Edición 115

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Confesiones de un adicto al whisky

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El empresario francés Stephan Lochbühler explica aquí por qué prefiere el whisky antes que cualquier otro trago.

La verdad, no puedo recordar cuál fue el primer whisky que me tomé, pero sí recuerdo perfectamente el primer whisky single malt que probé. Era para el cumpleaños de mi papá y decidí ir a una tienda especializada en vinos y licores para comprarle un regalo. Tenía apenas la edad legal para poder comprar bebidas alcohólicas. Ahí me deje guiar por el dueño de la tienda, quien me indicó una joya que acababa de recibir: Highland Park 18 años. Este single malt, de la parte más septentrional de Escocia, fue una revelación para mí. Tenía notas ahumadas intensas, pero también otras notas, que en esa época no supe distinguir, que le conferían mucha elegancia.

Antes del whisky tenía intereses por los licores añejados en barriles, como los cognacs, armagnacs y rones. Estos últimos eran mis favoritos, en especial los del Caribe, por sus notas dulces y la facilidad al tomarlos. Al crecer eduqué mi paladar al probar más alternativas y descubrí que mi gusto se debía a la complejidad, que encontré en especial de manera muy presente en el cognac, el armagnac y en los whiskies. Por su inmensa variedad, el whisky me atrapó después de varias investigaciones y participaciones en ferias y talleres para profesionales.

He recorrido el mundo tomando whisky en muchas partes muy lindas y agradables, inclusive en las cavas de varias destilerías. La primera que visité fue Glenfiddich, ubicada en el corazón del Speyside. Quedé impactado por la manera como esta familia, propietaria de la destilería desde su fundación, supo innovar y romper esquemas para que este whisky sea hoy reconocido en el mundo entero. En The Balvenie me impresionó cómo se conservaron las técnicas ancestrales de producción al hacer un whisky artesanal, igual al que los escoceses podían disfrutar hace siglos atrás.

También se me quedó grabado en mi memoria el olor increíble que pude sentir en las bodegas, mezcla de todos los vapores alcohólicos que se escapan de los barriles durante el añejamiento. No soy una persona de extremos, pero mi esposa diría seguramente lo contrario y calificaría de extremista el hecho de haber pasado varias horas hablando con un especialista en una tienda en París para decidir cuál botella comprar. Sin embargo, no soy un coleccionista enfermo. Amo el whisky, pero no lamento nunca haberme tomado una botella. Los que guardan las botellas intactas como trofeos son para mí más inversionistas que amantes del whisky. En Europa hay un verdadero mercado de los whiskies antiguos con gente y hasta fondos que invierten en esa bebida. De hecho, mi whisky más preciado no es de ninguna marca. Tampoco es una botella, sino un frasco muy pequeño en el que está un whisky del que hice la mezcla. En un viaje a Escocia tuve la suerte de poder crear mi propio blend –tarea bastante difícil– al mezclar varios whiskies de malta y de grano de las distintas regiones de Escocia.

Lo probé en el momento y me pareció bastante aceptable. Ahora, tiempos después, no logro volver a probarlo del miedo de quedar muy decepcionado. Generalmente me tomo un whisky pequeño casi todos los días. Privilegio la calidad a la cantidad. Busco el whisky que corresponde a mi estado de ánimo del momento, pero a veces no lo encuentro. Lo sirvo dependiendo mucho del momento, del lugar y del estado de ánimo. En general lo tomo puro agregándole una gota de agua, en una copa adaptada al whisky –no el vaso comúnmente llamado “vaso de whisky”, si no en copa especialmente diseñada en forma de tulipán–. El hielo funciona con algunos whiskies, pero en la mayoría de los casos lo único que hace es anestesiar la boca y disminuir los aromas del whisky. A veces me apetece más un whisky en coctel. Preparo un whisky sour que ha gustado mucho a mis amigos.

Mis hijos todavía no están en edad de tomar bebidas alcohólicas. Pero comparto esta pasión con mi esposa. Recuerdo una noche lluviosa en Barichara, donde estábamos en el salón de un pequeño hotel, arriba en la loma. Este salón, hecho totalmente de guadua, tenía una atmósfera muy particular y una vista impresionante sobre todo el pueblo. Estar ahí, compartiendo un buen whisky con mi esposa, viendo el campanario de la catedral desaparecer en la tormenta, fue un momento mágico.

Fotografía: Lucas Cristo

 

 

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