Edición 144

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Es colombo-venezolana, tiene 1,2 millones de seguidores en Instagram y ha recorrido los mayores eventos de bodybuilding de todo el mundo.

La primera vez que fue a un gimnasio, Ariana James llegó a las cinco de la mañana y se puso a hacer ejercicios básicos de TRX. “Me dio mareo y me puse mal, pálida, solo con hacer un ejercicio supersimple”, recuerda. “Mi entrenadora me preguntó: ‘¿Comiste algo?’. Pero yo no había comido nada, no sabía ni siquiera que había que comer antes de entrenar”.

En esa época, Ariana estudiaba comunicación organizacional y trabajaba como modelo para algunas marcas de moda. Evitaba cualquier tipo de ejercicio, así fuera caminar: se sentía cansada y la única razón por la que le sacaba un tiempo en su agenda era por salud. Ahora, casi siete años después, Ariana se graduó de una especialización en recursos humanos –trabaja como consultora freelance– y tiene dos cuentas de Instagram. La más importante, @ariana, tiene 1,2 millones de seguidores y se enfoca en su vida fitness; en la otra, @blogbyari, hay 57.000 seguidores que reciben consejos de belleza y recetas saludables.

“¡Coqueteo! ¡Coqueteo!”, grita una de las productoras. En el estudio suena “Mala mía”, de Maluma, y Ariana baila distraída frente a la cámara del fotógrafo. Mira directo hacia el lente y después se ríe con tantas ganas que se le esconden los ojos.

Pero, sobre todo, Ariana es una de las reinas del fitness. Ha sido imagen de productos como Dymatize –una marca de suplementos alimenticios– y Body Engineers –una marca de ropa deportiva en Europa–; vivió en Los Ángeles, donde entrenó en el mismo gimnasio que Arnold Schwarzenegger mientras intentaba entrar a una MBA; es una de las atletas de Fitplan, una aplicación donde se pueden seguir las rutinas de ejercicio de deportistas de alto nivel; tiene su propia marca de productos para entrenamiento –Beauty Lean– y asiste regularmente al Mr. Olympia y los Arnold Classics, los eventos más importantes de fisicoculturismo en el mundo.

Hay gente que dice que usted es venezolana, otros, que es colombiana. ¿Cómo es eso?
Yo nací en Chichiriviche, una ciudad pequeña en Venezuela donde están las mejores playas del mundo. Lo que pasa es que mi mamá viajaba mucho entre Colombia y Venezuela por su trabajo, entonces desde los cinco o seis años yo iba a Cúcuta a quedarme por temporadas largas con mi abuela, que vivía allá. Además, mi papá es colombiano, de Curumaní, Cesar. Soy colombo-venezolana.

¿Y qué recuerdos tiene de su infancia? ¿Qué le gustaba hacer?
Estaba muy pequeña. Tengo recuerdos de la playa, pero no son tan vívidos. Me acuerdo que cuando estaba en Cúcuta mis planes sí eran acompañar a mi abuela a cocinar, por eso soy experta haciendo arepas y amo cocinar, me encanta. Pero mis planes eran nulos: a mí y a mis hermanos nos criaron con un régimen de “acuéstese temprano” y a las 7 de la noche ya estábamos durmiendo. Lo que sí puedo decir es que toda la vida fui muy estudiosa, y mi abuela me dijo siempre que yo tenía que graduarme de una universidad, entonces siempre tuve esa visión: viví en Cúcuta hasta que me gradué del colegio y ahí me vine a hacer mis estudios universitarios en Bogotá.

¿Le gustaba el deporte desde esa época?
No; toda la vida fui muy sedentaria. En el colegio nunca me interesé en los deportes, ni siquiera lo intenté. Mis electivas eran de labor social, nos llevaban a cuidar personas mayores o a limpiar los parques. Pero nunca me gustaron los deportes, ni siquiera sé nadar.

Su vida en los gimnasios empieza gracias a un diagnóstico médico.
Sí. Yo estaba en los últimos semestres de comunicación en la Universidad Javeriana. Todo empezó porque no me estaba sintiendo bien, me sentía cansada todo el tiempo, sin energías, no me rendía y me iba mal en las materias. Además, me daba amigdalitis a cada rato porque mi sistema inmunológico estaba por el piso, y como no me alimentaba bien, todo eso me afectó hormonalmente. Hoy entiendo el porqué de todo eso, pero en esa época me sentía muy mal. Con solo decir que subiendo las escaleras de la universidad me cansaba y tenía que sentarme a respirar. Consulté con un médico y después de ver los exámenes me dijo: “Tienes hipotiroidismo, vas a tener que tomar un medicamento de por vida y mi consejo más grande es que empieces a hacer actividad física, porque con un metabolismo lento es muy fácil que desarrolles una enfermedad”. A mí esas palabras me dejaron pensando, lo consulté con varias personas, investigué en internet y al final dije: “Listo, tengo que hacer deporte, tengo que hacer esto por mí. ¿Por dónde empiezo? ¡Pues gimnasio!”.

Y por esa época también abre Instagram.
Sí, estaba de moda y abrí una cuenta. Empecé a subir fotos del gimnasio y los videos que grababa mi entrenadora, entonces empecé a ver que la gente se motivaba conmigo. Pero era algo muy normal, nunca fue pensado. Hasta que algunas cuentas fitness empezaron a repostear mis foticos [risas] ¡Dizque fit! Yo estaba era flaca, sin músculo y no sabía ni cómo comer.

¿En qué momento el gimnasio empieza a ser una parte esencial de su vida? Porque una cosa es ir por recomendación médica y otra es ir en serio…
Claro; adaptarme al gimnasio me tomó más de un año. Algunas veces de verdad sentía que odiaba ir al gimnasio, porque no me gustaba y no le veía sentido. Mi entrenadora de esa época me ayudó mucho. A veces le decía: “No quiero hacer esto, esto es terrible”, pero ella insistía: “No solo es por tu salud, vas a ver que esto te va a gustar”. Además fue muy cool lo de Instagram porque a veces la gente comentaba mis fotos y decía: “Mira, gracias a ti yo también fui al gimnasio”, y yo les contestaba. Era una motivación recíproca. Después me di cuenta de que haciendo ejercicio juiciosa, ya con el hábito, me iba mejor en los exámenes y me sentía muchísimo mejor. Cuando me diagnosticaron empecé con una dosis muy alta de medicina, hoy la sigo tomando, pero es la más bajita. Entonces quise seguir progresando y llegar a otros niveles de entrenamiento.

¿Cómo así?
Entrenar duro para construir masa muscular y ser consciente de la alimentación. Cuando empecé no sabía nada de nutrición, no sabía que tenía que comer proteína, y como seguía a mucha gente en Instagram pensaba que comer saludable era consumir pollo, brócoli y arroz. Cuando me gradué de la carrera y entré a la especialización pesaba mi comida y la llevaba a todos lados, entonces la gente se burlaba. Esas personas hoy me escriben para pedirme consejos.

¿Cómo tomaba las críticas?
Eran fuertes y me hacían sentir rara. Había momentos en que no quería ni salir a los descansos, pero seguí firme con mi objetivo.

¿Ya trabajaba con marcas en esa época?
Sí. El primer contrato que firmé fue con una marca de suplementos. Yo no tenía ni 100.000 seguidores, pero empezaron a llevarme a aperturas de tiendas por toda Colombia. Era poquita gente, compartía con 10 personas… ¡No como los eventos fitness a los que asisto hoy en día, en los que se arman filas inmensas! Al poco tiempo me llamaron de la misma marca de suplementos, pero ya no para hacer parte del equipo de Colombia, sino para el equipo a nivel mundial. ¡No lo podía creer! A la semana estaba en Los Ángeles haciendo las fotos de imagen para la marca y poco a poco empecé a asistir a los eventos fitness: el Mr. Olympia en Las Vegas, que es lo máximo en el bodybuilding; al Arnold Classic, en Brasil, y a muchos otros.

Llegó a competir una vez en el NPC, un evento de fisicoculturismo en Las Vegas.
Sí. Cuando empecé a conocer otros atletas, dije: “¿Por qué no hacer de esto un reto personal?” Fue muy duro porque me fui a vivir a Los Ángeles. Quería pasar el examen GMAT para entrar a un MBA en UCLA, pero también empecé a prepararme para competir. Tenía que ir a entrenar dos veces al día. Iba a The Mecca, que es uno de los mejores gimnasios del mundo: allí entrena Arnold Schwarzenegger y otros íconos del fitness. ¡Estaba viviendo mi sueño! Vivía en una habitación en Santa Mónica y me iba en bicicleta hasta Venice, donde quedaba el gimnasio.

¿Cuál fue la mejor experiencia de esa época?
¡Ahhh! [se emociona]. ¡Estar entrenando al lado de Arnold Schwarzenegger y que se te acerque y te diga que si puede usar la máquina de hombritos que yo estaba usando! Quedé sin palabras. Es que a uno se le va la respiración: ve a gente famosa en la industria, gente que ha competido, que ha ganado el Olympia. La Mecca es un gimnasio superchévere y motivador; ahí fue cuando dejé de usar guantes: tuve que aprender a entrenar en modo guerrera y no ser tan ‘Barbie’.


¿Y de la competencia, qué recuerda?

Lo más difícil es que el día anterior y el de la competencia no puedes tomar nada de agua, y si tomas, son solo pequeños sorbitos, así el músculo se pronuncia más. Ya en la competencia, mi categoría era Bikini Fitness y quedé de séptima entre 16. Además, por estar tan enfocada en la competencia, descuidé un poco lo de la maestría. Entonces ahí dije: “No importa, era un reto personal. Voy a descansar”.

También tiene su propia marca de productos.
Fue casualidad. Una amiga conoció en un avión a unos empresarios que tienen un laboratorio en Miami donde trabajan con atletas y deportistas para crear sus propios productos. A mí me interesó porque yo era compradora compulsiva de cremas para el cardio, pero no había encontrado una que me gustara. De ahí nació mi propia crema termogénica para el cardio, Beauty Lean.

¿Cómo es ese trabajo?
Yo dije: “Si voy a hacer un producto, va a ser uno en el que crea y que me guste”. Hice una matriz DOFA con los pros y los contras de todas las que venía usando. Al final, con el equipo de investigación creamos la fórmula. Ellos me la mandaban y yo investigaba los ingredientes.

¿Cómo investigaba?
En internet, pero me iba hasta los estudios, los papers, donde había investigación de esos ingredientes. Son tesis de universidades, casi todo eso está en inglés, y aunque hay cosas que no se entienden, si uno hace un esfuerzo, llega a lo básico. Eso era importante porque yo quería crear algo que de verdad sirviera. Probé como siete fórmulas hasta que quedé feliz.

Y mientras hacía todo esto, nunca dejó de trabajar en comunicación organizacional…
Sí. Soy muy nerd, me la paso leyendo e investigando y valoro mucho el tiempo que pasé en la universidad haciendo mi carrera y mi especialización en recursos humanos. Cuando no estaba en el gimnasio, me la pasaba haciendo informes, estrategia… Ya no trabajo en agencias, sino que soy consultora freelance en estrategias de compensación, bienestar y beneficios para empleados del sector público y privado.

¿Dejaría de trabajar en eso para enfocarse en su carrera como modelo fitness?
No creo porque es algo a lo que le tengo mucho cariño. Pasé mucho tiempo de mi vida en las bibliotecas como para dejar de lado esa parte de mí. Sé que es duro dedicarse a las dos cosas, pero como todo en la vida, creo que se trata de lograr el BALANCE.

FOTOGRAFÍA: RICARDO PINZÓN
ENTREVISTA: JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 144 - FEBRERO 2019

 

 

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