Edición 128

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La mejor lechona del Campín

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Solo hay dos momentos que los hinchas bogotanos, no importa si están de azul o de rojo, esperan con ansiedad: el gol y el primer bocado de lechona.

El fútbol es un ritual: alistar la camiseta, estar pendiente de las alineaciones, encontrarse con amigos, hacer fila para entrar al estadio, tomar una cerveza (sí, todavía hay estadios en los que venden), sufrir, saltar, gritar un par –o más– de groserías, jugar a ser técnico y comerse un plato de lechona.

En el estadio El Campín, El lechón de Alberto es una institución. Así como los hinchas más fieles, los cojines de lechona han acompañado a los asistentes en las buenas y en las malas, dando un consuelo sabroso para esas tardes que el fútbol se empeña en ser horrible. Hace diez años, don Alberto empezó a vender su lechona en el coloso de la 53. El chicharrón crocante, el arroz, el sabor del cerdo, hasta la arepa, empezaron a volverse famosos en todas las tribunas del estadio. Como si fueran por un autógrafo de su jugador favorito, los aficionados hacen fila para conseguir una porción del plato típico tolimense. En los 15 minutos del entretiempo, sin importar cómo vaya el partido, hay un momento de gloria. Una cucharada puede hacernos olvidar de una goleada o una eliminación inminente.

Hoy, el negocio lo heredó uno de sus hijos que se encarga de tener los puestos del estadio preparados para los hinchas hambrientos. En un partido con buena asistencia se pueden vender alrededor de 1.600 platos. Si en algo pueden coincidir los hinchas de Millonarios y Santa Fe, es que la lechona del estadio es la mejor de la ciudad.

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