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Los Simpsons tienen que morir

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28 temporadas son suficientes. La familia de Springfield merece un final digno, antes que se convierta en un chiste de tío cansón.

Hay energúmenos capaces de recitar capítulos enteros de Los Simpsons. Enciclopédicos del universo Springfield que caen en discusiones sobre la metafísica de los personajes y las tramas. Futurólogos que encuentran en las primeras temporadas signos de nuestros tiempos (la elección de Trump, por ejemplo). Y muchos que fuimos la generación capaz de reírse una y otra vez de los capítulos que han vuelto mítica a esta serie. Todo hasta hace unos años.

 

 

A los 16 años, época del Messenger y los zumbidos, no había domingo que me perdiera un capítulo de Los Simpsons. Ni los regaños, ni las tareas por hacer eran más importantes. Con un amigo teníamos el ridículo ritual de comentar cada episodio nuevo. Repetíamos los chistes que más nos gustaban, las locuras de Homero y las ñoñadas de Lisa. Eramos tan cansinos que toda la clase terminaba viendo el episodio para entender cuál era el chiste. Eso nos duró unos años hasta que la serie nos empezó a aburrir. Las conversaciones ya no eran sobre lo que nos hacía soltar unas buenas carcajadas sino para darnos ánimos y esperar que el próximo capítulo fuera mejor; nunca pasó. El único consuelo era ver esos capítulos viejos, con las voces antiguas, con las escenas delirantes o las buenas parodias.

 Rick and Morty. 

¿En qué momento se jodieron los personajes de cuatro dedos y de piel amarilla? Mi hipótesis: cuando se volvieron facilistas y creyeron que la fórmula de golpear a Homero hasta el cansancio, hacer que las travesuras de Bart perdieran cualquier signo de inteligencia, o mencionar a Donald o Ivanka Trump sin criticarlos, era suficiente para mantener a la fiel audiencia. Los especiales de Halloween o las parodias de las películas se volvieron aburridas. Perdieron la crítica social y se convirtieron en paisaje; lo único que sigo con la misma intensidad de antes es la cuenta en Instagram @scenic_simpsons que muestra las escenas más bellas de la serie. El encanto de la ficción es que habla sobre la realidad. Inventarse un ejército de ratas lactantes para hablar de los problemas de las escuelas públicas o el famoso metro elevado, que tantos memes dio en Bogotá, son formas de denuncia con la risa. Nada de eso pasa en los capítulos de ahora.

 Bojack Horseman 

Otra hipótesis: la competencia se puso más dura. Los creadores de series animadas por fin dejaron de copiar el modelo de familia disfuncional. Ni Family Guy ni Los reyes de la colina ni la terrible American Dad o la infame The Cleveland Show lograron llegarle a los talones. Siempre vimos a estos intentos como una copia mal lograda. El cansancio, el aburrimiento o los malos números del rating hicieron que los creadores de muñecos animados para adultos reaccionaran.


Para los que crecimos viendo Tom & Jerry, Vaca y pollito, Los supercampeones, Caballeros del zodiaco, South Park, Invasor Zim, El fantasma del espacio de costa a costa y estamos llegando a los 30 años, sentimos que nos estábamos quedando huérfanos de series animadas hasta que Netflix y Adult Swim decidieron acudir al rescate. Con Bojack Horseman y Rick and Morty volvimos a las series que tratan problemas como la depresión, el alcoholismo, el fracking, la asexualidad, los tiroteos, el control de armas, la anarquía y el totalitarismo. Series capaces de hacer denuncias políticas y sociales. Series que entienden el poder de la ficción. Así que no los aburro más, vean estos dos dibujos animados y maten a Los Simpsons de una vez por todas.

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