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Todo lo que pasa en el baño de Zsuzsanna Malomhegyi

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Mientras transcurría esta entrevista, la modelo húngara -radicada en medellín- estaba en el borde de su ducha y confiesa sus tantas infidencias de su intimidad en el baño.

Mientras transcurría esta entrevista, la modelo húngara –radicada en medellín– estaba en el borde de su ducha contando cuántos frascos de champú tiene; a la niñera de su hija le preguntaba –en una mezcla de español con acento paisa y extranjero– cómo se llama la emisora de rancheras que sintoniza siempre, y confiesa, entre otras tantas infidencias de su intimidad en el baño, que cuando se le tapa el inodoro ella misma lo destapa con la chupa.

En la ducha yo no me  demoro. Me demoro más cuando salgo. Secarme el pelo toma mucho tiempo; aplicarme mis cremas para todo –los ojos, la piel, el protector solar–, y aunque yo de día casi no me maquillo, gasto un poco más de tiempo en eso. Sin embargo, lo máximo que me puedo demorar en un baño es una hora, pero si es una ocasión especial, me tomo dos o tres horitas más. Por ejemplo, yo mido 1,80 m, y ponerme la crema humectante en todo el cuerpo tarda por lo menos veinte minutos.

Y a pesar de pasar tanto tiempo en el baño, casi nunca canto en la ducha. Y mucho menos cuando son las 6 a. m. y debo salir a una producción. Tampoco cojo el champú como un micrófono. Yo hago lo que tengo qué hacer: bañarme. Nunca juego en la ducha. A veces grito como un animal, “¡Iriiiiinaaaa!”, porque veo a mi hija de veinte meses sacando mis cosméticos del cajón. Tampoco leo en el baño. ¿Uno cómo se va a concentrar en ese proceso? La gente que diga que lee y que entiende algo no le creo ni aunque me pague. Sin embargo, chateo mucho, eso sí, pero ningún celular se me ha caído al inodoro. Sustos sí he tenido muchos, pero tengo buenos reflejos. Sin embargo, una vez en una bañera de un hotel en París, hace como dos años, estaba en una tina viejísima, tanto es así que yo tenía susto de cerrar la cortina y que un monstruo me atacara. Yo no sabía que mi esposo ya había llegado al hotel, entró al baño a decirme algo y del susto me deslicé como en un champú y me caí. Soy como el celular: intento caerme, pero me alcanzo a salvar.

Al salir de la ducha, oigo emisoras como La W, pero en cuanto a música escucho de todo, desde Helenita Vargas hasta Axwell Ingrosso, lo que se me venga a la mano en el celular o el iPad.

Nunca se me ha tapado el sifón de la ducha. Soy muy aseada y lavo los baños todos los días, para mí eso es muy importante. Ojalá tuviera tanto pelo como para dejarlo en la ducha. Quisiera tener más pelo, no de largo, sino de volumen. Quiero un pelo más grueso.

Pero el inodoro sí se me ha tapado, varias veces y nadie lo destapa por mí. Con las herramientas necesarias, no me tiembla la mano para destaparlo. Yo cojo la chupa y lo destapo yo misma. Soy húngara, y las europeas hacemos de todo, me las arreglo, no soy de las que llaman a un técnico por todo. Mi abuelo es plomero, y aprendí a cambiar la manija de descarga del agua del inodoro, por ejemplo, pero no sería capaz de romper un muro.

Lo que más me gusta de mi baño es el espejo, es muy grande. ¿Qué haría uno sin espejo en un baño? Me parece absolutamente necesario porque a veces uno sale con una ceja apuntando hacia la otra persona. Y lo que más me miro es la cara, que el pelo esté bonito. Odio que los labios estén secos, entonces me fijo bien si me los humecto o si solo me pongo brillito. Y además aprendo mucho, a posar, qué me queda bien, cuál es mi mejor perfil, y ya en el momento de trabajar conozco absolutamente todo de mí. A veces cuando poso y me veo muy bonita me mando besos. Digo “¡uy, qué mujer tan churra!”. A veces también le hablo al espejo, hablo para ver si estoy abriendo bien la boca o hablo feo, pero hablo húngaro. Cuando hago bobaditas hablo en mi idioma natal por instinto.

Yo vivo sola con mi hija en Medellín, mi esposo es colombiano, pero reside en Francia y viene cada tres meses. A veces me pide que le envíe selfies, y lo hago, porque a veces hay que echarle jalapeño a la relación.

Mi baño es abierto, a mí no me gusta encerrarme. Si quiero encerrarme, cierro el cuarto. Es muy rico porque no es un espacio lleno de vapor y el espejo no queda empañado. Quisiera que mi baño fuera más grande, porque yo me pego en todos los muros. Para mí, lo primordial en una casa es tener cocina y baño grande. Para mí ese es el lujo más grande. No tengo jacuzzi, me parece muy mañé y antihigiénico por esa baba que bota. Tengo una tina pequeña en la que se baña mi hija. Tengo que encontrar un apartamento más grande que tenga tina. Quisiera un baño muy minimalista, moderno, sin tantos elementos. Que tenga una ducha amplia, una bañera como la de estas fotos –me enamoré–; un espejo gigante y un mueble enorme para guardar todo: toallas, cosméticos, perfumes, etc. ¡Ah!, y un tapetico para salir de la ducha.
Lo que más asco me da de un baño es el desaseo. Con un baño mal lavado prefiero aguantarme las ganas. A uno le toca usar baños públicos. Pero menos mal que yo tengo buenos músculos en las piernas porque no me siento en ninguno aunque me esté muriendo, y para lograrlo hago sentadillas. A mí me preguntan: “¿Cómo tienes ese cuerpazo sin entrenar así de duro como nosotras?”, y yo les digo que es por el día a día, porque entro a baños públicos, ja, ja, ja –es molestando–.

Definitivamente me gusta bañarme y dormir sola. Y cuando digo dormir sola, es que odio dormir abrazada, eso para mí es mortal, porque pretendo que estoy durmiendo, pero no duermo ni un segundo. A mí me gusta acomodarme como a mí me gusta, sin tener brazos ni manos incomodándome. Y en la ducha igual, yo creo que es un momento para uno solo. Pero puede haber momentos excepcionales, pero eso no pasa todos los días, si acaso cada Thanksgiving. A veces mi esposo me dice: “¿Me puedo bañar contigo?”, y yo le digo: “¿Acaso es Navidad?”. Y él se muere de la risa. Pero cuando lo dejo bañarse conmigo, nos reímos mucho. Ese ratico es para morirnos de la risa, para pasarla bien. A él le gusta el agua fría y a mí no, entonces gritamos y nos reímos mucho. Eso pasa cada que viene el niño Jesús, pero cuando pasa, la pasamos muy rico. Y a él sí le hago cresta con el champú y queda más feo de lo que es. Yo le enjabono la espalda, los brazos, pero a mí no me gusta mucho que él me enjabone. A mí me gusta hacerlo yo sola.

Para que un tipo llegue a mi baño, tengo que estar comprometida y conocerlo muy bien, así no me voy a llevar sorpresas. Además, mi forma de ser no me lo permite. Yo no soy de muchos hombres. La verdad es que yo conozco dos hombres en ese grado de intimidad en mi vida y sólo con ellos he tenido relaciones en el baño: mi exmarido y mi esposo actual. ¡Ya!, el sol no se puede tapar con un dedo. De resto fueron enredos y cositas así, pero nunca llegaron a mi casa y, mucho menos, al baño.

Maquillaje: Álex Ramos // Producción: Carolina Baquero // Asistente de fotografía: Junior Rojas

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