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Las aventuras y tristezas de Superman

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Superman nació en la crisis mundial del siglo XX. Desde entonces pasó del cómic a la televisión, ha sido catalogado de homosexual e, incluso, uno de sus fans se operó la cara para ser como él.

Superman nació en plena crisis mundial de inicios del siglo XX. Desde entonces pasó del cómic a la televisión, ha muerto dos veces, se ha enfrentado a Batman y Muhammad Ali, ha hecho el ridículo en algunas de sus películas, ha sido catalogado de homosexual e, incluso, uno de sus fans se operó la cara para ser como él. Con la ayuda de Catalina Uribe, en el papel de Superchica, homenajeamos el regreso de Superman de la mano del director Zack Snyder en una nueva adaptación cinematográfica que caerá muy bien, otra vez, en estos tiempos de crisis mundial.

Joe pintaba garabatos eróticos en hojas sucias con un lápiz desgastado mientras, en la otra esquina del barrio, un viejo corredor de bolsa se aferraba a su último reloj de oro antes de pegarse un tiro. Eran años de mierda. Los que antes eran pudientes ahora se robaban los pedazos de pan de los botes de basura porque el dinero se había esfumado de sus cuentas bancarias.

Los magnates se lanzaban al vacío cuando se veían privados de sus baguettes, de sus chocolates suizos comprados en la Suiza misma. En la radio se escuchaba a Hitler ladrando mentiras disfrazadas de verdades mientras Roosevelt promulgaba discursos esperanzadores para una nación arrasada por la avalancha del desplome económico. Joe Shuster vivía en un período de debacle y ni siquiera había podido pagarse un curso de dibujo. Aparte, las mujeres hacían caso omiso de él. A fin de cuentas, no era más que un loco amante de la ciencia ficción, un Pulgarcito con extraños fetiches sexuales –que evidenciaría en la década de 1950 con su serie de tiras cómicas sadomasoquistas, Nights of Horror–. Lo avergonzaba su cuerpo menudo, forrado en los huesos.

Levantaba pesas para poder clavar un soberano puñetazo en la quijada de alguno de esos toros que se llevaban a las reinas del baile a la cama y se burlaban de él en los pasillos de la escuela Glenville de Cleveland. Cada mañana miraba su figura en el espejo, apretaba los dientes y tensionaba los bíceps, pero los músculos no respondían a su fiereza y se desinflaban como neumáticos rotos.

Al otro lado del vecindario vivía su compañero de clases Jerry, un antisocial aficionado a las historias de universos imposibles como la distopía industrial imaginada en la Metrópolis de Fritz Lang. Su papá había muerto un año antes en una circunstancia tan trágica como la del Tío Ben en El hombre araña: unos ladrones se tomaron su tienda de ropa y lo mantuvieron cautivo. Al final, a Michael Siegel, de sesenta años, se lo llevó el golpe fatal de una falla cardiaca. Joe y Jerry eran un par de rechazados, de marginales sin suerte. Y tal vez por eso se volvieron amigos: los unían la orfandad, el idealismo y el judaísmo.

Ante las bestialidades de una realidad miserable, buscaron amparo en la ficción. Joe se sentó en la mesa de dibujo y Jerry pasó noches en vela maquinando los principios de un personaje sin parangón. Después de algunos bosquejos erráticos, entre ellos un modelo de superhombre calvo con poderes telepáticos que quería conquistar el mundo, concretaron una hipérbole que materializaba sus sueños personales y los anhelos de inmigrantes y desamparados: un hércules justiciero de otro planeta (Krypton), vestido en mallas de bailarina, con cabello acicalado, provisto de músculos capaces de noquear a King Kong de un golpe y de un soplido tan poderoso como para congelar los fuegos del Vesubio.

A este dios invencible de calzones por fuera le inventaron, además, un alter ego que reflejara las imperfecciones de los hombres: Clark Kent, un periodista torpe e ingenuo al que ninguna mujer querría entre sus piernas, ni siquiera su compañera en el Daily Planet, la sensual Lois Lane.

“Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica al lector medio, asaltado por los complejos y despreciado por sus semejantes; a lo largo de un obvio proceso de identificación, cualquier ciudadano de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, surgirá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad”, reflexionaría el escritor italiano Umberto Eco en su ensayo Apocalípticos e Integrados, tres décadas después.

“Superman es único. Superman no se convirtió en Superman. Superman nació Superman. Cuando Superman se levanta por la mañana, él es Superman. Su alter ego es Clark Kent. Su traje con la gran ‘S’ roja es la manta que le envolvía siendo un bebé cuando los Kent lo encontraron. Esa es su ropa. Lo que lleva Kent –las gafas, el traje de negocios– es el disfraz. Es el disfraz que Superman lleva para integrarse entre nosotros. Clark Kent es tal como Superman nos ve a nosotros. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, es inseguro, es un cobarde. Clark Kent es la crítica de Superman a toda la raza humana”, apuntaría Bill, caracterizado por David Carradine, en la escena final de Kill Bill Vol. 2.

Las aventuras del superhéroe se plantearon en el ecosistema de Metrópolis, un portento urbano perfilado bajo los parámetros arquitectónicos de Chicago, Cleveland y Nueva York: victoriana, exuberante, provista de una magia oscura y trasgresora. Metrópolis es la cuna de villanos excepcionales, vástagos del caos: desde Lex Luthor, un calvo megalómano que representa al aparato capitalista y opresor, pasando por Toyman, un juguetero diabólico de atuendo estrafalario, hasta Bizarro, una réplica imperfecta de Superman llamada.

Sin olvidar a Brainiac, un robot maníaco de otro planeta; Metallo, un hombre en traje de robot; Parasite, un asqueroso bicho púrpura, y Terra-Man, un vaquero del siglo XIX potenciado por adminículos extraterrestres.

Los villanos trasgreden la lógica de lo natural y surgieron como manifestación de mal necesario ante la existencia de un arquetipo de bien y poder absoluto: dos opuestos enfrentados en un ring urbano, inerme y estupefacto ante la magnitud de su fortuna y de su tragedia recurrente. Metrópolis es un campo de batalla fratricida entre dos extremos; es el hogar del más virtuoso de los virtuosos, inmerso en un cultivo de jinetes del Apocalipsis; es una ciudad salvada del exterminio por un caballero patriota, envuelto en los colores de la bandera estadounidense.

Ese coctel entre inmigrante alienígena, periodista sin gracia y justiciero con capa fue el precursor de un nuevo género –con representantes como Batman, Aquaman, Linterna Verde y La Mujer Maravilla– e impulsaría a una industria billonaria. En tres ediciones, Superman logró el millón de copias y desató una suerte de euforia colectiva, que, según el guionista Mark Waid, superó la beatlemanía de los años sesenta.

La industria aprovechó el auge del “hombre del mañana” para lanzar una variada gama de superproductos en los siguientes 75 años: programas de radio, series animadas, películas, novelas gráficas, videojuegos, figuras de acción, cuadernos, disfraces, quesos, vitaminas y hasta hamburguesas, como la Superman Burger del restaurante Peggy Sue’s en San José, California: un cuarto de libra de carne con dos tiras de tocineta cubiertas de queso suizo.

Por si esto fuera poco, un pueblo de Illinois adoptó el nombre de Metrópolis y se preparó para el estreno de Man of Steel, de Christopher Nolan, con una orgía de fanatismo alrededor de una estatua de Superman de cuatro metros de altura fabricada en bronce. El pasado 6 de junio, la comunidad de 6.500 habitantes recibió a treinta mil visitantes por cuatro días. El festival se celebra hace 35 años en la ciudad que alberga la que es, quizá, la colección más grande del “hombre de acero” en el mundo: la de Jim Hambrick, con más de 100.000 artículos reunidos desde 1959.

La influencia del héroe de Metrópolis incluso ha llevado a algunos al borde de la locura, como ocurrió con Hebert Chávez, un filipino de 37 años que se practicó más de 16 cirugías estéticas desde 1995, para convertirse en una burda réplica de Superman, con su poco más de metro y medio de estatura y unos ridículos músculos de espuma.

Como suele suceder con los mejores proyectos en sus primeras etapas, el concepto fue rechazado por varias editoriales desde 1934, entre ellas Humor Publications, United Features Esquire y Bell Syndicat. Solo cuatro años después, en junio de 1938, Superman fue publicado en el primer número de Action Comics, gracias al apoyo de los empresarios Harry Donnefield y Jack Liebowitz, y el aval del editor de DC Comics Vincent Sullivan.

Para futura desgracia de Jerry y Joe, apenas recibieron 130 dólares por los derechos del personaje y las primeras tiras cómicas, una exigua cantidad de dinero si se considera el inminente éxito editorial del personaje. Para que se hagan a una idea: la industria del cómic facturó un aproximado de 475 millones de dólares en 2012. Y para abril de este año, la suma alcanzaba los 163 millones.

La primera edición alcanzó un tiraje de 200.000 copias a 10 centavos de dólar cada una e introdujo a Lois Lane, una ávida y sagaz reportera del periódico Daily Star. Lois se inspiró en una modelo llamada Joanne Carter, una chica sensual de labios y cejas finas, amiga y futura esposa –se casarían en 1948– de Jerry Siegel.

Este primer Superman recordaba a un sheriff del viejo oeste, agresivo e implacable con los ladrones y políticos corruptos. Su vehemencia se reflejaba en la imagen de portada, que ilustraba a un superhombre intimidante con los brazos en alto, golpeando un carro contra una formación rocosa, mientras los civiles huían despavoridos.

Este primer número es ahora objeto de deseo por parte de los coleccionistas. Nicolas Cage guardaba con celo una edición en perfecto estado –la había adquirido por 150.000 dólares en 1997–, enmarcada y exhibida en una de las paredes de su casa. En el año 2000 fue robada y reapareció once años después en un contenedor de San Fernando Valley.

La copia fue subastada por Internet en el portal Comic- Connect y se vendió por un valor de 2,1 millones de dólares. Algunas páginas sueltas se han vendido en 300 dólares. Tal vez se pregunten por qué el cómic no volvió a manos de Cage. La respuesta es simple: su conexión con el actor es producto de la especulación: no se ha podido comprobar que se tratase, en efecto, del mismo ejemplar que le fue arrebatado años antes.

Dos años después de la aparición de Superman en Action Comics #1, la nueva estrella pop copó las emisoras de radio con el estribillo“¡Miren, en el cielo! ¡Es un ave! ¡Es un avión! ¡Es Superman!”, enla emblemática voz de Clayton Collyer, e incluso incursionó en losmusicales de Broadway, sin mucha fortuna. El primer hombre que seenfundó el uniforme azul del “hombre de acero” fue Kirk Alyn en unatreintena de películas (Superman y Superman vs. Atom Man) que mostrabana un superhéroe sobreactuado, con las mallas holgadas y unacontradictoria flacidez. Alyn confesó, en una entrevista concedida ala BBC, que muchas veces se sintió ridículo al interpretar ciertas escenas.

“No era el tipo de actuación habitual, ¿sabes? Ciertas escenas se grababan en una sola toma y las repetí cuatro o cinco veces porque no podía parar de reírme”. Los hombres que interpretaron a Superman se transformaron en ídolos. George Reeve, protagonista de la primera adaptación televisiva en 1952, solía ser acosado por los fanáticos que querían poner a prueba sus presuntas habilidades extraordinarias. Los niños se le acercaban y lo golpeaban, solo para saber si su cuerpo era en realidad una mole de acero. El seriado fue un éxito a pesar de su escenografía de cartón y de la cara de abuelo de Reeve –para la última temporada, tenía 43 años–. El show alcanzó 104 capítulos hasta 1957.

Dos años después, Reeve murió de un balazo en la cabeza ¿Suicidio o asesinato? La pregunta pende en el aire. La familia de Superman creció con los años. Primero con Superboy (1945), luego con Krypto, el cachorro de Superboy (1955) y un poco más tarde con Supergirl (1957), una prima superviviente. El rostro del superhéroe ha sufrido alrededor de 150 variaciones artísticas y comerciales, y la historia ha dado multiplicidad de giros dramáticos, incluyendo una primera muerte hipotética de Superman en 1986 y otra en 1992.

La primera muerte fue imaginaria y se encomendó a Alan Moore, el creador de Watchmen, y a Curt Swan, el hombre que había dibujado a Superman en los últimos cuarenta años. Se planteó en el marco de la Crisis en tierras infinitas, que tenía como propósito acabar con los múltiples universos existentes en DC Comics.

La muerte del 92, por su lado, respondió a una temeraria apuesta editorial y a un descontento de los escritores con la acogida del personaje por parte del público. Cuentan que Jerry Ordway solía proponer, más en broma que en serio, que debían matar a Superman.

En aquella ocasión los artistas venían discutiendo si casar o no al superhéroe, si esperar a que Lois y Clark contrajeran matrimonio en la serie de Hollywood o adelantarse en el cómic. Entonces Ordway gritó, de nuevo, aquella idea de acabar con él. Y esta vez lo tomaron en serio.

Los escritores del cómic decidieron machacarlo en manos de Doomsday, un villano indestructible de las profundidades. Cuadro a cuadro retrataron la derrota, la consumación de lo imposible: Superman demolido, desfigurado e impotente, enterrado en las ruinas de una Metrópolis bombardeada. La serie retrató los fastuosos funerales posteriores y arrancó las lágrimas de los seguidores más acérrimos.

La derrota de Superman se transformó en noticia. Como resultado de la enorme expectativa generada, el #75 de Superman fue una de las ediciones más vendidas de la historia de DC Comics, con un estimado de dos millones de copias. De acuerdo con John Jackson Miller, antropólogo y creador de la base de datos Comichron, entre

1960 y 1986 se vendieron aproximadamente de 115 millones de copias de Superman.

El Superman más recordado es, sin duda, aquel en que hasta Mario Puzo, el hombre detrás de El Padrino, se involucró como guionista. Aquel protagonizado por Christopher Reeve, el playboy desconocido de 24 años que acaparó los sueños húmedos de mujeres y supuso la admiración y envidia de los hombres con barrigas opulentas y brazos de palitroque. Superman: The Movie se estrenó el 17 de diciembre de 1978 y marcó a una generación. Los niños jugaban a salvar el planeta, las mujeres soñaban con un galán capaz de llevarlas de cita a las estrellas y los hombres, a falta de dinero para un buen disfraz, se enfundaban los calzoncillos por fuera del pantalón. Los redobles triunfales de la banda sonora de John Williams se convirtieron en el himno de las postrimerías de una década. Recaudó 300 millones de dólares e impulsó la producción de tres secuelas de una calidad decreciente.

Superman II se estrenó en 1980 con la misión de satisfacer a las multitudes de superfanáticos, sedientos de aventuras tras el enorme éxito de su antecesora. La secuela se vio marcada por el prematuro abandono de su director, Richard Donner, resultado de sus diferencias con los productores. La conclusión de la película fue encargada a Richard Lester, un hombre que, sin duda, no mostró el mismo respeto por el legado del superhéroe. Algunas escenas empañaron el resultado final por culpa de sus giros cómicos fortuitos y, por qué no decirlo, ridículos. ¿Cómo olvidar la inexplicable escena en que Superman lanza un escudo gigante de celofán sobre Non, uno de sus enemigos, para frenar su arremetida? Superman III (1983) marcó el inicio de la debacle.

Los defectos de la segunda parte se acentuaron e hicieron recurrentes: pírricas escenas de comedia, situaciones absurdas y falta de ritmo. “Todos en la película eran increíblemente estúpidos menos Superman. Metrópolis se transformó en un pueblo divertido y feliz, dejando atrás su talante oscuro y aterrador”, señala el crítico Michael O’Connor.

A esta tercera parte le siguió un desastre cinematográfico: Supergirl, la historia de las provocativas piernas de la prima de Superman y su cruzada contra el mal. La película inicia con la aparición de Kara (Helen Slater) en un punto solitario de la Tierra, disfrazada de mujer fatal, con un vestidito ceñido a su figura, rematado por una seductora minifalda de colegiala. Luce perdida y lo primero que se encuentra son dos camioneros violadores que la atacan sin pudor, como perros en celo. Ella les patea el trasero antes de seguir con una ristra de aventuras incoherentes, aunque “rubiamente” sensuales.

La decepción para entonces era mayúscula y faltaba lo peor: Superman IV (1987). “Si hay algo que quitaría de la historia de Supermansería esa película. La actuación de Reeve fue excelente, comosiempre, pero el resto fue lamentable”, señaló Steve Younis, directorde SupermanHomepage, en entrevista con DONJUAN. Superman IV no fue dirigida ni por Richard Donner ni por Lester,sino por Sidney J. Furie. Al principio disponía de un presupuesto de36 millones de dólares, pero justo antes de empezar el rodaje lo recortarona la mitad. Eligieron como villano al Hombre Nuclear, unmelenudo disfrazado como dominatriz con una insoportable tendenciaa gruñir escena tras escena. Ante la falta de recursos, contratarona un equipo de incompetentes apenas entendidos en efectos especiales.

El culmen de la desfachatez llega en los últimos quince minutos, cuando Superman termina empujando –sí, empujando– la Luna para tapar el Sol y anular los poderes de su enemigo. Aquella fue la última vez que Cristopher Reeve se calzó los guantes del invencible. En 1995 cayó de un caballo y se fracturó las dos primeras vértebras cervicales. Perdió la movilidad en todo su cuerpo, excepto en los dedos de su mano izquierda.

El amor de su esposa, Dana, fue fundamental para enfrentar con entereza tan demoledora circunstancia y creer en sus opciones de recuperación: “Nunca aceptes un ultimátum, la sabiduría convencional o los absolutos”, conferiría en entrevista a Esquire meses antes de morir. Se transformó en un ejemplo de perseverancia, pero murió a los 52 años, en 2004, producto de un ataque cardiaco después de recibir un antibiótico para combatir una infección que lo aquejaba. Superman retornó a la pantalla grande casi veinte años después, en 2006. No fue un desastre, pero tampoco supuso un regreso contundente.

“No hay chispa, no hay vida. Una risita aquí y allá, pero no hay tensión dramática, ni ingenio, ni inspiración”, aseguró la periodista Caroline Carbone el día de su estreno. Películas como X-Men (2000), Spiderman (2002) y Batman Begins (2005) impusieron nuevos estándares de calidad y un obligatorio cambio de enfoque a la hora de adaptar un cómic a la pantalla grande. La aproximación de Bryan Singer pecó de convencional y aburrió al público. Eso sin contar con que pocos gustaron del aspecto afeminado de Brandon Routh.

La misión de Man of Steel, bajo el ojo avizor de Cristopher Nolan, la dirección de Zack Snyder y un presupuesto de 225 millones de dólares, es romper los esquemas del personaje y ofrecer un héroe oscuro y vulnerable, acaso capaz de competir con Batman, su eterno rival desde que fuese creado por Bob Kane en 1939. Henry Cavill interpretará en esta ocasión a Superman. Aunque pocos la han visto, la crítica en la página rottentomatoes.com es optimista por los nombres involucrados en la producción. Por otra parte, John Williams, el compositor de la banda sonora del legendario Superman de Reeve, le manifestó a la prensa de que lo entristecía no haber hecho parte del equipo de esta nueva etapa del personaje, pero confía en que será maravillosa.

Una lágrima corrió por la mejilla de Joe. La vida se esfumaba y jamás fue multimillonario. Su cuerpo gordo y desvalido permanecía inerme en la cama. Apenas podía distinguir los colores del día producto de su ceguera parcial. Las pesas fueron inútiles en la búsqueda del amor eterno, moría en soledad, sin hijos, su único vástago fue Superman y se lo arrebataron por un elogio hipócrita, aprovechándose de su ingenuidad. Se sintió contrariado: había cambiado el mundo, había creado un dios, pero moriría casi como Edgar Allan Poe: jodido, después de numerosas y fútiles batallas legales por recibir mayores ganancias por su creación.

Jerry moriría cuatro años después, en enero de 1996, a los 81 años, con poco dinero en sus arcas. En su cabeza aún retumbaban las palabras de Jay Emmet, vicepresidente ejecutivo de Warner Bros: “No existe obligación legal, pero definitivamente siento que hay una obligación moral de nuestra parte”. Las dijo en 1975, cuando les dieron 20.000 dólares anuales en una suerte de acto de caridad, después de que los habían echado treinta años antes, como a perros, de DC Comics.

Su esposa Joanne y su hija Laura se despidieron de él y prometieron continuar con la batalla legal. Doce años después, la Corte de California dictaminaría que la familia Siegel podía reclamar parte de los derechos de autor y así se llevaron parte de los 400 millones que acababa de recaudar la vapuleada Superman Returns. Henry Cavill se ajusta la capa que se le arrastra por el suelo mientras los magnates se le lanzan al metro cuando ven sus cuentas bancarias en cero. Son años de mierda. En la televisión se escucha a Lance Armstrong confesándole a Oprah sus pecados de dopaje.

De fondo Superman, Superman en cada valla y en cada resquicio. Se viene el estreno de Man of Steel y poco ha cambiado. Nada ha cambiado, porque el mundo sigue necesitando a su justiciero imaginario vestido de idiota 75 años después. Son años de mierda, pero hay Superman.

Modelo: Catalina Uribe de iNforma Models // Maquillaje y pelo Alex Ospina // Asistente de fotografía: Junior Rojas // Agradecimiento especial: Glamorous sexy wear

Fotografía: Hernán Puentes.

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