Edición 117

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¿Es mejor tener sexo con una rubia o con una negra?

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La modelo barranquillera Paola Mendoza permitió que el artista plástico José Arboleda la convirtiera en una rubia en Photoshop

El escritor Sergio Álvarez se hizo la pregunta de oro: ¿Es mejor el sexo con una rubia o con una negra?

Los hombres, en el sexo –como en todo–, vivimos de los mitos, nos mueven los sueños. Y en estos tiempos, los mitos no están lejanos. Ya no nos los cuentan los ancianos ni los chamanes ni los vemos pasar de lejos como a reyes y princesas que van con sus escoltas hacia el castillo. Los mitos actuales nos los crean los medios, la televisión, el cine, la radio, las revistas y nos atrevemos incluso a crearlos nosotros mismos. En nuestras calles, en nuestras oficinas o lugares de trabajo, hablamos y hablamos hasta mitificar el poder sexual de alguna vecina, alguna secretaria o de nuestra misma jefe.

A los latinoamericanos ningún mito erótico nos excita tanto ni nos llena de tanta ilusión como el mito de la mujer rubia. Soñar con rubias es nuestro oficio desde que nacemos, se trata de un mito hereditario, que alimentó los sueños de nuestros padres y abuelos y que cada día crece gracias a los almanaques de las carpinterías y talleres de carros, de las vallas publicitarias y, si tenemos suerte y sabemos buscar, de las revistas que nuestros mayores guardaban con celo en algún armario.

Al cine, a la televisión, a la prensa y ahora a internet les debemos el deseo insaciable por las rubias. Las pantallas gigantes, medianas o pequeñas, los afiches o las páginas de papel impreso nos han alimentado con imágenes de millones de rubias y nos han dado aliento para no dejar nunca de desearlas, para mantenerlas siempre en el corazón. A las rubias recurrimos para que nos ayuden a insinuar la sexualidad en la infancia, para que nos den una mano imaginaria cuando la adolescencia nos obliga a tener amores solitarios y cuando el amor de la vida adulta no alcanza a excitarnos suficiente y hay que ayudarlo con la imaginación.

Jayne Mansfield, Marilyn Monroe, Nicole Kidman, Cameron Díaz, Charlize Theron, Scarlett Johannson, Britney Spears entre otras, nos llenaron a todos de deseos sexuales por la mujer rubia y tras esos deseos hemos corrido desde que se inventó el cine y la televisión. Sin mujeres rubias en las carteleras los cines estarían vacíos. ¿Quién quiere ver una película donde una rubia no se quita la ropa? ¿Quién podría soportar dos horas de encierro solo a punta de disparos y testosterona? Las rubias no solo nos alegran la vida, mueven la economía y son mecenas eróticas del arte. Aún recuerdo que una de mis mayores expectativas al viajar por primera vez a Europa era la idea de que tendría más posibilidades de meterme en la cama con una rubia. Apenas me bajé del avión y caminé por las calles de Barcelona, me dediqué a buscar la rubia de mis sueños y nada me decepcionó más de Europa que descubrir que había rubias feas, que la fealdad también podía ser rubia. Aun así, los sueños no son fáciles de cambiar y apenas estuve establecido, corrí detrás de ellos. Hice muchos esfuerzos porque me presentaran rubias, fui a muchas discotecas de salsa a ver si me cazaba alguna rubia que tuviera un mito inverso al mío y coqueteé aquí y allá con el fin de enredarme con una rubia.

Más por necedad de una chica, que por habilidad mía, un día terminé en la cama de una de ellas. No me puedo quejar, lo pasamos muy bien, pero no era lo que esperaba. Mi Marilyn no resultó una fiera sexual ni olía a perfume francés ni seducía como estrella de cine ni gemía como actriz de película porno. Era una mujer como cualquier otra, que más que sexo quería un poco de atención, aprender de América Latina y que además “la apreciara más allá de su físico”. No es fácil saber que las rubias tienen sentimientos, que son mujeres como todas las otras, es un golpe para el que uno no está preparado, que cuesta asimilar y que puede hacer que el mejor de los polvos termine en un fuerte guayabo.

Salimos otro par de veces y le conté y expliqué muchas cosas de nuestro continente, pero ni ella se animó a seguir conmigo, ni yo estaba dispuesto a que los lunares que no me gustaban ni el olor que no terminaba de seducirme ni su frialdad después del sexo dañaran un mito que todavía palpitaba dentro de mí. Hubo otras rubias, algunas más frías, otras más tiernas, una que logró enamorarme de verdad, pero ninguna perduró y poco a poco el mito de las rubias se me fue deshaciendo y, como suele pasarnos siempre, fue reemplazado por el mito opuesto.
De pronto ya no quería meterme en la cama con una rubia, quería una negra, una mujer fogosa e insaciable, que más que sexo quisiera un maratón en la cama y que estuviera siempre dispuesta al placer y no tuviera las histerias que también me estaban alejando de las mujeres blancas. Quité la foto de Marilyn de mi escritorio y puse la de Naomi Campbell, me vi todas las películas de Halle Berry, me hice adicto de Rihanna y Beyoncé y dejé de oír música en inglés y me dediqué a los videos de salsa, merengue, bachata y reguetón.

Empecé a soñar que me salía un trabajo en Cuba o en República Dominicana, inventaba historias que ocurrían en el Caribe y me veía escribiendo con una ventana frente al mar y con una negra desnuda siempre esperándome en la cama. Ya no quería estar en Europa, mi nueva ilusión eran Santo Domingo, La Habana, Ciudad de Panamá, Barbados o San Juan de Puerto Rico. Incluso me entraron ansias patrióticas, y me vi viviendo en Quibdó, Tumaco o Buenaventura. Así son los mitos, irreales e infantiles, pero de ellos vivimos.

Imaginaba esas mujeres de andar musical y sonrisa luminosa que tenían las carnes duras, los labios como frutas y unas tetas capaces de acomplejar los diamantes. Mujeres que aunque sus antepasados habían sido esclavos, en la cama eran las más libres de las féminas y cuyas técnicas amatorias eran ancestrales, y no solo estaban nutridas por el deseo, sino que tenían algo de vudú, de religión de yorubas y de otras tradiciones africanas. Quería una princesa negra, Disney ya no era lo mío, las princesitas rubias podrían quedarse entreteniendo niñas y mujeres adictas a las telenovelas. Ahora quería ser el rey Salomón.

La vida me ha tratado bien, apareció internet y la red me trajo una hermosa mujer que no era del Chocó, pero era negra negrísima nacida en la isla de Santa Lucía, una isla que había dado un premio nobel y que a mí me dio un premio aún mejor. Hicimos el ritual cibernético, las charlas largas que poco a poco se fueron volviendo tórridas, la consabida cita a ciegas, las dudas de si al final de la cena era mejor ir al cine o a bailar o directamente a la cama. Y la alegría de confirmar que la insinuación de saltarse el cine y el baile era en realidad lo que ella estaba esperando.
Nunca podré olvidar el espectáculo de esta mujer desnuda, las rubias casi siempre me decepcionaron al desvestirse, las negras siempre me han asombrado. Es cierto el mito de sus carnes duras y de sus nalgas talladas con maestría. Es cierto que sus senos más que mirarnos nos amenazan y es absolutamente real que sus orgasmos tienen una intensidad profunda que no se alimenta de los gritos y los gemidos del placer de la carne, sino de una conexión con la tierra y el universo que tal vez un pobre mestizo como yo nunca llegue a terminar de entender.

Pero si tienes todo este placer, no es para confirmar el mito de la sexualidad desatada de la mujer negra. Al conseguirlo, pronto confirmarás que el sexo no es lo realmente importante. No hay nadie más amorosa e incondicional que una mujer negra y, una vez que has estado en su cama, ella empieza a protegerte con una ternura y una sencillez que acaban por desactivar el mito sexual, por ponerlo en el lugar que en verdad le corresponde. Mi princesa de Santa Lucía ha sido la mujer amorosa con la que he dormido, la mujer que más ha intentado cuidarme a pesar de ser un amante pasajero y la mujer que más me hizo entender que tanto soñar con el sexo físico degrada el amor y lo empobrece.

Así, gracias a los viajes, la buena suerte y la curiosidad de algunas mujeres, fui saciando el mito de las rubias y el mito de las negras, y fui aprendiendo que el sexo es en realidad un sueño al que la realidad transforma y aterriza. Que no se trata de un color de piel ni de placer, sino que se trata de comunicación. El sexo es el diálogo que vence todas las barreras y que permite a dos seres humanos la intimidad y la apertura total del uno hacia el otro.
No hay que mirar tanto el color ni los cabellos ni creerse mucho la belleza de las películas. Hay que aprender a hablar, no solo con palabras, también con sonrisas, afecto, cuidados y ternura. Aun así, lo negro y lo blanco como mito sexual perduran, siempre están ahí y uno no termina de dejarlos. Solo empieza a encontrar otras opciones. De pronto descubre que el mestizaje es la nueva oportunidad de los mitos sexuales y que uno puede pasar de los mitos absolutos a una búsqueda de indicios y caminos intermedios.

Nada hay más excitante que una mulata con rasgos indios y tetas de negra o nada más atractivo que una rubia que hable, grite y baile como una negra. Nada es más sexi que una blanca con la piel acaramelada o una negra que perdió parte del color y a la que le regalaron unos penetrantes ojos claros. Al final, nada derrota los mitos. Preferimos perder la vida que perder los sueños. Por eso el Photoshop es ahora más importante que la realidad y por eso, aunque todos sabemos que lo fundamental es el amor, seguimos siempre hablando de sexo, del color de la piel y de largas e imposibles jornadas sexuales. Son estos sueños eróticos los que más cultivamos, son nuestro mejor tema de conversación, el palabrerío que hace que nos sintamos más amigos y más compenetrados. Son estas ilusiones, al fin de cuentas, nuestro mejor alimento, nuestro mapa de ruta y nuestro mejor consuelo.

Vea la galería completa de Paola Mendoza

Dirección de arte: José Arboleda
Maquillaje y pelo: Hernán Melgarejo // Producción y styling: Carolina Baquero.
Dirección, cámara y edición: Seba Krapp - @SebaKrapp // Música: Purple Zippers

 

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