Por Andrés Rueda Pradilla
Como dato al oído, le recomiendo utilizar esa mala práctica de servirlos helados solo cuando vaya a servir un vino de dudosa calidad. Así logrará que nadie se dé cuenta del vino que está sirviendo.
Servir un vino a la temperatura adecuada no es tarea fácil. El objetivo que se persigue consiste en realzar sus características y tener en cuenta todo el trabajo, la preocupación y el cariño que el enólogo puso en la elaboración del vino.
Los vinos blancos deben servirse frescos, ¡nunca helados! Enfriarlos exageradamente no nos permitirá apreciar sus aromas y sabores ya que nuestras papilas gustativas "se cerrarán" ante el excesivo frío y el vino no se abrirá para mostrarnos toda su complejidad.
Como dato al oído, le recomiendo utilizar esa mala práctica de servirlos helados solo cuando vaya a servir un vino de dudosa calidad. Así logrará que nadie se dé cuenta del vino que está sirviendo.
La correcta temperatura de servicio de un vino blanco debe fluctuar entre 8º y 14º. Los blancos frescos, nuevos, varietales: entre 8º y 12º. Blancos de reserva: entre 10º y 12º. Late Harvest: entre 10º y 14º. Preocúpese de guardar sus vinos en un lugar fresco. Meta con alguna anticipación los vinos en su nevera pero jamás en el congelador.
Una técnica muy adecuada es ponerlos en un balde con agua y hielo agregándoles una manotada de sal bien espolvoreada, un buen anfitrión debe mostrar el vino que está sirviendo y para evitar que la etiqueta se deteriore, le sugiero poner la botella en una bolsa de polietileno.
Y un dato más al oído: un vino blanco correctamente enfriado, jamás debe empañar la copa al momento de servirlo.
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