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Fenómeno en redes sociales. Rockera, vallenatera, champetera. La música de Martina, como ella misma, es imposible de encasillar.

Desde que se fue de su casa en El Carito, Córdoba, su vida ha estado entre las tarimas, los videos de YouTube, Instagram y los estudios de grabación.

Cuando Matilde camina
hasta sonríe la sabana.

Matilde Lina, Lisandro Meza.

Martina creció esquivando el silencio. En la casa de su infancia, en El Carito, Córdoba, siempre hubo música, siempre hubo gente, siempre hubo una parranda. “Mi papá es un melómano, un loco por la música y un músico frustrado. Lo bueno fue que él descargó toda esa frustración en nosotros, afortunadamente”, dice soltando una carcajada. Mientras otros niños jugaban a las escondidas o a policías y ladrones, Martina imaginaba que estaba dando un concierto. Con su hermana Adriana Lucía, que también es cantante, y su hermano Luis, músico también, jugaban a ser artistas, a convertir todos los rincones de su casa en un escenario. Cualquier objeto servía como instrumento, las palmeras eran el público y el viento que golpeaba sobre las hojas de los árboles eran los aplausos del público.

De hecho, uno de los recuerdos más importantes de su infancia es un sonido. En diciembre, en El Carito hacen el Festival de la Chicha y uno de los momentos más importantes de esta celebración es la alborada. Martina recuerda que sus papás la despertaban para ver a las mujeres que pasaban bailando con velas en las manos y a las bandas que tocaban el fandango paseado: “A mí me encantaba el sonido de la trompeta cuando pasaba por mi casa. Ese sonido es uno de los más hermosos que jamás he escuchado y cada vez que puedo lo recuerdo para devolverme a mi casa un ratico”.

 

Martina, que en ese entonces era Marti o Marta Liliana, ha estado desde los nueve años montada en un escenario. Al principio acompañaba a su hermana en las presentaciones de su disco: “Yo me pregunto hoy, ¿qué estaba pasando por la mente de mis papás para ponernos a todos a cantar y a bailar desde tan pequeñitos? Un día mi papá me puso a bailar en las presentaciones de mi hermana y ahí estaba yo encaramada bailando. Lo del canto viene después”.

El canto llegaría con su hermana. Adriana Lucía fue la primera profesora de Martina. Ella le enseñó, por ejemplo, lo que eran las armonías. Cada tarde esperaba que su hermana regresara de las clases que tomaba en el coro para que le dijera todo lo que había aprendido. “Después tuve otra profesora, que nunca supo que fue mi profesora. Yo soy super dosmilera en cuanto a música. Me encantaba NSYNC , odiaba a los Backstreet Boys, todavía me gusta Molotov, pero mi preferida siempre fue Christina Aguilera”. De escucharla una y otra vez, Martina aprendió, a oído, todo lo que a un cantante le enseñan en un conservatorio.

Sin embargo, ella no lograba identificarse del todo con esa música, el ritmo del Caribe seguía por ahí, porque además de escuchar grupos como Iron Maiden, Korn, Blink 182 o Aerosmith, estaba el vallenato, el fandango y el porro. “Escuchar música que no fuera de la región era muy difícil. La mezcla de mis gustos musicales fue algo que tenía un poco de obstinación por mi parte. Yo quería más, quería hacer cosas diferentes”.

Encontrar música hoy en día es muy fácil, solo basta con teclear un nombre en YouTube y salen millones de canciones. Pero el mundo no era así cuando Martina era una adolescente. Que una canción como “Dream On”, de Aerosmith, sonara en El Carito era lo más raro que se podía imaginar en este mundo y más extraño aún que alguien se interesara por esos acordes. “En el pueblo había un señor que pasaba de casa en casa preguntando a la gente qué música necesitaban. Mi papá siempre le compraba vinilos. Hasta que un día con mi hermano le pedimos al señor un vinilo de Maná. El pobre quedó más perdido que quién sabe qué. Nosotros le dijimos que fuera a Bogotá donde los compraba y dijera ese nombre, que seguro lo tenían”. Cuando llegó no lo podían creer, entre tanta salsa y vallenato que se escuchaba en los tocadiscos, por primera vez en un corregimiento de Lorica se oiría un ritmo distinto, fue como la llegada de un intruso. “Aunque tampoco escuchaba solo rock o pop, siempre estuvo mezcladito con salsa y la música de mi pueblo”.

 

Martina siguió acompañando a su hermana, hasta que un día, por azar, el canto llegó. Una de las coristas de su hermana no asistió a la presentación que tenían en el Palacio de Nariño. “Yo le dije a mi papá que quería hacer los coros de mi hermana, que me dejara que yo me sabía todas las letras. Él, al principio, dijo que no. Ahí mismo mi hermana se metió y le dijo que yo podía. Además, que ella quería que yo cantara. Y desde ese día supe que lo mío era estar en una tarima cantando, nadie me lo iba a sacar de la cabeza”.

Cuando terminó el colegio se matriculó en la Universidad de Córdoba para estudiar pedagogía musical, después estuvo un año en la Escuela de Bellas Artes de Montería, pero sabía que nada de eso le servía. Ella quería tocar, cantar y estar en un escenario. Luego de una gira por España con su hermana llegó a El Carito y les dijo a sus papás que se iba a Bogotá: “Ellos no querían, pero la decisión estaba tomada, yo solo fui a darles la noticia. Lo que no me imaginé es que el choque cultural fuera tan duro”.

Pasó varios años cantando de bar en bar, cargando los platos de la batería de un exnovio en buseta o en Transmilenio cuando les salía alguna presentación, fue la época del espíritu de sobrevivencia. “A los tres meses de estar aquí me entró una depresión muy maluca. Me quería devolver, sentí que había perdido el tiempo. Además, la platica se fue acabando, cada vez tocaba apretarse más el cinturón. Lo que me mantuvo fue la música”, lo que la mantuvo fue esquivar el silencio.

Mientras tocaba en el bar de un hotel todos los martes por la noche, Martina se ofrecía para hacer coros en todas las producciones en que la dejaran y seguía aprovechando cualquier oportunidad que le dieran para cantar. “Mi primer gran trabajo, si le podemos decir así, fue en un bar que ya no existe, el San Sebastián. Me acuerdo que la audición fue en vivo y en directo. Ahí me tocó aprenderme canciones de los Rolling Stones, de los Beatles, pero lo mejor es que ahí conocí a mi esposo, Jairo Barón (que ahora es su productor)” y cierra con otra de sus carcajadas.

 

Martina se tendría que olvidar del rock y de Christina Aguilera por un tiempo. Carlos Vives le encargó a Adriana Lucia que formara la banda que iba a tocar en Gaira, el restaurante de los Vives. Ella no lo dudó y llamó a Martina: “Todo ese proceso fue importantísimo para saber cuál era la música que quería hacer. Conocer a Carlos me cambió por completo. Entender por qué Carlos canta golpeado, cómo es todo su proceso de creación. Él no para nunca de inventar e imaginarse proyectos, pero lo más importante fue que me enseñó a valorar todo mi folclore, a darle un nuevo aire a esa música que era de nuestros abuelos. Con él fui consciente de que no iba a ser la próxima Totó la Momposina, que tenía que buscar un camino a partir de mi propia experiencia”. El encuentro con Carlos Vives fue tan trascendental que el samario fue el encargado de convencerla que adoptara el nombre de Martina La Peligrosa, apodo que le había puesto su abuelo cuando era niña. Así pasó de ser Marti López a ser Martina La Peligrosa.

Al mismo tiempo, mientras estaba en Gaira, encontró el poder detrás de las redes sociales. Empezó su transición para convertirse en una celebridad digital o una celebridad millennial. Lo primero que hizo fue un videoblog de consejos de belleza, en los que de vez en cuando quedaba mal maquillada, pero con sus carcajadas arreglaba todo. Después llegaría lo que la convertiría en un fenómeno viral, las clases de cordobés y mamá de telenovela vs. mamá cordobesa. Sus videos fueron destacados por la BBC y hoy en día tiene casi 112.000 suscriptores en sus canales de YouTube y 1.200.000 seguidores en Instagram: “La única explicación que yo le encuentro a eso, es que siempre he tratado de ser muy auténtica, de ser yo misma y explotar mi personalidad”.

Con esa plataforma de seguidores, Martina dio el paso para convertirse en solista: “Soltarme de Gaira fue muy difícil, sobre todo porque tuve que dejar de hacer música con mis hermanos. Pero sentía que tenía que irme, ya llevaba cinco años y necesitaba moverme. Era el momento de hacer mi propia música”. Y su debut fue con una champetica que se llama “La peligrosa”, una mezcla entre Avril Lavigne y la champeta clásica que bailaba y escuchaba a escondidas de su mamá: “Esta canción sí que me la gocé, fue una mamadera de gallo que salió muy bien” y suelta otra carcajada.

 

Desde entonces su carrera ha ido en ascenso. Participó en el reality show de Marc Anthony y JLo; fue jurado, junto a Paola Turbay, en el concurso “Tu cara me suena” (si quiere ver el talento de Martina para imitar debe ver el video en que imita a Wendy Sulca: “Todo el mundo me decía que estaba loca por querer imitar a Wendy, que me iba a ver horrible. A mí no me importaba, yo de solo pensarlo me revolcaba de la risa. Es más, el día que salí en vivo, nos tocó retrasar la emisión porque de solo verme no paraba de reírme”).

Martina pasó de ser la corista desconocida a cantar junto a artistas como la española Rosana. Hasta uno de los empresarios más importantes de la industria musical, Fernán Martínez, ha declarado que ella es la artista colombiana con más proyección internacional. Acaba de estrenar un EP, Alma mía, con cuatro canciones que representan cuatro momentos de su vida, canciones que ha dejado madurar hasta encontrarles el ritmo perfecto. “Tus ojos”, “Me voy”, “Conmigo” y “Contra el viento”, en donde le hace un homenaje al sonido de esa trompeta que la acompaña desde pequeña, son la muestra de la nueva faceta musical de Martina. Por eso lo mejor es que mire estas fotos y ponga la música de Martina a todo volumen para que se enganche con esta cordobesa.

Si quiere saber más del ator, sígalo como @felipeg269

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