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Pensar rosado

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Es rosado. Es chileno. Y es tan versátil que puede destaparlo en una finca de tierra caliente o en un restaurante.

 “Piensa rosado, pero no te lo pongas”. La frase la escribió Karl Lagerfeld, el diseñador de Chanel y de H&M, un tipo que siempre usa blazer negro, gafas oscuras, camisa blanca y corbata. Su sentencia es un mandamiento en la moda para hombres. Pero Lagerfeld nunca dice nada en contra de tomar rosado. Es más, una copa de vino rosado –si tiene el color adecuado– podría ser la combinación perfecta para la vestimenta impecable de alguien como él.

La historia del Castillo de Molina Rosé es la historia de ese color: un rosado pálido, brillante y elegante. Es el color de los vinos de Côtes de Provence, esa región de Francia que queda cerca de Niza, Cannes, Mónaco, Saint-Tropez y Marsella y que produce vinos ideales para disfrutar a orillas del Mediterráneo. En este caso, ese estilo se reinterpreta con la identidad única que tienen las uvas que crecen en Chile, entre la cordillera de los Andes y el océano Pacífico.

¿Cómo se logra ese color perfecto? En marzo de 2015, los enólogos de Castillo de Molina empezaron a encontrar esa respuesta. En la cosecha de ese año recogieron uvas cabernet sauvignon y syrah de Totihue –un pedazo de tierra que queda a 550 metros de altitud y justo al pie de la cordillera de los Andes– y después de prensarlas las dejaron con las pieles tintas solo un par de horas, hasta que lograron ese rosado sutil y brillante. Ahora, para la cosecha 2016, hicieron lo mismo, pero con uvas pinot noir del viñedo de Molina –el más antiguo de la empresa, que queda en el valle de Curicó, justo en el punto medio entre los picos andinos y el océano Pacífico– y lo dejaron reposar cuatro meses en barricas usadas para darle un punto de textura.

El resultado es la prueba de que el rosado también puede ser un color sutil y elegante. Este vino tiene un sabor fresco y seco con una buena dosis de acidez. Se puede pensar rosado, siempre y cuando se piense en el rosado que es.

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