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48 Horas

Curazao: playas inmaculadas sin hordas de turistas

Texto y fotografía: Daniel Páez

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Las playas, la organización y el clima de Curazao no dejan más opciones que relajarse y descansar.

No es una exageración: el mar en la mayoría de las playas de Curazao parece una piscina. Me resulta difícil de creer que a diez metros de profundidad, a más de cien metros de la costa, todavía se vean las rocas, los peces y los corales del fondo mientras sigo nadando tranquilamente en una bahía de arena blanca y piedras gigantes habitadas por cactus e iguanas.

Es que, además del agua, el paisaje luce irreal o deja la impresión de haber sido creado para la nueva aventura de Indiana Jones: esta isla tiene el espíritu de un desierto, su tierra es árida y su vegetación está dominada por plantas escasas, nada frondosas, que la convierten en un paraíso bastante atípico.

El clima no carga el típico bochorno del Caribe: hay calor, humedad y mucho sol, por supuesto, pero la brisa y el mismo escenario -tan extrañamente sobrecogedor y apacible- permiten que sea perfectamente tolerable, que caminar durante más de un minuto no sea un martirio y que uno no quede rojo como un camarón si lo toca un rayo de luz. Suena a cliché, pero Curazao es una verdadera joya.

Nadie sabe a ciencia cierta el origen del nombre de la isla. La versión más popular dice que la palabra deriva del portugués curação (curación) porque aquí se curaba a los marineros que se habían contagiado de escorbuto mientras cruzaban el océano. Sin embargo, su ubicación, en medio de Aruba y Bonaire, hace que se crea también que su nombre viene de coração (corazón).

Otra versión habla de que los nativos -que pertenecían a la etnia arawak- en su lengua se llamaban a ellos mismos curazaos. Incluso, entre los guías locales existe una broma que dice que los caníbales se comieron a un sacerdote español y, por eso, le pusieron a la isla "Cura asado" que, para efectos de sonoridad, se convirtió en Curazao.

Lo cierto es que la isla fue descubierta en 1499 por Alonso de Ojeda y, en un principio, se llamó Isla de los Gigantes, porque a diferencia de otras regiones de América, sus indígenas eran bastante altos. Eso los convirtió de inmediato en esclavos y llevó al exterminio de toda su población en menos de un siglo.

El lugar, aprovechando su excelente ubicación geográfica -pocos kilómetros al norte de la costa venezolana, alejada de huracanes pero unida a todas las islas del Caribe-, se estableció como uno de los mayores mercados para el tráfico de personas en el continente durante más de trescientos años. Igualmente, la isla fue un gran puerto para piratas y navegantes de todo el mundo, lo que hizo que pasara de manos españolas a portuguesas y, finalmente, a holandesas, a veces por tratos y otras por medio de sangrientas batallas.

Hasta hace pocos años Curazao hizo parte del gobierno de Holanda pero ahora las Antillas son Estados asociados, con su propio primer ministro -el de Curazao, casualmente, es hijo de una colombiana y vivió buena parte de su vida en Medellín-. La influencia holandesa es evidente: la arquitectura en el centro de Willemstad -la principal ciudad- parece una réplica colorida de Ámsterdam, con casas de techos altísimos y muy inclinados -aunque en el trópico no caiga nieve-, ventanas pequeñas -a pesar del calor- y habitantes que, a diferencia de otros caribeños, son respetuosos de las normas, no hacen escándalo y mantienen limpia su tierra.

La postal infaltable de Curazao se encuentra en el canal que divide a Willemstad en los barrios de Punda (este) y Otrabanda (oeste): las fachadas coloridas parecen casas de muñecas gigantes y reúnen a la mayoría de los turistas en los principales bares, tiendas y restaurantes de la ciudad. A la vuelta de la calle Handelskade se hallan el mercado flotante y Prinsentraat, con edificios históricos como la primera sinagoga en el hemisferio occidental, la destilería del trago típico -el Blue Curaçao, hecho con naranjas-, galerías, joyerías y museos que documentan la historia del corazón del Caribe.

Cruzar el puente flotante que une las dos partes de la ciudad es un plan obligatorio. Cuando pasan cruceros o buques, el puente se pliega hacia Otrabanda y es posible pasar el canal en un ferri gratuito. Los puntos de interés de la ciudad -que incluyen museos como el de la esclavitud, que exhibe de forma conmovedora más de tres siglos de explotación a los africanos- se pueden recorrer en unas cuantas horas, tanto a pie como en bicicletas o motos de alquiler.

Con apenas 444 kilómetros cuadrados -poco más que la superficie urbana de Bogotá-, las opciones económicas de Curazao son muy claras: el turismo es su mayor fuente de ingresos y una refinería de petróleo, aprovechando la cercanía con Venezuela, ocupa el segundo renglón. Pero a diferencia de la vecina Aruba, aquí la infraestructura hotelera no es tan extravagante o invasora: las construcciones no pueden exceder los ocho pisos y se distribuyen con moderación a lo largo de la isla, lo que permite ver montañas, manglares, acantilados y playas mientras se anda por su carretera principal.

La mayoría de los viajeros son holandeses o vienen en cruceros. No es común encontrar en las playas a vendedores ambulantes. Los precios de la comida o las bebidas son altos, pero no son exagerados y hay todo tipo de actividades para realizar.

Un plan para ir con los niños es el Seaquarium, que rescata animales en peligro -tanto aves como peces- y ofrece la oportunidad de nadar con delfines y leones marinos o de acariciar tiburones gato, erizos de mar y rayas. A su lado se encuentra la estación submarina, donde venden viajes de distinta duración a través de los arrecifes de coral de la isla, clasificados entre los más vistosos del mundo.

Por supuesto, también se puede bucear en diferentes escenarios, caretear, practicar deportes acuáticos y hacer paseos en lancha o pescar en los mil colores del mar. Además de las playas, existen pequeñas montañas y acantilados como Boca Tabla, con cuevas de roca y vegetación agreste. Para disfrutar la naturaleza, hay excursiones en cuatrimotos y safaris en medio de ciénagas habitadas por gigantes flamencos e, incluso, una granja de avestruces.

A lo largo de Curazao se encuentran restaurantes de comida internacional. Quizás el más imponente esté en Fort Nassau -una antigua fortaleza desde la que se ve toda la isla- y prepara comida francesa: Bistró Le Clochard. No hay muchas posibilidades de probar la comida local; por eso es necesario pasarse por "las plantaciones" -antiguas haciendas donde se cultivan aloe vera, algodón o naranjas- para conocer el sabor curazaleño: un poco picante y acompañado de platos tan exóticos como el kadushi (una sopa de cactus que no es muy agradable a la vista pero que vale la pena descubrir) o el stobá (un estofado de papaya e iguana).

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