso tiene un reproductor de los efímeros MiniDisc y un iPod con toda su música.

Su última adquisición es un tocadiscos de última generación que, según él, se van a poner de moda otra vez. Ahora va a poder oír de nuevo los más de 700 LP de música clásica que tiene y volverá a sentir el inefable placer de "manosear los discos" antes de ponerlos.

Así como el maestro Ómar Rayo dejó como legado un museo en Roldanillo, Pinzón ha hecho lo propio en Zipacón, adonde fue a dar por su amistad con el torero Félix Cárdenas. Allí fundó la Casa de la Cultura y el Museo del Disco (lugares emblema del municipio que promueven el aprendizaje y la cultura de los campesinos), y el Festival de Música Clásica que lleva su nombre y que ya va en 31 ediciones.

Entre las decenas de cuadros que hay en su apartamento existen verdaderas joyas del arte: uno de Ómar Rayo, unas pruebas de Dalí y un singular dibujo de su mano hecho por el maestro Enrique Grau sobre una hoja de un hotel de Cali titulado "El dedo del Teletón". Es lo que más le gusta ver a Pinzón con sus ojos claros -a veces grises, a veces azules-. Lo que más le gusta ver, claro, después de los atardeceres y de la sonrisa de su esposa.

-¡Qué más le puede pedir uno a la vida!

Texto y Fotografía: Sebastián Jiménez Valencia

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