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Mil maneras de morir en Curazao

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Todos sueñan con ir a una isla en el Caribe, sentarse en la arena de la playa y broncearse mientras beben margaritas. ¿Pero por qué no probar algo nuevo, un poco más aventurero y extremo en Curazao?

Aunque pequeña, a la isla de Curazao no le faltan cosas para ver. Para mí, el puente de la Reina Juliana es el lugar más interesante de todos. Se eleva por encima de cincuenta y seis metros, tan alto como para permitir que la antena del barco más grande pase por el canal debajo. Sin importar en qué dirección se cruce, su vista es una dicotomía espectacular: a un lado está la bahía de Santa Ana y la ciudad de Willemstad, con los edificios coloniales pintados de colores que los hace parecer glaseado de pastel; el puente flotante de la Reina Emma, que conecta los dos lados de la ciudad, y las fortalezas al lado del agua que hace siglos se usaron para combatir flotas enemigas y piratas. Por el otro lado, moviendo la vista 180 grados (ni más ni menos), se pueden ver las refinerías y las chimeneas, los barcos de cientos de metros de largo que crean una vista futurista y distópica, como un reino de metal que flota en el agua. Eso es lo que me fascina de ese puente. La cultura y la economía, la naturaleza y la industria, divididas por un leve giro de la cabeza.

Estaba contento con esa vista desde la comodidad del carro. Por más hermoso que sea un paisaje, nunca he pensado en saltar desde un edificio o un puente para apreciarlo mejor. Pero, un par de días después, eso fue exactamente lo que hice cuando accedí a descender en rapel por ese mismo puente.

 

Este artículo no se llama “Mil maneras de morir en Curazao” por nada. Claro que, siendo honestos, tampoco es que mi vida corriera mucho peligro. El principal motivo consiste en que, si le hubiera puesto “Los mejores planes extremos en Curazao”, probablemente usted no lo habría leído. Pero ahora que tengo su atención, ¿por qué no oír el relato de todas las cosas emocionantes que puede hacer en Curazao, además de gastarse todo su dinero en piñas coladas?

Primero, si me va a hacer caso y va a irse de aventura a Curazao, que no se le olviden estas recomendaciones que le voy a dar:

–Bermuda y camisa de algodón, para mantenerse fresco porque hace mucho calor, además de una cachucha o sombrero para cubrirse del sol. En verano, las temperaturas de la isla pueden superar con facilidad los 30 °C. Yo soy de Cali, y aun así hubiera llevado un turbante y una cantimplora de haber podido.

–Bloqueador solar y repelente de insectos, y consigan, apenas aterricen, algunos analgésicos en caso de dolor de cabeza, que no es raro con el calor.

–El florín es la moneda oficial, pero en cualquier parte puede pagar con dólares y recibir el cambio en cualquiera de las dos monedas. Y si trae florines de vuelta a Colombia, que sea para regalárselos a sus amigos. En ningún lugar va a poder cambiarlos por pesos.

–Ahora que lo pienso, lleve la cantimplora.

Parque Nacional Shete Boka, al norte de la isla y junto al parque Christoffel, cubre unas doscientas hectáreas de tierra seca y ensenadas donde chocan olas de varios metros de alto.

El primer día empezó a eso de las cuatro de la mañana, con todo el grupo semidormido en una van camino al monte Christoffel, el más alto de la isla. No es el Everest, pero tampoco fue tan fácil como parece. El calor y los insectos complican el asunto. Tras resistir unas dos horas de caminata extenuante entre árboles que la mayor parte del año están secos, a veces saltando rocas y sujetándome a la tierra para tener agarre en las partes más inclinadas, llegué a la cima.

Desde ahí se puede ver casi toda la isla, el mar extendiéndose en toda dirección. Es un logro que, ya estando allá, supe que valió la pena. Al rato, incluso, empecé a imaginar cómo podría alardear de esta hazaña que hacía unas horas ni siquiera sabía que iba a realizar. ¡Había escalado la montaña más alta de Curazao! Ya imaginaba mi epitafio: Rodrigo Rodríguez, escaló la montaña más alta de un país.

Mis amigos, los más envidiosos, dicen “pero no es más alta que Monserrate”. Yo simplemente respondo, “disculpa, ¿y Monserrate es la montaña más alta de Colombia?”. Jaque mate.

Después de eso vino el descenso, y el dolor de rodillas. Se siente como explorar un desierto con el sol acercándose a su punto más picante en el mediodía. Para eso es la cantimplora y por eso se prohíbe el ascenso al monte Christoffel después de las 11:00 a. m. El calor de esas horas resulta suficiente para dejar a un hombre quemado, deshidratado y hasta inconsciente.

El monte Christoffel tiene un altura de 372 metros y es la más alta del país. No es difícil llegar a su cima, aunque es recomendable llevar bastante agua y una gorra para cubrirse del sol. Vaya a primera hora en la mañana, antes de que el calor quiebre su voluntad en medio del ascenso.

Esa misma tarde fuimos a nadar en las playas de Curazao. Hicimos snorkel con un instructor, un plan que llamaría más colorido que peligroso –aunque un erizo sí picó a una persona de nuestro grupo, está lejos de ser una herida mortal–. Eso sí, la gran variedad de peces y arrecifes de coral que se pueden ver bajo el agua deja pálidas a algunas de las playas colombianas. 

Fue al día siguiente cuando llegó el verdadero desafío. Hora de rapel. Junto al instructor de esta técnica caminamos por el costado del puente hasta entrar en su interior, entre vigas de metal y con los carros vibrando sobre nuestra cabeza. El calor de la playa y el calor del monte Christoffel no es nada comparado con el calor que hace mientras se está en el interior de un puente rodeado por una docena de personas. La temperatura hay que aguantársela mientras pasa una larga hora de demostraciones y explicaciones precisas sobre cómo funciona el equipo de rapel. Es algo que se debe tomar muy en serio, pues después de todo, nuestra vida depende de ello. “Este es su seguro”, explicó Albert, el instructor, mientras nos mostraba cómo se debía sostener la cuerda para evitar que el peso del cuerpo cayera sin resistencia apenas nos lanzáramos por el costado del puente. “Si se sueltan, se van”. Lo dijo de una forma tan seria que, por un momento, le creo.

Hay todo tipo de actividades que puede realizar con los delfines, desde recibir un beso de uno de ellos mientras le toman una foto (USD 45) hasta bucear con ellos en mar abierto (mínimo USD 264 en temporada baja).

Por supuesto, Albert es la clase de empresario inteligente que no confía en sus clientes porque: 1) sabe que los errores suceden, y 2) no quiere que lo demanden. Una persona estaba sosteniendo la cuerda abajo, actuando como contrapeso y asegurándose de que nadie se fuera de lleno contra el piso. Una vez saltas por el costado del puente, separas los pies de la baranda y has descendido unos cuantos metros, desde el suelo te gritan “¡suéltate, suéltate!” y puedes dejar ir las manos, dejar de preocuparte por el fuerte viento y de la falta de suelo en el cual poner tus pies y empezar a disfrutarlo; puedes disfrutar de esa vista que describí al comienzo.

Después de esa aventura, recorrer la isla en cuatrimoto esa misma tarde se sintió tan seguro como dar una vuelta en el parque, pero sigue siendo una forma divertida de pasear por la isla. Como suele ser en San Andrés, solo que sin hoyos sopladores y con verdaderas atracciones turísticas e históricas en el camino.

 

Y tras una última odisea al sobrevivir a un concierto de Elvis Crespo y Gente de Zona (no pregunten), dejé Curazao con picaduras de insectos en las extremidades, más de un músculo adolorido y más cansado que cuando llegué. Cambié la idea de relajarme en una playa por correr de un lado de la isla al otro, estresándome y en ocasiones al borde del infarto. ¿Por qué entonces tener unas vacaciones así? ¿Por qué arriesgarse a morir infartado con el vértigo de mirar hacia abajo desde una montaña de 372 metros, por la velocidad de las cuatrimotos que recorren los caminos rurales de la isla, o con el pensamiento irracional de un puente de 3.400 toneladas cayéndole encima?

Bueno…, al menos hágalo por la vista. ¡Y qué vista!

ÁRBOL DE MANZANILLA

Esto fue lo más cerca que estuvimos de la muerte: el árbol de manzanilla o manchineel. Parece inofensivo a primera vista. Sin embargo, tocar sus hojas causa dermatitis fuerte; escampar bajo él en la lluvia lleva a que las gotas de agua causen ampollas en el lugar del cuerpo donde caigan; ingerir su fruto lleva a una gastroenteritis con sangrado, shock y obstrucción de las vías respiratorias que puede terminar en la muerte. No puede quemarse, porque su humo puede provocar ceguera temporal o permanente. Los aborígenes del Caribe usaban este árbol para envenenar dardos. ¡Y está en todas partes en Curazao! Incluso junto a la entrada a la playa del hotel, donde se anda descalzo y sin camisa.

 

OTRAS COSAS POR HACER

Visitar el acuario: si va en plan familiar, o por alguna razón es de esas personas que se divierten observando con detalle animales y leyendo sobre ellos (como yo), puede visitar el acuario. No les faltan atracciones, con tiburones, leones marinos y rayas. También puede pagar por nadar con delfines de manera completamente segura, aunque dado que no confío en esos desgraciados calificaría ese plan como “extremo”.

Salir a comer: me arrepiento de no haber probado mucho la comida callejera de Curazao, que es generalmente donde se esconden los sabores tradicionales. Pero si ese pensamiento de periodista hippie no va con usted, le recomiendo pasar por el restaurante Gouverneur de Rouville, justo a la orilla del canal, y pedir un “karni stoba” (estofado de carne) tradicional de Curazao.

Salir por un trago: antes de que siquiera mencione el ya famoso Curazao Blue, le voy a contar del “Rom Bèrdè”, el ron verde. Además de su color particular, este licor tiene un sabor a limón dulce que, si no le gusta solo, estoy seguro de que le encantará mezclándolo con algo de Sprite al estilo de un tinto de verano. El mejor sitio para tomarlo es Netto Bar, el lugar donde Ernesto “Netto” Koster creó este trago y una de las tabernas con más historia y mejor ambiente de toda la isla.

Netto Bar, en la ciudad de Willemstad, es el hogar del “ròm bèrdè”, un ron con el fuerte sabor de limones dulces. Es una parada obligada, o al menos lo fue para el rey Willem de Holanda (en ese entonces príncipe Willem) en su visita a Curazao.

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @ElPrincipote

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