Edición 141

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Hace 27 años, Anthony de Ávila se puso por primera vez la camiseta del América. Hoy es el jugador activo más viejo del mundo. Esta es su historia

Anthony de Ávila marcha a contramano. Sube las escaleras mientras que el resto del equipo las baja. Camina solo, como un fantasma del pasado, por la pista atlética de la sede del América de Cali. Acaba de terminar un día cualquiera de entrenamiento y a su lado los demás jugadores parecen piezas hechas en un mismo molde. Anthony, en cambio, es un viejo guerrero que avanza a paso lento en sandalias, con una toalla azul al hombro y, pegada al pecho, la camiseta roja del América, la misma que se puso por primera vez hace 27 años. Tiene un marcado acento costeño, 257 goles de historia, las uñas de sus pulgares pintadas de rojo escarlata y un metro con cincuenta y nueve centímetros y medio de estatura.

Hace diez años, cuando terminó su tercera temporada con el Barcelona de Ecuador, decidió retirarse. Dejó el fútbol. Y hoy, con 45 años, arrugas en el rostro y finas canas en su pelo revuelto, regresó para el asombro de todos. Volvió a jugar profesionalmente el pasado 2 de agosto ante una tribuna que rugió de emoción cuando en la paleta de cambios apareció un luminoso número siete. Entonces, Anthony, el mayor goleador de todos los tiempos de América, se persignó, dio un salto y entró de nuevo a la cancha.

No sintió asfixia, ni se lesionó, rindió tan bien como todos los otros porque, en realidad, nunca ha dejado el fútbol. Nunca ha dejado de ejercitarse. Hasta hace poco, cuando jugaba partidos de veteranos, era, de lejos, el más veloz, y desde el año pasado trabajaba como entrenador de delanteros en América.

En este año un dirigente del equipo le propuso volver a jugar por seis meses en el equipo que lo vio crecer. De Ávila no tuvo que pensarlo mucho. Aceptó el millón y medio de pesos que le ofrecieron de sueldo y decidió vestirse de nuevo de rojo. "Al principio era puro marketing", confiesa. Pero, por otro lado, la idea de que sus dos hijas menores, Lenka y Antoniella, lo vieran jugar por primera vez, lo ilusionó todavía más.

Cuando se conoció la noticia de que Anthony iba volver a jugar, se armó un avispero. Los medios de todo el mundo registraron la noticia: la BBC de Londres, CNN, ESPN, The Guardian, la RAI. Su retorno lo convirtió en el jugador más viejo del mundo.

Pero el mayor alboroto se produjo en Colombia, "¡Qué deshonra para el fútbol colombiano!". "¡Qué irrespeto!". "¡Pero si ese tipo es un abuelo!". "¡Qué bufonada!". Anthony, sin embargo, defendió su posición, incluso cuando le preguntaron si no temía poner en riesgo su vida. "Si me muero jugando, será con gusto", respondió.

De Ávila nació el 22 de diciembre de 1963 en santa marta. vivía en el barrio Pescaíto, el mismo del Pibe y estudiaba en el Liceo Celedón, el mismo del Pibe y de Escalona. Solía pescar con su padre y jugar chechita, el béisbol callejero donde los palos de escoba se convierten en bates y las tapas de gaseosa reemplazan a las bolas. Su padre, al que le decían ''el Pipón'' por barrigón y diminuto, fue un gran beisbolista e integró la selección Colombia y la selección Magdalena que ganó el campeonato nacional de 1978. Anthony no sólo heredó el tamaño de su padre sino también una suerte de diminutivo de su apodo: el "Pipa".

Y aunque el "Pipa" era un buen paracortos, siempre prefirió el fútbol; cada vez que podía se colaba los domingos al estadio Eduardo Santos para ver jugar al Unión Magdalena. Con su tamaño y velocidad, ¿quién lo iba a notar? Y en las tardes samarias, iluminadas por un sol rojizo, entre el polvo y la arena gambeteaba, amagaba, frenaba, aceleraba y nadie podía alcanzarlo; era tan rápido como el balón. Fue bien recibido en una liga que tenía el equívoco nombre de Los Troncos. De allí pasó a Oscar Deportivo, luego a la selección Magdalena y posteriormente a la Guerrilla Deportiva, la liga de su departamento. Mientras jugaba en este último equipo le cambió la vida.

Hugo Morales, empresario de fútbol de Santa Marta, lo descubrió. Luego de verlo jugar, Morales llamó a Gabriel Ochoa Uribe, técnico de América de Cali, y le dijo: "Tengo un jugador muy bueno. El único problema es que es muy pequeñito". Y un domingo de 1981, Ochoa lo vio jugar con la Guerrilla Deportiva en un juego preliminar de un partido entre América y Unión Magdalena. En efecto, era diminuto, pero su cambio de ritmo era endemoniado y su velocidad, la de un relámpago. Ochoa decidió llevárselo para el América y Anthony William de Ávila daría el paso al profesionalismo.

Su carrera, desde el primer año, 1982, es pura gloria. Ganó siete campeonatos nacionales con América y uno con el Barcelona de Ecuador. La Federación Internacional de Estadística lo incluyó en la lista de los mejores 300 goleadores de todos los tiempos. Fue goleador del fútbol de Colombia en 1990 y de la Copa Libertadores en 1996. De esta última fue cuatro veces subcampeón, tres con el América y una vez con el Barcelona. Es uno de los más importantes jugadores en la historia del Metro Stars de Nueva York. Participó en los mundiales de 1994 y 1998 con la Selección Colombia.

Ahora es el jugador más viejo en la historia del fútbol colombiano, superando al argentino Manuel ''el Charro'' Moreno que jugó con el Medellín hasta los 44 años. Hoy, 28 años después de que lo viera por primera vez, Gabriel Ochoa Uribe, 79 años y cabeza afeitada a ras, dice: "Anthony... ¡Mi niño! Después de conocerlo triunfando es muy duro tener que verlo dando pasos de ciego". Para Ochoa, el "Pipa" no merece aguantar cargas que ya no puede soportar, ni asumir la responsabilidad de salvar a un equipo en crisis, llevando gente al estadio como si se tratara de un espectáculo circense. "No, mi muchacho ya no está para jugar. Él debe entender que se trata de fútbol profesional. Si se equivoca, se van a burlar, lo van a insultar".

¿Qué significa que el "pipa" vuelva al América? significa la vuelta del máximo goleador del equipo más antiguo de Colombia, un club nacido en 1927 en los barrios populares de Cali. Los integrantes de la clase obrera encontraron en el América el club de sus afectos. A ese grupo de hinchas pertenece Mario Orozco, hincha desde hace setenta años. Orozco, un ex vendedor de electrodomésticos puerta a puerta, no duda en afirmar que Anthony es "el primer goleador del mundo". "Lo más grande".

Su mayor felicidad se la dio el "Pipa" cuando le anotó al Cali dos de los tres goles con que consiguieron el campeonato de 1992. Hoy, Orozco tiene 79 años. Pronto le harán una delicada intervención quirúrgica en la vena yugular pero está tranquilo porque los médicos que lo operarán son del América. "Si fueran unos malparidos del Cali, me mataban".

Hasta ese extremo llega el fervor por el América. En Cali es inolvidable un hincha llamado Antonio Ortega que tenía pintado todo de rojo: la casa, las puertas, los muebles. Tenía una nieta llamada América y un nieto llamado Américo. Ortega murió con la camiseta del América puesta. Los hinchas reclaman resultados, no homenajes a leyendas vivas. Y el equipo no está bien: a veces su sede se queda sin agua; otras veces no tiene luz, el piso de la pista atlética está descascarado y, por si fuera poco, los pagos de los jugadores, que no son los mejores, se demoran en llegar. La fastuosidad es cosa del pasado, de los años del Cartel de Cali, cuando Miguel Rodríguez Orejuela era el amo y señor del club.

Eran los tiempos de sueldos astronómicos. Los tiempos en que los jugadores se reunían a comer carne en el Rancho de Jonás. Tiempos en los que Anthony se tomaba un par de submarinos, -tragos de cerveza con aguardiente- los domingos al caer la tarde. Carros Mercedes, camionetas Toyota, deportivos BMW, llenaban el parqueadero de la sede del club, y los premios de los jugadores eran gruesos fajos de dólares. En 1998, Anthony le anotó un gol a Ecuador que encaminó a la selección hacia el Mundial de Francia: "Quiero dedicar este gol a todas las personas que por una u otra razón están privadas de la libertad. Lo dedico a Miguel y a Gilberto Rodríguez". No se arrepiente, hoy lo recuerda y dice: "Me sostengo en mi posición". Cuenta que los Rodríguez siempre le dieron buenos consejos: "Mijo, ahorre", "Mijo, mire que su profesión es muy corta".

Luego de ganar el título nacional de 1990, en una fiesta en la que estaban los presidentes de todos los clubes, Miguel Rodríguez mandó llamar a Anthony. Cuando lo vio, se paró de su puesto, lo abrazó y lo levantó mientras gritaba: "¡Este es mi hijo. Este es mi hijo!". Fue tan largo aquel abrazo que los dos cayeron al piso entre risas. "Yo era la alegría de él", dice orgulloso el "Pipa". Pero los Orejuela son apenas un recuerdo. La vida del Pipa gira en torno a Dios. "Él es todo", afirma. Cada día eleva oraciones al Señor. Es tan creyente que a comienzos de los años noventa decidió tapar con un espadadrapo blanco el diablo rojo característico del América que adornaba su camiseta justo a la altura de su corazón. Tenía un altar en su casa.

Anthony, sin embargo, fue un diablo en sus primeros años en Cali. Le gustaban, según cuenta el escritor Umberto Valverde, director por muchos años de la revista del América, "la rumba, la salsa brava y las discotecas bravas. Andaba armado y se volaba de las concentraciones". A Ochoa le tocó apretarle las riendas. El "Pipa" complementa su vida con otras aficiones. Le apasionan la agricultura, las aves, la ganadería. Hasta el 2005 vivió en Ecuador, donde tuvo un cultivo de arroz en un lugar llamado San Borondón, cerca de Guayaquil, donde Anthony vivió hasta hace cuatro años, pero el negocio se vino a pique y decidió devolverse. Volvió a Cali, montó una escuela de fútbol que no funcionó, buscó mejor suerte en Bogotá. Nada. Finalmente retornó al América. En Cali vive en el sector de Pasoancho con su esposa, Lida Valenzuela, y sus hijas. Y con su querida biblioteca.

Su afición por la lectura surgió luego de que en uno de tantos entrenamientos Gabriel Ochoa les dijo a sus jugadores: "Leyendo pueden entender mejor la vida". Anthony siguió el consejo y desde entonces ha leído todos los libros que ha podido. Hace poco le regaló a su hija Mabel, de 17 años, Cien años de soledad, pero su obra preferida de García Márquez es El general en su laberinto. Actualmente está terminando un libro de Francis Collins, director del proyecto Genoma humano, titulado ¿Cómo habla Dios?

Sus compañeros recuerdan a Anthony como un hombre de pocas palabras cuya timidez quedaba a un lado cuando entraba en la cancha. Sin importar la cantidad de patadas que le lanzaran, seguía adelante; por cada patada, dos enganches, un túnel, o un ocho.

Willington Ortiz, ídolo del "Pipa", le enseñó a abrir los brazos, sacar los codos, proteger el balón con el cuerpo, defenderse contra los más altos en la cancha. Juan Bataglia, famoso puntero derecho del América, no olvida los almuerzos que compartió con el "Pipa" en la avenida Sexta de Cali, ni sus rezos al Señor de los Milagros de Buga. Y menos las gambetas que desenredaban los partidos. Willington recuerda que le dio varios consejos al joven que apenas empezaba en el fútbol: "No te desesperes por ser titular. Tienes que tener paciencia", le dijo. Lo cierto es que con el arribo de Anthony, llegaron los triunfos al América: cinco campeonatos en línea entre 1982 y 1986.

Anotó sus dos primeros goles ante el Unión Magdalena, en el estadio que mejor conocía: el Eduardo Santos, de Santa Marta. Vinieron para él las vueltas olímpicas, las finales de Copa Libertadores. Y también la enorme tristeza de fallar un último cobro, el penalti decisivo contra Argentinos Juniors en la final de la Libertadores de 1985. Lejos de Colombia, también hizo historia. Al club argentino Unión de Santa Fe llegó en 1987. "Necesitaba un delantero rápido y hábil porque nosotros jugábamos al contragolpe", cuenta Leopoldo Jacinto Luque, técnico de Unión en tiempos de Anthony. Luque confiesa que es uno de los mejores delanteros que ha visto en su vida. Lo dice quien fue campeón del mundo con Argentina en 1978 y goleador histórico de River Plate.

En Unión estuvo con jugadores que se consagrarían con el tiempo como el arquero Óscar Passet, Ricardo Altamirano, Alberto ''el Beto'' Acosta; todos jugaron con la selección Argentina. Contra River, Unión ganó 3-1. Anthony se lució. Los mundialistas Óscar Ruggeri y Rubén Gallego no pudieron hacer nada contra su habilidad. Les dio un baile memorable, tanto, que al final del partido lo buscaron en los vestuarios para golpearlo porque sentían que se había estado burlando de ellos en la cancha. Y allí estaba el "Pipa", tan pequeño como listo para la lucha. Pero Luque evitó que se agarraran a puños. Les explicó a los de River: "Él juega así siempre. Es su estilo. Amagar, frenar... Su fútbol es alegre". Al final, Ruggeri y los demás aceptaron las explicaciones y, entre risas, sacaron la conclusión de que "Al pequeñín no lo paraba nadie".

Estuvo a punto de pasar a Independiente de Avellaneda, pero Miguel Rodríguez lo quería de vuelta en el América. Rodríguez lo llamó y le dijo que se devolviera. Anthony le contestó: "No, yo qué me voy a ir. Independiente es un club muy grande y de ahí me puedo ir para Europa". Pocos días después de esta conversación, Carlos Quieto, el empresario que lo llevó a Unión y que estaba negociando con Independiente, lo llamó alarmado: "¡Tenés que devolverte a Colombia!, ¡tenés que devolverte o si no los Rodríguez me van a matar!", le dijo.

Desde su último regreso al América de Cali, Anthony ha hecho dos goles, uno de chiripazo al Pasto y otro a su rival de siempre, el Cali. Corría el minuto 60 del primer tiempo, el partido estaba enredado, Cali jugaba mejor. De Ávila arrancó velozmente desde la mitad de la cancha, buscó un lugar en el centro del área y pidió el balón, que le llegó flotando por el aire. Lo dejó picar una vez y le clavó un zurdazo furibundo: ¡Goooool! ¡Gol, gol, gol del Pitufo Anthony de Ávila!

En ese instante, la popular barra barón rojo, que se ubica en la tribuna norte y es conocida por su fervor a Anthony de Ávila, se enloqueció. Mario Orozco sintió que si moría en ese instante, moría en paz. "Ese estadio se iba a caer", afirma, y remata diciendo, "otra vez les dimos a esos hijueputas del Cali". Aquel gol le trajo a la memoria los más grandes goles del Pitufo: lo devolvió a la final de la Copa Libertadores de 1996, cuando Anthony picó el balón casi desde la línea de córner y le anotó un golazo al River Plate de Francescoli, Ayala y Crespo. Recordó un cabezazo en el que desafió la altura contra Universitario de Deportes en 1983 y aquel gol a René Higuita que le dio al América el título de 1990. El "Pipa" -el delantero que más goles le ha anotado al Cali, 19 en total- había vuelto para marcar de nuevo. Doce años después se volvió a salir con la suya. Regresó para amargarles otra tarde de fútbol a sus rivales de siempre.

Anthony, ya se dijo, marcha a contramano. Su rutina no es la misma que la del resto de los jugadores. El preparador físico de América, Horacio Vásquez, dice que hay que controlar su estado físico escrupulosamente. "Anthony tiene que ser consciente de que no puede dejarse llevar por la emoción de volver". El contrato de su regreso al América fue firmado por seis meses, pero el Pitufo está "embalado" y quiere seguir haciendo goles, porque cuando se ha tocado la gloria es difícil aterrizar de nuevo en la tierra de los mortales.

Los recuerdos de sus mejores días siempre están presentes y hay uno especial que vuelve a su memoria recurrentemente: después de haber conseguido el empate en un partido contra Independiente, salió del vestuario de Unión de Santa Fe y se encontró un callejón formado por cientos de hinchas que empezaba en la entrada del camerino y acababa en la salida del estadio. "¡Colombiano, no te vayás!", "¡No te mueras nunca!", le gritaban. Muchos se agacharon para besarle los pies. Anthony miraba atónito aquel montón de gente desconocida que le rendía pleitesía mientras él salía cargando en sus brazos a Cindy, su primera hija.

Cindy tiene hoy 22 años, la misma edad que tenía Anthony cuando disputaba su primera final de Copa Libertadores. "No joda, cómo pasa el tiempo, ¿no?", se pregunta el Pitufo y arruga el rostro. No sabe cuánto más va a jugar. "Quiero hacer goles en 2010 y quizás 2011. Lo que Dios -dice un amante del diablo- quiera".

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