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En la vida real Angie es pudorosa en exceso y sacó al periodista del set donde se hizo la portada. Y empezó una relación de amor y odio que culminó en estas fotos y una carta que ahora reproducimos.

Angie Cepeda enloqueció a los 635,137 espectadores que vieron su impactante desnudo en la adaptación cinematográfica de Pantaleón y las visitadoras y a los dos millones que lo han visto en Youtube. En la vida real, sin embargo, Angie es pudorosa en exceso y sacó al periodista del set donde se hizo la portada de la revista. "No quiero que me veas en calzoncitos", le dijo. Y empezó una relación de amor y odio que culminó en estas fotos y una carta que ahora reproducimos.

Por Simón Posada // Fotografía Raúl Higuera

Querida Angie,

Te odié, debo confesarlo. Cuando llegué el sábado en la mañana a la casa de Raúl Higuera para la sesión de fotos y me demoré quince minutos intentando parquear en un sótano diminuto, y después subí y te saludé y te dije que te iba a entrevistar y me dijiste que no, que ese día no querías hablar, que ibas a estar ocupada, "y hay fotos en calzoncitos y no quisiera más gente, ¿me entiendes?", en verdad te odié.

Y tampoco entendí. Cómo podría entender si hay un video en Youtube con casi dos millones de vistas en el que sales desnuda en las escenas de Pantaleón y las visitadoras. Para mí, la verdad, no hay diferencia entre verte en ropa interior en vivo y en directo o en las fotos de una revista. Me da lo mismo, porque además, esa mañana vi en ropa interior a mi novia que, como tú, se llama Angélica María, también vivió en Barranquilla, también es signo Leo, y además sus amigas también le dicen Angie. Y, la verdad, nunca la cambiaría por ti (creo que acabo de ganar un millón de puntos con ella).

Pero después me calmé. Me fui al estudio de la casa de Raúl y me puse a golpear una pera de boxeo que colgaba del techo. No te preocupes, no me imaginé tu cara en la pera -el odio no era para tanto-, solo lo hice mientras pensaba qué podía hacer. ¿Y adivina qué hice? Me fui al Museo del Oro a mirar el poporo quimbaya. Estuve media hora hablando con una guía que me contó su historia y me hizo mirarlo con los ojos entreabiertos. ¿Sabías que en el poporo quimbaya se ven varias figuras? ¿Un oso? ¿Una persona? ¿Una rana? ¿Un jaguar? Cuando quieras vamos, te invito.

Ya en la tarde, de regreso a mi casa, me puse a pensar en las otras personas que se habían negado como tú a darme una entrevista. Y por una extraña casualidad, una de ellas fue Virginia Vallejo, la mujer que interpretas en Escobar, el patrón del mal, con el nombre de Regina Parejo, un personaje que, según tú, está nutrido con otras mujeres de Escobar, con las que conversaste, pero de las que no me quisiste hablar ni dar detalles.

Sin embargo, tú fuiste mucho más sutil que Virginia, quien me escribió un correo electrónico en el que me decía que toda la vida había sido una celebrity, que no necesitaba salir en ninguna revista ni en videos asquerosos para que los vieran perano, zutano y perencejo, que eran unos pedófilos, y que más bien les dijera a las hijas de perano, zutano y perencejo, que se bajaran los pantalones en Youtube, "como hacen sus madres con sus mozos a falta de hombres en casa".

La verdad, querida Angie, no pensé que, al final, me fueras a dar la entrevista, y desde el sábado estuve pensando en cómo iba a escribir sobre ti sin entrevistarte. Pero al verte llegar al café Brot el miércoles siguiente, con el pelo ensortijado y tus gafas enormes, mi odio disminuyó. Incluso, todo mejoró cuando te antojaste de mi jugo de fresa y pediste uno igual. Y empezamos a hablar de comida, porque no habías comido nada en ese día -¡ya eran las 11.30 a. m.!-, y me dijiste que procuras no comer harinas, y que la noche anterior habías comprado en una pesquera una cazuela congelada y te la habías comido con gusto.

Yo te dije que ni loco me comería una de esas, y luego te hablé del libro Comer animales, de Safran Foer, que me tiene en serios dilemas alimentarios, y me dijiste que no lo habías leído, pero que viste The Cove, porque amas ver documentales, y hablamos de los delfines y de Flipper y de las latas de atún que dicen Dolphin Free, y ahí recordaste que en tu curso de buceo nadaste en Providencia con delfines salvajes al atardecer.

En ese momento también recordaste que nunca has matado a un animal, que quizá es posible que hayas matado a alguna arañita en la ducha al tratar de salvarla de las aguas, pero sí te acordaste de la vez en que Lorna y tú mataron una polilla por accidente cuando eran niñas, y creyeron que la mamá polilla iba a buscarlas para vengar la muerte de su hija.

Yo sabía que por el tema de la comida podía llegar a tu niñez, y me contaste que el plato de tu infancia eran las papitas fritas que hacía Emilce, la señora del servicio de tu casa en Castillo Grande, en Cartagena. Delgadas, crujientes por fuera y blanditas por dentro. También te acordaste de los corozos con sal, de los helados de La Foquita, en Bocagrande, y los raspaos, que todavía pides con leche condensada. También dijiste que no te importaba que el vendedor tuviera una uña negra y grande, y yo me reí y tú también y por un momento pareció que hubiéramos sido amigos durante toda la vida.

Pero cuando te hablé de Magangué -donde tu papá fue alcalde- el encanto desapareció, porque sabes muy poco del lugar donde naciste. Yo quería preguntarte cómo era vivir a orillas del Magdalena, que si alguna vez habías ido a pescar, que si de niña odiabas las espinas del bocachico, si conociste a Martin Madera, si jugabas en el barrio Versares -donde durmió Simón Bolívar alguna vez- o si le rezabas a la Virgen de la Candelaria para que te protegiera del Mohán.

Pero no, tu niñez fue en Cartagena, y tu adolescencia en Barranquilla, cuando tu mamá fue juez sin rostro y juez penal militar. Allí también conociste a las barranquilleras más famosas del mundo. Estudiaste en el colegio con Shakira, en La Enseñanza, y la recuerdas porque bailaba muy bonito, siempre participaba en las presentaciones del colegio y además jugaba al basquetbol, como tú. La última vez que la viste fue en el backstage de un concierto suyo en Los Ángeles, y te dijo lo mismo que siempre te ha dicho: "Oye, tú deberías ser rubia". No sabes por qué lo dice, pero quizá por dentro te queda la tranquilidad de que cuando niña tú eras rubia de verdad, mientras que Shakira es rubia hoy, pero de mentira -no te preocupes, eso lo dije yo, no tú-.

De Sofía Vergara, en cambio, no hablas tanto, aunque me diste a entender que la conociste mejor. De hecho, ibas de paseo con ella a las playas de Bello Horizonte, en Santa Marta, cuando tenían 16 o 17 años. Recuerdas que en ese momento ella ya estaba con Joe, pero que todavía no había quedado embarazada de Manolo. Afortunados aquellos que las vieron juntas en bikini, en la misma playa, con la piel untada de arena y el pelo pegajoso con sabor a mar.

La verdad, Angie, es muy difícil entrevistarte. No sé si tienes una máscara o qué, pero tus respuestas son muy generales, muy digeridas y cuidadas, y en ese proceso pierdes detalles. Además, tienes mala memoria, me lo confesaste, y cuando te quedabas pensando en una respuesta durante un rato gritabas "¡me choca!", con un acento costeño inigualable que creí que habías perdido en tus años en España.

Y tus labios en ese momento, en la sílaba "cho", se estiraban, se llevaban toda la atención del lugar y se tragaban todo a su paso, como cuando un caracol se posa sobre una hoja y la hace desaparecer por completo. Esa fue la parte de tu cuerpo que más admiré, tus labios, y por un momento hubiera querido babearlos, pedirte el favor de que dijeras "cho" y estrellarte contra un vidrio para que te quedaras ahí pegada, colgando de ellos por el efecto de la succión.

Así es Angie, no te conocí, eres una persona muy difícil de conocer. Si me preguntan si eres buena o mala persona, no sé qué decir. Además, ¿quién soy yo para decirlo? Pero está bien, dicen que esa es una de las claves para ser buen actor, porque eso evita que tus papeles se contaminen con tu vida privada.

Por eso, después de casi dos horas de conversación me rendí y dejé de tratar de conocerte. Sin embargo, no me iba a ir sin preguntarte quién había sido el afortunado que pintaba el pececito azul que lucías en tu nalga en la telenovela Las Juanas. Te reíste, diría que te sonrojaste si hubiera podido verte detrás de las gafas que luciste durante toda la entrevista. "Era una maquilladora, una mujer", dijiste, y me contaste que el pez lo dibujaban con la ayuda de una plantilla, como un esténcil.

Entonces me despedí, tu mánager pagó la cuenta y me fui a comer pizza con un amigo mientras me mostraba las fotos de un cadáver que fotografió en una fosa común en El Salvador. Tú, en cambio, te fuiste a La Despensa a almorzar con Christian Meier, con quien estarás en una producción de Fox que se llamará Divorciados bajo el mismo techo. Hace cerca de trece años que no trabajaban juntos, desde la época de la telenovela Luz María, en la que se besaron en gran parte de los 176 capítulos.

¿Recordaste esos besos durante el almuerzo? No sería capaz de preguntarte eso en tu cara, pero sí sé que Rodolfo Hoppe, el productor argentino de la telenovela, ha dicho que no sabe si pasó algo entre Christian y tú durante la grabación, pero acepta que hubo rumores. También sé que en otra mesa del restaurante estaba el expresidente César Gaviria con un amigo -"me falta el tacu-tacu", le oyeron decir-, que en un momento se acercó Rafael Osterling a saludarte y que, en verdad, Christian y tú se veían almorzando como un par de amigos de toda la vida, nada más que eso.

Supongo que no pediste harinas. Puedo suponer, también, que habrás comido ceviche, quizá para recordar los que pedías en el restaurante Francesco, con vista al Malecón de la Marina, en la época en que vivías en Lima.

Pero ya está bien querida Angie, basta de suposiciones, es todo por ahora. Te dejo, te deseo mucha suerte, fue un placer intentar conocerte y espero no encontrarme contigo en la calle. No quisiera que me regañes por escribir esta carta pública. Un abrazo y espero, de verdad, que la pases bien en tu regreso al país.

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