Edición 117

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El rey del salto

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La final de salto del Longines Fei World Cup en Las Vegas dejó un campeón fuera de serie. El 19 de abril fue un espectáculo mayor.

Final de salto del Longines Fei World Cup en Las Vegas

 –¡Mira!, ¡tu viejito!, ¡qué tiempo! La experiencia no improvisa… ojalá no se venga abajo.

Mi vecino de silla en los tres días finales de la Longines Fei World Cup Jumping Final me había dado clases intensivas de jinetes, saltos y caballos. Sabía que había un miembro de la nobleza de Qatar en competencia, que el campeón del mundo y el campeón olímpico competían salto tras salto. También sabía que había un mexicano en competencia, el gran Manuel Álvarez Ruizgalindo, y que –para tristeza mía y de mi vecino, mexicano de pies a cabeza– la presión lo iba a volver trizas, “lo había hecho bien, pero el pobre no está acostumbrado a ver tanta gente ni a saltar tan alto; mira… son saltos de 1.60 m. de altura y más de 2.50 m. de largo; él está acostumbrado a 1.40”; habíamos hablado largo y tendido con los ojos en la pista.El espectáculo es conmovedor y electrizante; cada caballo pesa media tonelada, pero no se notan –ni se sienten– cuando empiezan a elevarse del suelo; saltan, saltan con una plasticidad que solo puede repetirse con tanta poesía en la memoria de un público asombrado y agradecido. Y lo hacen 15 o 16 veces sobre la pista. En series escalofriantes en las que el caballo no ha terminado de poner las patas en el piso cuando tiene que hacerlo dos veces más. Y luego trotar hasta un obstáculo que parece imposible de superar. Y lo hacen de nuevo.

Final de salto del Longines Fei World Cup en Las Vegas

Hasta mi primer día en Las Vegas mi único referente con los saltos de obstáculos era Christopher Reeve, el gran hombre de acero, el mejor Superman de la historia, que finalizó sus días postrado en silla de ruedas luego de una caída trágica, sin embargo, mi mente no estaba para tragedias. Los jinetes que estaban en pista no hacían nada que pudiera presagiar un horror, una competencia de salto hace que el público se coma las uñas y no pueda mantener una postura relajada en la silla, esperando un milagro: los saltos perfectos, que el caballo no toque con sus patas ningún obstáculo. Mis favoritos, con ayuda de mi vecino mexicano, eran el campeón olímpico, el suizo Steve Guerdat y su caballo Albfuehren’s Paile; el irlandés Bertram Allen y su yegua Molly Malone (el nombre de la yegua, por Joyce y por todos los pubs del mundo, me habían convencido), y Richard Fellers y su Flexible. Ser parte del tercer mundo hace que, por una extraña razón, vayamos siempre por los que son aparentemente más débiles. En Colombia, durante la pelea Pacquiao-Mayweather solo faltaba una valla que dijera Filipinas es Colombia, Pacquiao es colombiano. El estadounidense Fellers era el abuelo de la competencia. Tiene 60 años y su caballo, Flexible, 19, la misma edad de Allen, el jinete irlandés. Y ver a la vejez en lo más alto, me llenaba de emoción, aplaudí a rabiar cada actuación suya. El último día todavía tenía posibilidades de llevarse el trofeo.

–Uuuuuuh… mira… ¡se va a estrellar con las manitas!

Fellers luchó hasta el último resuello y el público enloquecía con sus saltos, pero en su última ronda tumbó dos obstáculos y sus posibilidades se fueron al traste; varios jinetes lograron pasar en limpio, pero el puntaje final decía que solo tres jinetes que podían luchar por el trofeo que entregaría Steffi Graf, la jugadora con más grand slams en la historia del tenis. La estadounidense Elizabeth Madden y la francesa Penelope Leprevost hicieron lo que tenían que hacer, pero al final, en el último turno, el campeón olímpico, el suizo Steve Guerdat, podía hacer historia; incluso se permitió un riesgo calculado: tumbó un último obstáculo para no perder tiempo y coronarse de una vez por todas.

Final de salto del Longines Fei World Cup en Las Vegas

–Es un crack –dijo mi amigo mexicano–. Tremendo, tremendo, ¡aseguró su vida!

Ser campeón, me explicó, no solo le aseguraba un lugar en el panteón de los mejores jinetes, sino que le pagarían una millonada por ser entrenador, vendería sus caballos por el precio que quisiera y podía ser feliz. Y lo era. Y de qué manera. Su celebración fue tan emocionante –o me pareció ver algo tan emocionante– como la celebración del gol de Tardelli contra Alemania en la final del Mundial de fútbol de 1982.

–¡Mira lo que va a hacer!

Guerdat tiró su casco al aire y dio tres, cuatro vueltas por la pista a toda velocidad. Todos aplaudíamos y nos abrazábamos.

–¡Cuándo es la próxima copa!

 

 

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