Edición 138

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Anthony Bourdain, el chef que rompió fronteras

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Anthony Bourdain logró que toda una generación se enamorara de la comida.

Parece la escena de una película de Fellini: un hombre vestido con traje y sombrero camina amenazante por una playa de Roma en blanco y negro. Es el preludio de un tiroteo entre mafiosos, o al menos eso creen los que están viendo el televisor. Hasta que el hombre llega a una mesa y pide un negroni.

Anthony Bourdain fue un genio. Llenaba sus programas de referencias culturales hacia el cine o hacia la música y de una manera muy sutil hizo que la gente que lo seguía por televisión le perdiera el miedo a la comida. Gracias a programas como No Reservations y Parts Unknown la gente aprecia hoy comer en las plazas de mercado y pide la carne en término medio o azul, como es debido. Y gracias él la generación que les toma fotos a la comida sabe quién es Federico Fellini. Ante todo, Bourdain fue un escritor magnífico: se publicaron una docena de libros suyos, como
Confesiones de un chef, En crudo y Malos Tragos. En ellos reflexionó sobre su vida, sobre el mundo o sobre cualquier cosa que le venía a la cabeza. Su primer ensayo, que publicó en The New Yorker en 1999, definió el estilo de su voz: “La buena comida, el buen comer, es solo sobre  sangre y órganos, crueldad y decadencia. Es sobre grasas de cerdo ricas en sodio, quesos apestosos con triple crema, las glándulas tiernas y los hígados suaves de animales jóvenes. La gastronomía es la ciencia del dolor”. ¿Alguien podría haberlo descrito mejor?

Su virtud fue que nunca calló nada. Así era él: le daba igual escribir cuánto disfrutaba una cerveza fría o cuánto temía que su hija y toda la generación de niños terminara adicta a la comida chatarra gracias al marketing de las cajitas felices. Por eso, una vez, escribió en un ensayo la clave perfecta para evitarlo: contarles a los niños pequeñas mentiras, como que el payaso de la cadena de hamburguesas más grande del mundo tenía la cabeza llena de piojos. Genio.

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