Edición 140

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Las palizas de Pambelé, los estrellones y triunfos de Montoya, el 5-0, la medalla de oro de Urrutia, los goles de Willington Ortíz y del Tino Asprilla, las etapas de Lucho Herrera y mucho más

Las 500 millas de Indianápolis

En medio de la algarabía, a Juan Pablo Montoya le pusieron una corona de flores en el pecho. Un montón de brazos querían cogerlo a la vez, pero él estiró su mano derecha y agarró la botella de leche, el símbolo para el campeón de las 500 millas de Indianápolis. Entonces brincó, bebió un primer sorbo -largo y profundo- y así cumplió con el tradicional rito. Minutos antes, tan pronto su auto rojo número 9 del equipo Target Chip Ganassi pasó de primero bajo la bandera ajedrezada, empuñó la misma mano para moverla de atrás hacia adelante con furia y felicidad. Ese día, el domingo 28 de mayo de 2000, Montoya lideró la prueba durante 167 vueltas y sintió una alegría parecida a la del británico Graham Hill, quien 33 años antes había sido el primer novato en ganarla. Después le agradeció a su equipo, se bajó del carro, le pasó la botella de leche a su papá, Pablo, y le ofreció sus brazos a la gente que se moría por celebrar con él.

El 5-0

No hubo necesidad de palabras. El lenguaje del fútbol lo decía todo. Iban a ser las ocho de la noche en Buenos Aires y de tanto silencio que había en las tribunas del estadio Monumental, se alcanzaban a escuchar, allá abajo en la cancha profanada, los gritos y las risas de 11 futbolistas colombianos que acababan de propinarle a la selección de Argentina la derrota más humillante de su historia: la del 5-0. De repente, el símbolo de aquella gesta, un rubio de pelo ensortijado y con el número 10 al que le decían "el Pibe", desbarató la montaña humana que se había formado y caminó hacia la entrada de los vestuarios. Le tocó devolverse y andar hasta el centro del campo porque, también de repente, los cerca de 70.000 aficionados argentinos se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir. "El Pibe" levantó los brazos hacia el cielo en señal de agradecimiento y uno de los que aplaudían era nada menos que Diego Maradona. Vestido con la camiseta celeste y blanca y con una mueca de dolor en su cara, sus aplausos fueron fuertes y prolongados, con las mismas manos que cuatro días antes le habían servido para mostrar en la televisión que Argentina debía ganarle a Colombia, porque en el fútbol, según él, por historia y por presente estaba mucho más arriba. La gente seguía de pie y aplaudía sin parar, al mismo tiempo que los demás jugadores colombianos llegaban donde "el Pibe" e imitaban su gesto. Tras los aplausos, las tribunas del Monumental volvieron a quedar en silencio. Los argentinos salían como si acabaran de presenciar el entierro de su propia madre. En cambio, en un rinconcito del estadio, el del camerino colombiano, se improvisaba un festejo sin antecedentes.

El Tour de Francia-1985

Al comenzar el ascenso hacia Saint Ettiene, Luis Herrera partió del lote sin pena y sin pedirle permiso al líder del pelotón, el francés Bernard Hinault. Es más, el colombiano le dijo: "Nos vemos en la meta". En el premio de montaña tenía una ventaja de 1 m 50 s sobre el grupo y comenzó a descender. En una curva cerrada se encontró con greda derretida y trató de esquivarla, pero ese esfuerzo lo llevó a perder el equilibro y a rodar por el asfalto. Rápidamente, Herrera se paró, se montó en su bicicleta y comenzó a pedalear. No se dio cuenta de que el arco superciliar izquierdo se le había roto. Solamente lo percibió cuando la sangre empezó a mojar su camiseta blanca con pepas rojas. "Eso me dio más valor", diría después "Lucho", que siguió pedaleando hasta llegar a la meta. Allí alzó los brazos en señal de triunfo y al bajarse de la bicicleta se lo llevaron al hospital. A Hinault no lo vio en la meta, como le dijo en plena carretera, sino en una camilla, a su lado, pues también sangraba, víctima de una caída.

El gol de Diego Aguirre

El "día de las brujas" de 1987 parecía ideal para que los "diablos rojos" del América ganaran por fin la Copa Libertadores, después de dos intentos fallidos en 1985 y 1986. Jugaban en el estadio Nacional de Santiago de Chile frente a Peñarol y el partido iba 0-0, un marcador que les permitiría ser campeones. Iban 119 minutos y 55 segundos de juego. Sólo faltaban cinco segundos para alcanzar la gloria. Era cuestión de que el árbitro chileno Hernán Silva se metiera el silbato a la boca y listo. Sin embargo, en ese momento el uruguayo Daniel Vidal tomó un rebote y le metió un pase corto en el borde del área a Diego Aguirre, que enganchó hacia adentro, hizo una diagonal hacia el arco y mandó un remate de zurda, cruzado, que venció al arquero Julio Falcioni. Fue gol de Peñarol, el gol que en el último instante del torneo volvió a frustrar el sueño americano. Mientras Aguirre corrió como un poseído a celebrar, los "diablos rojos" del América sintieron que los acababan de mandar para el infierno.

Camilo Villegas gana su primer torneo PGA

Parecía que una pila de reflectores apuntaba hacia él. Camilo Villegas no gritó. Casi ni festejó. Segundos antes, el último de sus 265 golpes en cuatro días hizo que la bola recorriera menos de un metro para meterse en el hoyo 18 del campo del Cog Hill Golf and Country Club, en Lemont (Illinois, Estados Unidos). Él se quedó parado en el mismo sitio en el que hizo el tiro, miró hacia arriba y solamente levantó su puño derecho. No necesitaba muchas expresiones más para demostrar su alegría por el primer triunfo de un colombiano en un torneo del PGA Tour, el BMW Championship del 2008. Y se pudo haber quedado así todo el resto del día, hasta que su caddie, Gary Matthews, lo sacó del éxtasis solitario de la victoria con un fuerte abrazo. Ahí sí comenzó, en serio, el festejo de todos.

Pambelé vs. Frazer

Antonio Cervantes, a quien conoció cuando compartieron habitación años atrás en Caracas, era el rival adecuado para el lucimiento del panameño Alfonso "Peppermint" Frazer en la defensa del campeonato welter junior de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). "Kid Pambelé", como se apodaba al colombiano, era tosco. Así fue en nueve asaltos de una pelea pactada a 15. En el décimo, el palenquero descargó un arsenal ofensivo violento y se proclamó en el primer campeón mundial del boxeo colombiano. A Frazer lo tildaron de cobarde, pero Cervantes creció y llegó a ser el mejor del mundo, libra por libra. Años después, el panameño declaró una verdad: "La noche del 28 de octubre en Ciudad de Panamá nació un monstruo".

Valdés vs. Monzón

Quizá la primera vez que dos latinoamericanos paralizaron a Europa y a Estados Unidos fue la tarde del 26 de junio de 1976. En el Principado de Mónaco, con la realeza y las estrellas de cine al borde del cuadrilátero, el colombiano Rodrigo Valdés y el argentino Carlos Monzón unificaron el título mundial del peso mediano -la categoría reina- de boxeo mundial. Una foto de El Tiempo de la calle Séptima de Bogotá, tomada a las cuatro de la tarde, mostró la soledad total: el país estaba "pegado" al televisor. Monzón desequilibró la cerrada pelea al derribar al colombiano en el decimocuarto asalto.

Selección Colombia 1975

Después de eliminar a Ecuador, Paraguay y Uruguay, Colombia salió a conseguir su primer título internacional de su historia contra Perú, en la final de la Copa América de 1975. Los dos primeros partidos fueron parejos: 1-0 en Bogotá, con gol de Ponciano Castro, y derrota 2-0 en Lima. El reglamento obligó a jugar un partido extra en Caracas y Perú logró sacar una ventaja en los seis días que transcurrieron antes de ir a Venezuela: se trajo de Europa, prácticamente sin permiso del Barcelona, su club, a Hugo Sotil, que no había jugado en toda la Copa. Colombia tenía el partido controlado hasta el minuto 25: un centro desde la derecha causó miles de problemas a la defensa colombiana: Miguel Escobar la sacó del área con la cabeza, pero la dejó en el borde del área. Luego, José "Boricua" Zárate tampoco atinó a mandarla lejos y finalmente, Óscar Bolaño metió un zurdazo que no la sacó de allí. La pelota quedó cerca del punto penalti y Sotil, el mismo que se acababa de bajar del avión desde España, acabó con la ilusión.

La tarde de fantasía del "Tino" con el Newcastle

Colombia tuvo durante 90 minutos, el 17 de septiembre de 1997, al mejor jugador del mundo. Fue la mejor noche de Faustino Asprilla en Europa. El St. James Park recibió ese día al Barcelona de España, que contaba, entre otras estrellas, con el brasileño Rivaldo y el portugués Luis Figo. Pero el dueño de los aplausos fue el "Tino". Fueron tres bombazos: el primero, de penalti, luego de que el portero holandés Ruud Hesp lo derribara dentro del área. El segundo, antes de terminar el primer tiempo, cuando se levantó en la mitad del área para meterle la cabeza a un centro de Gillespie. Y el tercero, muy parecido al segundo, pero en medio de la sorpresa. ¿Salto o no salto?, parecían preguntar los tres hombres, dos del Barcelona y uno del Newcastle, que estaban en el área. Los españoles no lo hicieron. Asprilla sí. Golazo. El partido quedó 3 a 2, pero "el Tino", él solo, goleó al Barça.

El primer triunfo en el Monumental

En la cancha del estadio Monumental de Buenos Aires la pelota quedó en el círculo central, traviesa y coqueta, lista para dejarse querer. Picó una, o quizá dos veces, antes de que Willington Ortiz la sedujera con su cintura de bailarín de salsa y sus piernas tan rápidas como flechas. Iban 61 minutos del partido que empataban 1-1 el Cali y el River Plate de los campeones mundiales Fillol, Passarella, Tarantini, Alonso, Ortiz y Kempes, en el cierre del grupo 1 de la Copa Libertadores, el 22 de abril de 1981. Con la pelota pegada al pie derecho, Willington apuró el paso, dejó regado a Pavoni, burló con una gambeta a Tarantini, entró al área y con otra hizo lo mismo frente al arquero Fillol. Con esta jugada, el Cali estaba a punto de ser el primer equipo colombiano en vencer en su casa al ilustre River. Y así fue. La pelota, fiel a la orden de Willington, se marchó dócil al fondo de la red.

El sobrepaso de Montoya a Schumacher

La primera gran emoción que les provocó a los colombianos Juan Pablo Montoya como piloto de Fórmula 1 duró apenas 4,4 segundos. Al frente del Williams número 6, en la segunda vuelta del circuito de Interlagos, el bogotano hundió el acelerador a fondo en la recta principal y antes de la primera curva alcanzó al Ferrari del tricampeón Michael Schumacher. Ambos giraron al mismo tiempo, pero Montoya atacó al alemán, le ganó el lado más amplio de la pista y lo forzó a frenar al terminar la segunda curva, ya que se había salido levemente del pavimento. Luego siguió de largo y tomó la punta de la prueba. Apenas en su tercera carrera en la F1, en abril de 2001, Montoya mostró que era el piloto más irreverente de la categoría y en ese momento, tal vez, el único capaz de hacer morder el polvo terrenal a quien ya había subido tres veces al olimpo de los dioses.

La Copa Libertadores de 1989

Del estadio El Campín de Bogotá, a las 10 y 47 de la noche del 31 de mayo de 1989, salió un rugido incomparable. Nacional se acababa de convertir en el primer equipo colombiano campeón de la Copa Libertadores, tras superar a Olimpia de Paraguay en una tanda de 18 cobros desde el punto penalti que duró 21 minutos. En ese lapso se mezclaron la angustia, el llanto, la risa nerviosa, el susto, la fe y los ruegos. Se pusieron a prueba los más alentados corazones. El arquero René Higuita atajó cuatro cobros: el primero, el 11, el 13 y el 15. Sin embargo, sus compañeros, presas del miedo, fallaron los tiros 8, 12, 14 y 16. El turno del cobro número 18 fue para Leonel Álvarez, que tomó carrera, se frenó un instante y luego sí remató. El engaño surtió efecto: la pelota se metió por el palo derecho y el arquero rival se lanzó al izquierdo. ¡Gooooooooooooolllllllllllll! Esta vez no fue un grito, sino un rugido. Nacional, vencedor 5-4 en los penaltis, acababa de desatar una euforia nacional después de semejante drama.

Bassa vs. McAuley

El título del peso mosca de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) parecía cambiar de manos aquel sábado de abril de 1987, en Belfast (Irlanda del Norte), cuando Fidel Bassa fue dos veces a la lona. Dave McAuley lucía fuerte y el colombiano, que realizaba su primera defensa, parecía un muñeco de trapo rodando por el tapiz. Pero con el corazón, más que con técnica, en el asalto 13 Bassa atacó a fondo y cambió la historia de la pelea y de su carrera con un dramático nocaut que aún se recuerda en Europa y Latinoamérica.

"Pambelé" vs. Furuyama

Panamá, país boxeril por excelencia, se reunió una noche de comienzos de diciembre de 1973 para ver al verdugo de "Peppermint" Frazer, el colombiano Antonio Cervantes, "Kid Pambelé", frente a un retador peligroso: el japonés Tsudo Furuyama. Era, en parte, montar la pelea para gozar con el presunto despojo del palenquero. Ese oriental hizo honor a su apodo de "León" y el título peligró. Sin embargo, Cervantes, cansado de conectar sus mortíferas combinaciones sin resultado, se vio obligado a emplear una faceta desconocida: la de boxear con técnica. No era ya un peleador o noqueador, se había convertido en una estrella.

El autogol de Andrés Escobar en USA 94

El número 13 marcó la corta vida de Andrés Escobar. Nació el 13 de marzo de 1967 en Medellín y a los 13 minutos del partido entre Colombia y Estados Unidos, en el Mundial de 1994, metió un autogol que terminó relacionado con su muerte. Siendo zurdo, le puso el pie derecho a la pelota en su afán de rechazarla. Ocurrió el 22 de junio de 1994, en el arco norte del estadio Rose Bowl de Pasadena, frente a más de 93.000 espectadores. John Harkes, del equipo estadounidense, había lanzado un centro bajo y cruzado desde la izquierda, fuera del área penalti. En una reacción instintiva, Escobar se agarró la cabeza y le clavó la mirada al césped sin encontrar ninguna explicación. El partido se puso 1-0 y Colombia perdió 2-1. Diez días después, en su tierra natal, al defensa lo asesinaron de 12 balazos. La leyenda cuenta que, antes de dispararle, el homicida le dijo: "Gracias por el autogol".

Fabiola Zuluaga en el Abierto de Australia

Vestida de blanco de la cabeza a los pies. Así, literalmente, llegó Fabiola Zuluaga a la cancha central del Melbourne Park, para jugar la semifinal del Abierto de Australia 2004. Hasta su rostro estaba de blanco, porque se aplicó una gran cantidad de bloqueador solar para que el astro rey no le hiciera mella. Al frente la esperaba la belga Justin Henin, número uno del mundo. "En el comienzo estamos viendo un tenis hermoso, porque Zuluaga sirve bien y Henin devuelve bien". Con ese comentario, la página de Internet del torneo arrancó el análisis del enfrentamiento. En el game inicial, la belga le quebró el servicio a la colombiana, que perdió el primer set 2-6. En el segundo y último cayó por idéntico marcador. El partido, disputado el jueves 29 de enero, duró una hora y 16 minutos. Fabiola avanzó a esta instancia al ganar por W.O. en la ronda anterior, tras una lesión en la espalda de la francesa Amelie Mauresmo. Esto, sin embargo, no le quita méritos a la proeza de ser el o la tenista de Colombia que más lejos ha llegado en un Grand Slam. Tampoco se marchó en blanco: tan sólo por jugar la semifinal, la organización la premió con 231.120 dólares (más de 400 millones de pesos).

El bronce de Ximena

Al oír el pistoletazo, a Ximena Restrepo se le acabaron las ganas de vomitar que sentía por los nervios y, todavía presa de la ansiedad, arrancó a correr la final de los 400 metros. Su comienzo fue malo, pero pronto empezó a recuperarse. Situada en el carril seis, con el dorsal 324 y su traje azul con el tricolor colombiano, en la segunda curva ya iba codo a codo con la francesa Marie Jose Perec, la ganadora del oro que corría por el carril cinco. Tenerla de referencia, a su izquierda, fue una bendición para Ximena, que en la recta final apretó los dientes y corrió con instinto felino para cruzar la meta echando el cuerpo hacia adelante y un tiempo de 49,64 segundos, el mejor de su vida, suficiente para obtener la medalla de bronce el miércoles 5 de agosto de 1992, en el estadio de Montjuic.

El Escorpión de René Higuita

Era un partido amistoso más bien aburrido. Colombia jugaba a tocar y tocar la pelota. Inglaterra, a tirar centros y probar suerte de media distancia. A los 22 minutos, quien se animó a esto último fue Jamie Redknapp. Libre de marca, remató más con ubicación que con potencia. Cuando la bola caía al arco, René Higuita se inclinó, estiró los brazos hacia abajo, levantó las piernas de atrás hacia adelante como si fueran un aguijón y la rechazó con los talones. Enseguida, y sorprendido, el público que presenciaba el juego en el estadio de Wembley tuvo un motivo de sobra para romper el silencio. Hubo murmullos y risas. El 7 de septiembre de 1995, un arquero colombiano apodado el "Loco" acababa de hacer la "locura" más grande en la tierra de los inventores del fútbol.

Las lágrimas de Farid Mondragón en Francia 98

El último retrato que tiene el álbum del fútbol colombiano en los Mundiales es de Farid Camilo Mondragón Aly. Los fotógrafos lo tomaron el 26 de junio de 1998, el día en que Colombia quedó eliminada en la primera fase del campeonato a manos de Inglaterra. A los 42 minutos del segundo tiempo Colombia perdía de lejos en el campo, pero apenas 2-0 en el marcador. En las tribunas del estadio de Félix Bollaert, de Lens, los hoolligans y no hoolligans ingleses cantaban y bailaban en "trencitos" como los que se hacen en las fiestas de la casa de una tía. Faltaban los últimos 180 segundos y Mondragón, el gigante de 1,92 metros entre la coronilla y la suela del zapato, se hincó y en cuclillas agachó la cabeza, enterró la mirada en el pasto y empezó a llorar. Sus lágrimas fueron imparables, como el latigazo de Darren Anderton y el tiro libre perfecto de David Beckham. Lloraba sin pausa, desembocando un brioso río de lágrimas. De nada le había servido atajar siete veces siete pelotas imposibles con siete amenazas de gol. De nada había valido su esfuerzo. Cuando sonó el pitazo final, eliminado, cruzó la cancha inconsolable sin hacer el más mínimo esfuerzo por evitar sus sollozos. En ese valle de lágrimas, Michael Owen lo aplaudió, Alan Shearer lo abrazó y su colega de arco, David Seaman, le ofreció su hombro. Y él puso allí su cabeza desconsolada. Así, Farid, vio cómo sus guantes salvadores no eran más que un pañuelo en el que había sido el partido de su vida.

El "Spiderman" de Villegas

No lo picó una araña mientras dormía, ni se viste de rojo con azul, ni se cubre la cara para ocultar su primera identidad: "Spiderman" nació en un campo de golf. Algún día del 2005, Camilo Villegas dejó de agacharse como lo hacen todos los golfistas para medir la caída de algún green y mejorar el putt, un golpe en el que tenía problemas: terminó casi acostado, como en posición de acecho a alguna presa, con la pierna derecha completamente estirada y la izquierda flexionada, para tener la mirada casi a ras de piso. Al principio causó curiosidad y hoy constituye su sello personal como golfista: es mucho más fácil, si se busca una foto de Villegas en Internet, que aparezca en esa posición, ya clásica, que haciendo un swing.

El 4-4 de Chile 62

Era difícil ser hincha del fútbol internacional a comienzos de la década de 1960. Las imágenes que llegaban a Colombia eran escasas, tardías y solamente la magia de la radio y las fotos de los periódicos, al día siguiente, daban una idea lejana de lo que había pasado. En el Mundial de Chile-62, Marcos Coll se convirtió en un jugador tan recordado y quizá más, que los de hoy, por cuenta de un gol olímpico. Colombia perdía 4-1 con Unión Soviética. En la esquina noroccidental del campo de juego del estadio de Arica (Chile), el de la camiseta número 20 de Colombia, en ese entonces azul y no amarilla como ahora, se paró al lado del banderín y lanzó el balón con su pie derecho. La pelota picó en el área y se metió entre el palo y el legendario arquero Lev Yashin. Fue una inyección de ánimo que se tradujo en dos goles más y el 4-4 final que se celebró como si se hubiera ganado el Mundial por los siguientes 28 años.

Valdés vs. Monzón II

La segunda pelea entre Valdés y Monzón también paralizó a Europa y América. El argentino anunció que cualquiera que fuera el resultado se iba del boxeo para dedicarse al cine. Valdés quería la victoria para reconquistar los títulos mundiales del peso mediano. Rápido, en el comienzo de la batalla del 30 de julio de 1977 en Mónaco, también con la realeza y las estrellas del séptimo arte en ring side, derribó a Monzón y el mundo se estremeció viendo al gran campeón en la lona. Pero el argentino se levantó y ganó por decisión. La imagen de la caída está en la historia: y al fondo aparece, a la expectativa para rematar, el colombiano.

El primer oro olímpico de Colombia

María Isabel Urrutia sabía que sólo tenía una oportunidad en su vida para ganar una medalla de oro olímpica. Para los juegos de Sydney-2000, el Comité Olímpico Internacional (COI) les abrió las puertas a las competencias de levantamiento de pesas en la categoría femenina. Urrutia, de 35 años, tenía en mente retirarse del deporte después de las justas, pasara lo que pasara. El 20 de septiembre apareció en escena y, para sorpresa, se veía más delgada que nunca para disputar las preseas en la categoría de más de 75 kilos. En al arranque levantó 110 kilos. Luego entró nerviosa, pero confiada, a la prueba de envión. Sus dos primeros ejercicios fueron perfectos: levantó 132 y 132,5 kilos, aunque falló al intentar alzar los 137,5. Luego entró en el camerino y fijó sus ojos en el televisor. Vio cómo Kuo Yi-Hang, de China Taipéi, levantó los mismos 137,5 kilos y enseguida su corazón se le quería salir del pecho cuando el turno fue para la nigeriana Ruth Ogbeifo, que intentó alzar la palanqueta con 140 kilos. Si lo hacía, le quitaba el oro. Urrutia se abrazó con su entrenador, Gantcho Karouskov, y de reojo miró el movimiento. Ogbeifo falló y las tres quedaron empatadas al levantar en total 245 kilos. Entonces, Urrutia lanzó un grito ensordecedor: había ganado la medalla de oro por aquellas cosas de las mujeres: conservar la figura. Ese día, su peso corporal fue de 73,28 kilos, frente a los 74,20 de Ogbeifo y los 74,52 de Hang.

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El batazo de oro de Rentería

Con la pizarra igualada a dos carreras, en la parte baja de la undécima entrada del séptimo y último partido de la Serie Mundial de Béisbol, el estadio Pro Player de Miami (Estados Unidos) ofrecía un apoyo incondicional a sus Marlins frente a los Indios de Cleveland, la madrugada del lunes 27 de octubre de 1997. Es el turno del colombiano Édgar Rentería. Sus compañeros gritaron "¡Ganamos!". Así era la confianza en el bate oportuno del pelotero que un año atrás había debutado en las Grandes Ligas. Charles Naggy lanzó la pelota y Rentería la puso en el jardín central. El colombiano alcanzó desde entonces el rótulo de estrella de la pelota caliente.

Montoya gana el GP de Mónaco

Juan Pablo Montoya nunca ha besado un trofeo con tanta pasión como lo hizo con la copa de plata que obtiene el ganador del Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1. El domingo 10 de junio de 2003, con el corazón a más revoluciones por hora que su auto, y sin parar de sonreír, recibió la insignia de manos del príncipe Rainiero. Enseguida se paró en la quinta y última de las escaleras adornadas con una alfombra roja y al escuchar los primeros acordes del himno de Colombia, se quitó la gorra azul rey, bajó la cabeza y estuvo a punto de llorar y de reír al mismo tiempo. La imagen es inmortal: un escalón debajo están Michael Schumacher, a su izquierda, y Kimi Raikkonen, a su derecha. Detrás de él, a su izquierda, la princesa Carolina; en el centro, Rainiero, y a la derecha, el príncipe Alberto. Fue el epílogo feliz de una carrera perfecta en el difícil trazado monagesco, que, según afirman los que saben, sólo ganan los pilotos más talentosos. Y Montoya lo hizo con honores, al imponer nuevo récord de tiempo total: una hora, 42 minutos, 19 segundos. Ese día no cabía de dicha y hasta bañó en champaña a Schumacher. Luego se abrazó largamente con su esposa, Connie Freydell, y también para ella hubo un beso apasionado en la boca.

Lora vs. Vásquez

Antes de ser coronado como campeón mundial, la crítica cubana que domina el sur de la Florida, en Estados Unidos, había calificado al colombiano Miguel "Happy" Lora como el mejor boxeador del peso gallo del mundo. Por eso, en ese agosto de 1985, cuando se tituló al superar al mexicano Daniel Zaragoza, a nadie sorprendió el resultado. Sorpresa sí cuando Lora va a la lona en la primera defensa en Miami ante los puños del puertorriqueño Wilfredo Vásquez, pero se levanta y ofrece un concierto de técnica pugilística para retener el título y maravillar al mundo. La prensa especializada, al poco tiempo, lo ubica como uno de los tres mejores, al lado de Mike Tyson y Julio César Chávez.

La patada voladora de Arley Betancourt

La vida puede cambiar de golpe. O mejor, por un golpe, como le pasó a Arley Betancourt, que en 1995 estaba en la fila de posibles sucesores de Carlos Valderrama. Pero un terremoto causado por su temperamento lo borró de la lista. El 22 de marzo de ese año, México y Colombia jugaban la semifinal del torneo de fútbol de los Juegos Panamericanos. El árbitro costarricense Ronald Gutiérrez le mostró la tarjeta amarilla a Arley por botar un balón lejos. La respuesta del colombiano fue digna de un karateca: le lanzó una patada voladora y luego lo agarró a puños. De nada valió su posterior arrepentimiento: lo suspendieron un año y nunca volvió a ser el mismo.

Molinares vs. Starling

Marlon Starling parecía encaminado a retener el título del peso welter de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). La noche del 29 de julio de 1988, en Atlantic City, Starling dominaba sin sobresaltos al colombiano Tomás Molinares, en una pelea transmitida de costa a costa en Estados Unidos. Pero en la esquina de Molinares estaba un viejo zorro, el argentino Amílcar Brusa, el mismo entrenador de Carlos Monzón, a quien le gustaba que sus pupilos lanzaran golpes de principio a fin. Y Molinares soltó un derechazo sobre el final del sexto asalto y Starling se desplomó para coronar al colombiano. Todavía hoy se discute si el golpe fue antes o después del campanazo.

La fuga de Botero

En el 2002 Santiago Botero le ganó la contrarreloj a Lance Armstrong y seis etapas después se involucró en una larga escapada, en una jornada que contó con siete pasos montañosos, el último de ellos de fuera de categoría. En los kilómetros finales cambió de relación y se fue en solitario. Su ventaja de 1 m 50 s lo llevó a mermar el paso en el kilómetro final. Su rostro no reflejaba el cansancio de los 226 kilómetros del recorrido. A 500 metros de la meta, Botero se dio cuenta de que ondeaba una bandera colombiana en las vallas de seguridad. Lanzó el brazo derecho para quedarse con la tricolor, pero el aficionado no se la dio. Frustrado, se persignó y entró victorioso.

El gol del "Palomo" contra Israel

A Albeiro Usuriaga le empezaron a decir "Palomo" cuando vivía en Cúcuta, en sus primeros trinos como futbolista profesional. Salía a pasear por el malecón vestido de sombrero, traje y zapatos blancos. "Ahí viene el Palomo", decían sus amigos. Y así se quedó. Años después, ese hombre que buscaba distinguirse y ser el centro de atracción se hizo único y fue el más admirado del país. El 15 de octubre de 1989, en el estadio Metropolitano de Barranquilla, el larguirucho gigantón negro de 1,92 metros, piernas de garza y guayos de siete leguas, se escurrió en el área minada de Israel y, de puntazo, estalló el gol del 1-0 con el que la selección levantó el vuelo a su primer Mundial de Fútbol en 28 años: el de Italia-90.

La Copa América

Lloró como un niño asustado, como un hombre feliz. "Es para toda Colombia... ¡Snif! Es para que seamos un país mejor... ¡Snif! Este es un triunfo de todos... ¡Snif!", dijo, entrecortado, Iván Ramiro Córdoba. Fue el llanto del capitán de la Selección Colombia de Fútbol que, el 29 de julio del 2001, ganó la Copa América al derrotar 1-0, con gol suyo, a México en Bogotá. Fue al minuto 20 del segundo tiempo, cuando levitó en un instante eterno, giró la cabeza como si tuviera una rosca en la nuca, sacó un berrido de gol de su garganta y apretó los puños en sus brazos como aspas. Esa tarde soleada de domingo, el fútbol colombiano agarró el cielo con las manos y su capitán, por ese entonces de 24 años, se puso y puso a llorar de emoción a todo un pueblo. ¡Colombia, campeona!

La tarjeta roja de Pelé

Los árbitros de fútbol son los únicos jueces que siempre son culpables, más si desafían a los dioses del juego. Así le pasó a un ex boxeador hecho réferi: Guillermo "Chato" Velásquez, quien en la noche del miércoles 17 de julio de 1968, en El Campín de Bogotá, en un partido entre la Selección Olímpica de Colombia y el Santos de Brasil, expulsó a "O Rey Pelé" porque le reclamó feo no darle un penalti. Las 50.000 personas que pagaron para ver a la estrella, insultaron al juez. ¡Apenas iban 35 minutos! A puños y patadas, todos los jugadores de Santos golpearon a Velásquez, quien repartió puños y puntapiés hasta donde pudo. Los directivos decidieron que Pelé regresara al campo y que Ómar Delgado, uno de los jueces de línea, fuera el central. Al final, Pelé y sus compañeros terminaron en una comisaría.

La Copa rota del Once Caldas

¿Qué es una "colombianada..."? Once Caldas gana la Copa Libertadores de América del 2004 al supremo Boca Juniors de Argentina. Los futbolistas del que era un club semidesconocido de nombre singular, eufóricos, se pasan el trofeo en ese ritual de celebración que es la "vuelta olímpica". En su turno, Herly Alcázar -también un nombre singular- sacude el tesoro futbolero de plata y roble de tal manera que lo desbarata en pedazos. Rómer Osuna, directivo de la Confederación Suramericana, comenta, después, con ingenio: "Nunca le había pasado nada en más de cuarenta años. Incluso le dije al presidente del club que la Copa está en malas manos". El trofeo de ahora, reparado, es parecido, pero no el mismo. ¿Aún no sabe qué es una colombianada?

Una mala locura

El equilibrista camina seguro sobre la cuerda floja. Lo ha hecho mil veces, hasta con los ojos cerrados. René Higuita, el portero de la Selección Colombia de Fútbol, sale seguro de su arco a la mitad del campo del estadio San Paolo, de Nápoles. Colombia pierde 1-0 con Camerún en la prórroga de los octavos de final del campeonato del mundo de 1990. El "Loco" quiere ponerle fin a su función y le pasa la bola a Luis Carlos Perea. Da un paso atrás, en busca de la seguridad de su área. Sin embargo, asustado y apresurado, Perea le regresa el balón: Roger Milla, el león del desierto, acecha. Higuita, entonces, intenta una gambeta, pero la pelota queda en las fauces de la fiera que la devora en gol. Al equilibrista le falló el acto justo cuando le quitaron la red...

Alemania 1 - Colombia 1

88 minutos y 19 segundos del partido de Colombia y Alemania en el Mundial de Italia-1990. El 0-0 del tablero electrónico del estadio San Siro de Milán no cuenta todo lo bueno que han hecho los de la camiseta roja con alas amarillas y azules en las mangas. Justo en ese momento, Pierre Littbarski, con un zurdazo de humo anota el gol alemán. Desorientada, apenas levantándose de la lona, a Colombia se le escurre el poco tiempo que le queda. Minuto 91 y 50 segundos: Leonel Álvarez le quita la bola a Rudi Voeller en el área, a 80 metros de distancia de la puerta rival. De inmediato, la entrega a "Bendito" Fajardo. Avanza hasta unos metros más allá de la mitad del campo. Encuentra al "Pibe" Valderrama que, como dando saltitos, escapa con un giro de tres "panzers" germanos. Y, entonces, "Pibe" a Freddy Rincón y Rincón a "Bendito" y "Bendito" a Valderrama. Minuto 92 y 8 segundos: Valderrama mira a su izquierda, donde Estrada corre rumbo al área, pero, genial, desliza la bola hacia el otro lado, por el que cabalga el potro azabache de Rincón. Minuto 92 y 13 segundos: la pelota frena en la red tras un suave viaje por el túnel de las piernas del portero Illgner... No fue un gol. Es la poesía del fútbol.

Juventud de América

1985. Colombia enfrentaba a Argentina en el Suramericano juvenil de Paraguay, en esa época todavía conocido como torneo Juventud de América. El equipo venía de ganarle 2-1 a Bolivia y, si bien había dado señas de buen juego, todavía no explotaba. Los argentinos se fueron en ventaja con gol de Rafael Herrera. Hasta que apareció un punterito pequeño, menudito, con unos rizos que escondían su pícara mirada: John Édison Castaño, quien venía desde la punta izquierda, enganchando, y parecía mirar a quién le pasaba la pelota. Pero Castaño, tal vez el jugador más habilidoso en la historia del fútbol colombiano, decidió que 40.000 personas tuvieran cara de sorpresa: sacó un bombazo desde el borde del área y empató el partido. Eran las primeras pinceladas de la selección de Luis Alfonso Marroquín, aún vestida con la camiseta de color zapote. Luego llegaron las camisetas amarillas, las clasificaciones a los mundiales, el reconocimiento internacional. Pero todo salió del guayo derecho de Castañito, que, paradójicamente, no disfrutó de esos reconocimientos.

Colombia le gana a EE. UU. en la Copa Davis

Batman y Robin, Abbot y Costello, Garzón y Collazos son dos que se dicen como si fueran un solo nombre. Igual le pasó al tenis de Colombia durante los años setenta: Velasco y Molina eran dos que sonaban como uno solo. En 1974, hace 25 años, con su raquetas de madera y sus medias casi hasta las rodillas, lograron el más grande triunfo colombiano que se haya visto en el que por esa época todavía era un deporte que se jugaba de blanco. En el Club Los Lagartos, de Bogotá, vencieron al equipo de Estados Unidos en la semifinal de la Zona de América del Norte. Velasco y Molina ganaron sus partidos de sencillos y solo perdieron el juego de dobles. Velasco y Molina superaron a Solomon y Van Dillen. Velasco y Molina (nuca Jairo e Iván), dejaron de pronunciarse al mismo tiempo...

La primera final de la Copa Libertadores

Antes, las alineaciones de los equipos de fútbol se recitaban como un verso. Aquí va uno tomado del libro de la Copa Libertadores, edición 1978. Y dice: Deportivo Cali: Zape; Ospina, Escobar, Caicedo y Castro; Valverde, Otero y Landucci; Torres, Scotta y Benítez. El 23 de noviembre de 1978, el equipo dirigido por el argentino Carlos Bilardo se convirtió en el primero que, por Colombia, jugaba una final de la Copa. Recibió al Boca Juniors en el Pascual Guerrero. Y el juego acabó sin goles. Cinco días después, en ese monstruo infernal de 50.000 bocas que aúlla todo el tiempo que es "La Bombonera", perdió 4-0. Sin embargo, ellos fueron los 11 apóstoles que predicaron que los equipos colombianos podían soñar con ser los mejores de América.

Hinault cae en Colombia

Ya había ganado cinco veces el Tour de Francia, en tres ocasiones el Giro de Italia y acreditó dos triunfos en la Vuelta a España. La carrera de Bernard Hinault estaba en el ocaso, pero decidió venir a Colombia a sentir de cerca la pasión por el ciclismo. Era su último año entre las bielas y los pedales y el Clásico RCN lo tuvo en su nómina de inscritos en 1986. Venía aquejado de una tendinitis y lo pagó caro. En la etapa a Supía sufrió como un condenado. Los ciclistas nacionales apretaron el paso y el calor que sofoca en el cañón del río Cauca le pasó factura. Fue maltratado como él lo sabía hacer con sus rivales en las carreteras europeas. En la meta perdió 20 minutos, se despidió de la pelea por el título y días después partió al Tour de Francia, donde le entregó el testimonio de grande al estadounidense Greg Lemond.

Título mundial de Martín Emilio Rodríguez

El apodo de "Cochise" se lo puso él mismo. No se perdía ninguna película en la que el gran héroe era un indio apache que se hacía llamar así. Martín Emilio Rodríguez copió de su ídolo la garra con que había que luchar y en vez de flechas utilizó la bicicleta para convertirse en el mejor del mundo. En Varese (Italia), en 1971, a base del pedaleo sobre la máquina de piñón fijo, el colombiano venció al suizo Joseph Fush y se quedó con el título mundial de los 4.000 metros persecución individual. Dicharachero y mamador de gallo, hoy, "Cochise" Rodríguez está en todas las carreras del ciclismo colombiano pregonando su principal defecto: "No preocuparme por nada de nada".

El 1-2 en el Tour de Francia

Lans en Vercors es una estación invernal famosa en los Alpes franceses. La nieve y las bajas temperaturas son tradicionales a final de año. Pero el 10 de julio de 1985, los casi 40 grados centígrados fueron grandes aliados de Fabio Parra y Luis Herrera. El primero de ellos se fugó luego de tres arrancadas que fueron respondidas por el lote. Sin embargo, cuando faltaban cinco kilómetros para el arribo, el grupo le pisaba los talones. La gasolina se le había acabado y pagaba caro el esfuerzo. Al pasar por la pancarta de tres kilómetros para la meta, se asustó. Vio que se aproximaba una sombra, pero se calmó cuando se dio cuenta de que era Herrera el que llegaba a darle una mano. El apoyo fue clave y la diferencia se aumentó. "Lucho" tuvo tiempo para acomodarse la gorra, dejó que Parra cruzara la meta en el primer lugar y Colombia obtuvo su primer y único 1-2 en el Tour de Francia.

Pole de Roberto Guerrero en Indianápolis

Sufrir. Ese fue el verbo que siempre conjugó el piloto colombiano Roberto José Guerrero en su trayectoria profesional. En 1992 tuvo que esperar dos días para ratificar que saldría comandando la grilla de las 500 millas de Indianápolis, la carrera en óvalo más famosa del mundo. El sábado 9 de mayo, Guerrero salió a clasificar a las 5.45 de la tarde, hizo el mejor tiempo, pero la sesión abortó 45 minutos más tarde sin que todos los pilotos lucharan por un cupo en la grilla. Las series de clasificación se reanudaron al día siguiente. Guerrero sufría en su camerino. Impotente, trataba de calmarse caminando por el pasillo. Sin embargo, sus rivales no pudieron superar su tiempo de 2 m 34 s 851 mil. y el sueño de partir de primero en la carrera se había cumplido.

Guerrero se queda sin gasolina en la meta

Roberto José Guerrero tuvo en dos ocasiones la oportunidad de ganar las 500 millas de Indianápolis, la carrera en óvalo más importante del mundo. La de más recordación fue la prueba de 1987. La competencia entró en su parte definitiva. Al Unser y Guerrero peleaban la punta. El colombiano aceleraba a fondo, pero Unser no lo dejaba pasar. Cuando faltaban veinte vueltas para el final, ambos entraron a los pits y salieron de inmediato en busca de la gloria. Con llantas nuevas sobre el asfalto, Unser veía cada vez más cerca al colombiano, que en varias ocasiones estuvo a punto de pasarlo. A dos vueltas de la conclusión y cuando pocos centímetros lo separaban del carro de Unser, Guerrero se dio cuenta de que el combustible se acababa y tuvo que desacelerar. No podía creer que la mala suerte lo hubiera acompañado ese día. Unos giros antes, una llanta de su auto salió disparada y mató al aficionado Lyle Kurtenbach. En ese momento veía cómo el auto de su rival pasaba por el frente de una bandera a cuadros, que se agitaba recibiendo al campeón.

Los héroes de la pelota caliente

Ese 16 de diciembre de 1947, Cartagena y Colombia estaban metidas en el béisbol. El "equipo de los chiflidos", como se llamaba al seleccionado nacional dirigido por el cubano Pelayo Chacón y comandado por el lanzador Carlos "Petaca" Rodríguez y el tercera base Pedro "Chita" Miranda, ganaba el título mundial de béisbol frente a Puerto Rico, 5-0. El estadio Once de Noviembre, de Cartagena, fue el escenario de aquella fiesta que aún muchos abuelos recuerdan, incluyendo los cuatro peloteros sobrevivientes: "Kiki" Hernández, "Flaco" Herrera, "Jiquí" Redondo y "Ronquecito" López. Colombia celebró por años su primer título mundial en cualquier deporte.

La medalla de bronce regresa a casa

Cuando le dan ganas de llorar, a María Luisa Calle no le salen lágrimas porque las derramó todas durante los 14 meses que duró su lucha por demostrar que no se dopó en la prueba por puntos en Atenas-2004, donde obtuvo una medalla de bronce que más tarde le quitaron luego de dar positivo por heptaminol. Tuvo que entregar la presea, el diploma y los reconocimientos, pero desde ese instante comenzó a pedalear en la carrera más dura de su vida. Tocó todas las puertas y llegó hasta el Tribunal de Arbitramento del Deporte (TAS), que fue al único que le logró comprobar que el heptaminol llegó a su muestra en un tubo de ensayo y que no fue producido en su cuerpo. El 23 de noviembre de 2005, el presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, le devolvió la medalla. Ese día trató de llorar, pero comprobó que las lágrimas se le habían acabado.

Santiago Botero, campeón mundial contrarreloj

En los Mundiales de Ciclismo de 2002, celebrados en Zolder (Bélgica), Santiago Botero, que más parece un europeo por su pelo mono y sus ojos azules, pero que al oírlo hablar uno se da cuenta de que es paisa de pura cepa, tenía en mente sacarse una espina que se le había metido un año antes en Portugal, cuando en la prueba contrarreloj el alemán Jan Ullrich y el británico David Millar se le atravesaron y lo dejaron con el bronce en el cuello. Botero se acomodó en su máquina, agachó la cabeza, estiró los brazos y con una relación promedio de 55 x 11, una prueba de su fuerza descomunal, comenzó a recorrer los 40 kilómetros del trazado. En los pasos intermedios pulverizó los relojes. En la meta rompió los cronómetros y con tiempo de 48 m 8 s ganó el oro y se enfundó la camiseta arco iris, para convertirse en el primer colombiano en obtener el metal dorado en esta clase de pruebas.

El 9-0

En el Preolímpico del 2000, Colombia enfrentaba a Brasil con la "ventaja" de poder perder hasta por seis goles para clasificar a la fase final. El 29 de enero, un día antes del partido, el DT Javier Álvarez veía por TV el juego entre Uruguay y Argentina. A los argentinos les expulsaron dos jugadores y Álvarez, que hasta ese día había trabajado con todos los titulares para enfrentar a Brasil, entró en pánico y en el último entrenamiento sacó a cinco titulares. Brasil nos hizo nueve goles y Chile, que ya había mandado la utilería a Santiago, entró al cuadrangular final, fue a Sydney y se colgó la medalla de bronce.

La Vuelta a España

Sólo 49 segundos separaban a Luis Herrera de la gloria. El alemán Raimond Dietzen era el portador de la camisa amarilla, pero la jornada montañosa favorecía las condiciones del escalador colombiano. La etapa, que había partido de Santander, entraba en sus 13 kilómetros definitivos. La carretera comenzó a empinarse y los pedalistas nacionales se apoderaron del frente del lote grande. Nadie podía salir, la autorización era sólo para Herrera, que faltando siete kilómetros lanzó su feroz ataque. A sus rivales, los dejó hablando solos. Nadie le pudo seguir el paso: su ritmo era insoportable. Pedaleaba como si la vida se le fuera. La camiseta roja que portaba el cundinamarqués, del líder de la montaña, abría el paso de la caravana. Cada rato se subía las mangas blancas que lo protegían del frío. Coronó el premio de montaña y se lanzó en busca de la meta. "Luchito" impulsó la bicicleta, levantó por segundos los brazos y de inmediato se encontró con la pared de fotógrafos que lo esperaba detrás de la línea de sentencia en los Lagos de Covadonga. Como si se tratara de una contrarreloj, el reloj comenzó a ser el juez. Los segundos pasaron y Herrera se regaló el triunfo y el liderato de la ronda ibérica: era el día de su cumpleaños número 26.

San Silvestre

Tachado de malgeniado, mala gente y de imprudente, a Víctor Manuel Mora García nadie le puede quitar el rótulo de ser un campeón "callejero". Sus victorias más importantes las logró en las pruebas de calle, sobre el duro asfalto por el cual hoy ya ni corre como aficionado, porque tiene desgastada la cabeza del fémur de su pierna derecha. En 1981 ganó su cuarta Carrera de San Silvestre, la que se realiza todos los 31 de diciembre en São Paulo. Libró una lucha cerrada con sus rivales y los venció en la raya de sentencia después de superar los 8.900 metros de recorrido con 23 m 30 s, a sus 37 años y portando el número 4661.

Real Madrid vs. Millonarios

Para festejar sus Bodas de Oro, el 30 de marzo de 1952, el Real Madrid invitó a Millonarios. Hoy puede parecer una fantasía, pero así fue. En aquella época, el equipo español ya era uno de los más importantes de Europa y el colombiano, uno de los mejores de América y al que llamaban "El ballet azul" por su forma histriónica de jugar. Tenía "actores" de primerísimo nivel, traídos de Argentina para aprovechar la huelga del fútbol en ese país. Para el partido del festejo jugaron Alfredo Di Stéfano, Adolfo Pedernera, Néstor Rossi, Alfredo Castillo, Antonio Báez, Raúl Pini, Reynaldo Mourín y Julio Cozzi. ¡Ocho argentinos! El onceno lo completaron el peruano Ismael Soria, el paraguayo Julio César Ramírez y un colombiano: Francisco "Cobo" Zuluaga. El escenario fue el estadio Chamartín, con 70.000 espectadores a bordo. Millonarios ofreció una magnífica obra, le hizo honor a su sobrenombre. En el primer tiempo ganaba 3-0 y al final se impuso 4-2. Los goles fueron de Di Stéfano (2), Castillo y Báez. Cobró $5.000 por aquella presentación. Los españoles quedaron maravillados con Di Stéfano y un año más tarde lo contrataron. También terminaron encantados con el fútbol que jugaba Millonarios. Tanto, que se enfrentaron otras cinco veces entre ese año y 1959, y el Real Madrid nunca le pudo ganar.

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