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48 Horas

Sao Paulo, el nuevo paraíso de la rumba del continente

La ciudad más cosmopolita de Latinoamérica no conoce el cansancio. Hay miles de garotas en jeans descaderados por la Avenida Paulista.

Olvidemos por un instante las playas cariocas, los 40 grados de temperatura, el bikini de las arenas de Copacabana y el Cristo Redentor, y sintonicémonos a unos cómodos 25 grados, y caminemos por la ciudad entonados con la samba raíz y con una caipiriña en la mano. Seguimos en Brasil, con su talento para el fútbol, las mujeres y la pillería, pero ahora estamos en São Paulo, la tercera ciudad más grande del mundo, después de Tokio y Ciudad de México, que internacionalmente no goza de la misma fama que destinos brasileros clásicos como Rio de Janeiro o Salvador, pero que vibra tanto -o más-.

Para descubrir qué hay detrás del concreto de su fachada, basta una cosa: acelerar el reloj, estar listo para absorberlo todo -como una esponja- y salir dispuesto a dominarla. Ok: no es fácil. Y hay que luchar contra los clichés antiturista. São Paulo ocupa una extensión urbana de 1.700 km² y tiene veinte millones de personas, es imponente, bella, gris, cosmopolita, urgente, tal vez asustadora y seguramente excitante. Y, al contrario de lo que se dice por ahí, está lista para acoger a sus visitantes. ¿Consejo básico? Estar preparado.

Si 48 horas es igual a dos días para la mayoría de los mortales, para los paulistanos -por intensidad- 48 horas son cada 60 minutos. Este acelere es típico de la locomotora del centro industrial del país. Es la 14ª ciudad más globalizada del mundo, con el circuito cultural más amplio de América Latina. El primer punto de referencia es la avenida Paulista, la primera vía pública asfaltada del estado de São Paulo, creada en 1891. Tiene 2.700 metros de largo y está poblada por edificios de bancos con muchos pisos de altura, empresas de todas las partes del mundo, numerosas galerías, centros comerciales y espacios gastronómicos.

Se puede recorrer a pie o por la línea verde del metro (cuyas estaciones irrumpen cada cuatro o cinco cuadras). La avenida Paulista es el centro financiero de la ciudad, pero también uno sus principales ejes culturales. El famoso Masp (Museu de Arte de São Paulo) merece una visita no sólo por ser el museo de mayor acervo en América Latina, con obras que van del Renacimiento al impresionismo y del barroco al arte del siglo XIX, sino también por la plaza que hay debajo del edificio modernista de la arquitecta Lina Bo Bardi, donde artistas, estudiantes y simples peatones se reúnen para admirar la vista de la avenida 9 de Julio.

Al frente del museo, el Parque Trianon es una opción verde en este mar de rascacielos con sus árboles nativos identificados con placas y su atractiva feria dominical. A pocas cuadras de ahí, con los pulmones llenos de aire puro, el visitante está listo para explorar la rua Augusta, una de las calles paulistanas que está inmortalizada en varias canciones de la MPB (Música Popular Brasileña) en letras de artistas como Raul Seixas, Juca Chaves y Tom Zé. Cortada por la Paulista, la Augusta se divide en dos partes opuestas, casi contradictorias.

Del lado que va hacia el centro, es una calle underground, el espacio por excelencia de intelectuales, izquierdistas, alternativos y... también de putas  todos reunidos en bares esquineros, salas de cine independiente, cafés, prostíbulos y casas nocturnas que hoy son la escena más efervescente de la noche paulistana (Sonique, Volt y Z Carniceria son tres de las mejores opciones de rumba por ahí)-. Del otro lado, la Augusta se va volviendo, a cada paso, una niña bien. De la imperdible y gigante librería Cultura (Conjunto Nacional), cerca de la Paulista, con varias opciones de libros (casi tres millones de títulos), cd y dvd, además de un agradable café, el caminante pasa al exclusivo barrio del Jardins, cuyas cuadras están repletas de tiendas con lo mejor de la moda, del diseño y de la gastronomía mundiales.

El ápice de las compras es la rua Oscar Freire, cuyos carísimos metros cuadrados (entre los más caros de São Paulo) pertenecen a los más importantes creadores, chefs y empresarios del país. Si el asunto es moda, no hay vitrina que no despierte los impulsos consumistas más escondidos de los transeúntes. Pero si el objetivo consiste en gozar sin descontrolarse, el destaque son las tiendas con lo mejor del made in Brazil: Oskley, con sus propuestas de lifestyle carioca modernizadas por una visión global de la moda (para hombres y mujeres), Galeria Melissa, la marca brasileña especializada en zapatos de plástico creados en colaboración con artistas como los diseñadores brasileños Fernando y Humberto Campana y la diseñadora inglesa de modas Vivienne Westwood  y Rosa Chá, una de las más lujosas marcas nacionales de beachwear.

En Brasil puede ser exagerado decir que el fútbol es una religión, pero no que es un rasgo central de la cultura. Saliendo del Jardins, coger un taxi (no muy baratos en São Paulo, pero bastante seguros y perfectos para días sin trancón) resulta la mejor manera de llegar al Pacaembú, el estadio municipal de fútbol, que queda a diez minutos de ahí. Formalmente titulado "Paulo Machado de Carvalho", en homenaje al entrenador de la victoriosa selección brasileña de la Copa del Mundo de 1958, el estadio abriga desde el año pasado el novísimo Museo do Futebol, un museo enteramente dedicado a la pasión nacional. Todo sobre los jugadores que hicieron la historia del fútbol brasileño, cifras, hechos, trofeos -y además estaciones de juegos y experiencias interactivas con lo más avanzado de la tecnología digital en escenarios de la destacada escenógrafa Daniela Thomas-.

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