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El amo del escenario

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Lo único que le faltaba a Freddie Mercury era un homenaje en la pantalla grande.

Que tres artistas tan disímiles como Elton John, David Bowie y Slash estén en una misma tarima, parece una escena propia del delirio. Sin embargo, fue realidad: en abril de 1992 ellos, junto con Def Leppard, Spinal Tap, Tony Iommy y todos los integrantes de Metallica se reunieron en el estadio de Wembley, en Londres, frente a más de 70.000 personas para hacerle un homenaje a la única figura que todos ellos consideraban como un padre musical: Freddie Mercury, el líder absoluto de Queen, que había muerto unos cuantos meses antes. Cinco años antes, Mercury había descubierto que tenía una enfermedad desconocida que estaba matando a miles de personas en todo el mundo. En esa época, el VIH y el sida eran un tabú. Sus amigos y compañeros de banda –John Deacon, Brian May y Roger Taylor– lo apoyaron y decidieron seguir haciendo música como lo venían haciendo desde 1969.

En los últimos años realizaron The Miracle y Innuendo, dos trabajos legendarios, y editaron Greatest Hits II, que reunía los mejores éxitos del grupo. Incluso llegó a grabar como solista el álbum Barcelona, una ópera rock en colaboración con la soprano española Montserrat Caballé. Mercury era una leyenda viva. Los shows de Queen lo convirtieron en un ícono: cuando no usaba su típica camiseta esqueleto blanca, se ponía ropa extravagante: cuero, trusas ajustadas, tirantas y maquillaje. Pero nada era tan inconfundible como su poblado bigote y su actitud, capaz de poner a miles de personas a gritar “We are the champions” o Bohemian Rhapsody. Por eso, cuando anunció su enfermedad dos días antes de morir, en 1991, se convirtió en un ícono absoluto: sus fans se hicieron tatuajes, se vendieron camisetas con su rostro, aparecieron bandas tributo de Queen y bandas como Metallica y Nine Inch Nails grabaron covers de sus canciones. Lo único que le faltaba era un homenaje en la pantalla grande.

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