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EL MILAGRO DE DUNKIRK

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La nueva cinta de Christopher Nolan es una película de guerra como nunca se ha visto, para bien o para mal.

No se preocupen, fanáticos de Christopher Nolan: Dunkirk es buena.

Seguramente ya lo sabían, dado que la crítica ha estado babeando elogios por la nueva película de guerra de un director mejor conocido por crear clásicos de género como El gran truco y la trilogía de Batman. No iré tan lejos como para decir que sea el mejor trabajo del director, ni diré que es “una obra maestra” (de nuevo, como tantos medios han aventurado), pero es sin duda un ejercicio que vale la pena ver, sea por su espectáculo o por su maestría técnica.

“El milagro de Dunkirk”, como se conoce a la exitosa retirada de la mayor parte de las tropas británicas de Europa durante los primeros años de la invasión del tercer Reich (una retirada que permitiría a los británicos seguir con fuerzas para luchar), es un escenario extraño pero a la vez fascinante para ubicar una película bélica. La desesperación de los soldados, la paciente agonía de un ejército que se considera arrinconado y las circunstancias que escapan al control de los soldados marcan los elementos para el “relato de supervivencia” que Nolan quiere contar. Es una situación terrorífica, que está más allá del poder de las balas y los actos heroicos de la mayoría de las películas de guerra.

La película cuenta la historia de los soldados estancados en la playa en el lapso de una semana, de los botes civiles que fueron a ayudar a los soldados a evacuar en el lapso de un día, y el combate de las fuerzas aéreas sobre el mar para defender esos barcos en el lapso de una hora. Son varios relatos interconectados en una línea temporal algo confusa y, para ser honestos, mal manejada. Al final, las historias carecen de cohesión y el momento climático no se siente tanto como tal. No es victorioso ni trágico, es solo otro momento.

Además, la restricción que pone Nolan sobre sí mismo de limitar los efectos visuales a veces limita el alcance de la película: por ejemplo, mientras que algunas escenas capturan la escala del conflicto y de los soldados involucrados (que eran casi 400.000), en otras la playa en la que se encuentran los soldados se siente apenas poblada por unas cuantas docenas de personas, no más. La batalla en Dunkirk fue brutal y masiva, involucrando el despliegue de miles de aviones y docenas de acorazados. Aunque la simplicidad ayuda al aire de desesperación silenciosa que tiene la película, a veces se siente que traiciona la magnitud de los hechos. Sin duda una decisión estética, que elige la desolación sobre los hechos verdaderos.

 

Es aire de desesperación funciona perfectamente. Con lo que imagino que fue un guión que no debe tener más de veinte páginas, sus personajes permanecen callados la mayor parte del tiempo. Los cañonazos y el sonido del metal retorciéndose es más prominente y más poderoso que cualquier cosa que sus personajes puedan decir. En su cinematografía y su sonido hay un espectáculo que brinda la intensidad emocional a cada escena.

Porque, considerados de manera individual, hay que admitir los momentos que componen la película son intensos. Un poco parecido a Magnolia, el film salta entre sus varias historias para construir un sentido de premura ante cada acción, cada situación. La música de Hans Zimmer ayuda también a crear una tensión palpable con cada segundo. Las escenas de los bombardeos en la playa, los soldados transportando un herido a un barco antes de que zarpe, el combate aéreo (que es quizá la mejor razón para ver esta película en Imax) y el hundimiento de los barcos son momentos intensos. No se necesita ninguna conexión emocional con los personajes (que son pocos, solo los soldados en la playa, el piloto interpretado por Tom Hardy y el capitán del barco civil que va a rescatarlos, este último siendo un cliché que grita “soy una buena persona”) para saber que se toman decisiones difíciles, que hay vidas perdidas y dar una mirada que se siente fresca a las realidades de la guerra.

 

Al final, Dunkirk falla en presentar personajes creíbles, emocionales; difícilmente hay un ancla emocional, alguien que nos haga sentir empatía o alguien por el que sintamos la necesidad de alentar (excepto Tom Hardy, porque todos amamos a Tom Hardy). Sin embargo, esta mirada clínica sobre la guerra también juega a su favor: le permite a Christopher Nolan contar la tragedia de una manera cruda, desde cierta distancia emocional que presenta los hechos como son. Los soldados mueren sin redimirse, sin momentos heroicos, sin arcos narrativos. La gente muere, golpeando las paredes de un barco que se hunde y gritando por ayuda, quemada en medio del océano, acribillada por las ráfagas de balas de los aviones, desmembrada por las bombas que caen del cielo.

El peso emocional de Dunkirk no está en la victoria de los vivos; está en el destino de sus muertos.

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