Columna de Ricardo Santamaría
Mejor salir de este tema rápido y sin misterios. Que todos lo sepan. Este año -pero muy a finales, en diciembre- cumplo 50 años. Es un número respetable pero estoy preparado. Y contento. Cada edad tiene su particular encanto, su personalidad. Los veinte son la alegría de vivir. Explorar el mundo, el amor. Jugarse a fondo en cada cosa que uno hace. Rebeldía, pasión. Equivocarse para aprender. No hay sueños, es acción pura. Los hombres se sienten, literalmente, como una de las fuerzas más poderosas de la naturaleza. Como una estampida de caballos que todos los días hay que dejarla correr. Con una enorme dosis de irresponsabilidad, por supuesto.
Apaciguado un poco, no mucho, apenas un poco, llegan los treinta con la consigna de buscar la independencia. Hacer cosas. Construir. Una carrera, una empresa, un negocio. Llega la corbata y el pelo corto. La fuerza se traslada a los proyectos, a los planes. Los hombres se convierten en seres humanos competitivos, con hambre de triunfo, fríos, calculadores. Cambian los amigos. Quedan atrás los sentimentalismos. Es cuando se presentan los grandes triunfos o los grandes fracasos en la vida de los hombres.
Los cuarenta son más apacibles. Sobre todo la segunda mitad. Es el reencuentro con uno mismo. ¿Dónde quedaron mis sueños? ¿Qué fue de mis amigos del colegio? ¿Qué he hecho en mi vida? ¿Qué es lo importante? El corazón se reblandece. Para mí han sido los mejores años. Se rectifican errores. Se es más tolerante. Importa más la tranquilidad que la adrenalina. Es hora de los balances, de revisar lo sembrado.
Por primera vez se mira para adelante, para el futuro, con humildad y respeto. El baile se disfruta más, porque nace de adentro. Las cosas simples de la vida importan: la amistad, lealtad, respeto... La alegría es genuina; la carcajada, ruidosa. La fuerza de vivir retorna a la persona, como en los veinte. Curiosamente a esta edad se es más flexible para los cambios porque se está más dispuesto, después de altos y bajos en la vida.
Vivir sano se convierte en una prioridad. Retomar el deporte o empezar uno nuevo. Son los años en que se vuelve a ser niño o adolescente, pero de una forma madura. Algunos se compran una moto, un convertible o un jeep todoterreno. O una bicicleta con todos los gallos. O un caballo para montar y competir. Otros, un velero o una cuatrimoto para salir con los amigos. Es la época de los juguetes.
Los cuarenta de los hombres se parecen a los treinta de las mujeres. En ellas es la época en que su belleza se decanta y se torna más expresiva. La feminidad está a flor de piel. Se vuelven coquetas con la mirada, con el gesto, en el andar. Quieren pasión y romance pero también amores apacibles y reales. Hombres que las respeten y valoren, y las quieran bien.
Para las mujeres de cualquier edad no hay novio más confiable que un cuarentón y ojalá que esté rondando los cincuenta. ¿Por qué? Porque empiezan a moverse más por el corazón que por la cabeza. Porque los sentimientos afloran y se convierten en una prioridad de la vida. Porque necesitan expresarlos. Es parte del regreso a lo esencial. Hay emoción, pero también verdad. Los de treinta, en cambio, son los novios menos confiables. Están explorando. Son los que quieren salir desnudos en la carátula de una revista. Nunca uno de cuarenta pensaría en eso. No saben a ciencia cierta lo que quieren y, no en pocas ocasiones, dejan a sus parejas colgadas de la brocha, desilusionadas y llenas de promesas incumplidas. Un día dicen que están enamorados, pero se van al día siguiente sin explicación alguna. Las novias, más que una pareja, son un reto. Y a veces se convierten en un trofeo para mostrar.
Los de veinte son novios alegres, afirmativos pero irresponsables. Para ellos es más importante la conquista que la relación. Están probándose a sí mismos de lo que son capaces. Literalmente, le disparan a todo lo que se mueve.
¿Y los cincuenta? Los intuyo como un nuevo comienzo, después del reencuentro interior de los cuarenta. Los que están mal casados seguramente se separan. Y los que están solteros quizás quieran casarse y formar un hogar. Los veo como una década afirmativa, consciente, donde hay más certezas fundamentales de la vida. En la cual se puede ejercer a plenitud el sagrado derecho de decir "no". Sacudirse el qué dirán. Gozar la vida sin remordimientos, con lucidez. Dedicarse a lo fundamental de la vida.
Hace poco estaba leyendo un libro de Sándor Marái, La herencia de Eszter y me impresionó (no tanto como para deprimirme) que el autor habla del protagonista, Lajos, como "un hombre mayor que ya pasa los cincuenta...". Obviamente, el hombre está, como dicen, pifiado. Talentoso y sensible hasta el llanto, sobre todo en su libro El último encuentro, pero fuera de foco en cuestión de edades. La referencia quizás se salva ya que la novela transcurre a comienzos del siglo pasado, porque Eszter, burguesa acomodada, vive en una casa sin luz eléctrica.
Hoy el panorama es completamente distinto. Los cincuenta son años llenos de vida y vitalidad. En lo personal, me producen genuina emoción. Años para seguir sorprendiéndose, una cualidad esencial de ser joven. Para fluir con la vida con naturalidad. Para entender el ritmo de las cosas y situaciones. Para disfrutar con mayor intensidad el amor y el trabajo, para dar, porque se es más consciente, más presente.
La verdad es esta: hoy en día, y cada vez es la realidad de más gente, hombres y mujeres se liberaron del yugo de la edad.
La comida sana, el deporte, la meditación, el reencuentro espiritual, la rumba, el arte, el baile, la alegría, el contacto con la naturaleza, con el planeta y las personas y cosas sencillas, produjeron esa revolución. Las mujeres se sacudieron de matrimonios o noviazgos con hombres que las maltratan y engañan. Y los hombres, de relaciones de apariencia.
Así que listo -a final del año, claro- para recibir los cincuenta. Por ahora seguiré como cualquier joven en sus emocionantes cuarenta. Tranquilo, bailando champeta, que es lo más parecido a la felicidad pura.